El libro de Ruth

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El libro de Ruth, de Mario Diament despliega los temas de la culpa y el peso del Holocausto sobre los judíos emigrantes en la Argentina. Toda la trama se estructura así como una suerte de examen de conciencia final. Escribe Alejandro Margulis.El Holocausto como redención primera

Por Alejandro Margulis

I.
Digo antes que nada que los actores ?están bien?; es decir, tienen oficio de actores. Que Lydia Lamaison es un placer, sobre todo cuando actúa más suelta y se da el lujo de bailar en el escenario (y la gente la aplaude merecidamente por eso, porque la quieren y porque es un ejemplo de vitalidad histriónica) y que los demás, salvo un par excepciones, transitan un naturalismo respetuoso del texto original obedeciendo gentilmente las deducibles indicaciones de Santiago Doria, afines a una estética que mucho no me interesa pero que está manejada con convicción. Las excepciones a las que me refiero son las actuaciones de Irene Almus y Noemí Morelli, quienes encarnan los tópicos antagónicos a los valores de la familia judía de Ruth, el antisemitismo frívolo y la envidia de barrio. Estos dos temas se presentan en la obra como aparentemente menores, un mérito del libro que lamentablemente queda por el camino: cerca del final de la obra la narradora y protagonista central, Ruth, una anciana que conversa con todos los personajes de su pasado como si estuvieran vivos, incluso con ella misma a diferentes edades, dice del rendimiento sexual de su marido que era ?más ruido que viento?:
-Nunca sabía lo que tenía que hacer. Sudaba, resoplaba? pero era más ruido que viento.
Sin eludir lo que veo que funciona, esa pequeña, lapidaria frase podría quizás valer para describir las intenciones de Mario Diament, a ver si puedo explicarme mejor.

II.
Tal vez los temas verdaderamente centrales de la obra no sean los que dije sino la culpa y el peso del Holocausto sobre los judíos emigrantes en la Argentina. Durante todo el relato, que se despliega teatralmente con las multiplicaciones del personaje central a las que me refería recién, la Ruth anciana repasa su vida y desanda sus errores y esperanzas vistiendo la ropa de la culpa (por haber sido infiel) y las ilusiones pérdidas (por no haber podido nunca llegar a ser una gran pintora). Sistemáticamente, ella y sus otros yo ocupan las diagonales del escenario manteniendo curiosos intercambios en espejo, un poco a la manera de lo que ocurre cuando el psicoanálisis dispone los materiales del inconsciente durante una sesión. Entonces ella misma se amonesta y aconseja, se comprende y critica, se exculpa e incrimina. La ayuda en el gesto la aparición fantasmal de su madre (otra Lidia potente, en este caso Catalano). Toda la trama se estructura así como una suerte de examen de conciencia final, porque es evidente que la vieja judía está por morirse, y que tiene el carácter circular y un poco tedioso de los pensamientos obsesivos. En esas repeticiones inevitablemente aburridas encontré la materia prima más interesante. Pero luego la obra se desbarranca a mi gusto buscando la moraleja esencial, expiatoria, que al mismo tiempo que releva a los espectadores de la necesidad de examinar sus propias conciencias resuelve el problema principal con el que se topa el libro (de Ruth y de Diament): cómo sostener hasta el final la descripción de un personaje egoísta y creíble, sin pretender justificarlo.

III.
Si lo hubiera podido hacer, la Ruth de Diament podría haber alcanzado una altura épica que sin embargo no tiene. Se queda en el planteo inteligente pero conciliador: todo lo malo que hicimos o nos pasó no es en realidad ?culpa de nadie?; es ?una desgracia?. Y no es que falten otras voces para equilibrar este esquematismo: hay un personaje de un joven socialista que lo discute, y también un tardío, poco explotado hijo de Ruth, que recrimina el narcisismo estéril de la mujer que comanda el relato. Claro es que los personajes muestran su deterioro: por ejemplo, el esposo de la mujer llega a quemar su propia fábrica sólo para cobrar el seguro. En momentos como ése la obra crece. Conmueve. Pero cada vez que una escena potente toca un nervio del buen ser judío en la Argentina, dirección y texto se complotan para suavizarlo con un contrapunto de vodevil. Hasta la música ayuda a distender la tensión posible, que entonces nunca crece, y se va agotando finalmente en la enumeración. El Holocausto, el trauma del Holocausto termina siendo utilizado como causa primera, y en cierto modo redentora, de casi todas las macanas que cometen los judíos en la obra.

IV.
No es que la obra me haya parecido mala, porque no lo es. Está lo que se diría bien escrita e incluso tiene tratamientos de corte arriesgado para un tema tan convencional (un acierto que los personajes fantasmagóricos aparezcan desde cualquier parte, por ejemplo). Quizás el problema central sea el tono, que no levanta ni hacia el drama ni hacia el vodevil. Tal vez hay que darle tiempo para que la repetición de las funciones baje el ansia de trascendencia de los parlamentos. Los clichés igual están y es muy difícil eludirlos: el relato con ojos perdidos de las imágenes ruines del ghetto de Varsovia, la alusión a la subida a los trenes rumbo a los campos de concentración, obvia estrella amarilla en el pecho incluida. A mi gusto, la fuerza que la obra tiene está contenida en el humorismo soterrado. Se dice que sólo los judíos podemos contar buenos chistes antisemitas. Bueno, los de esta obra son estratégicos y graciosos. Y los actores y el director (la escenografía no: demasiado realista) también sabrían cómo hacerlos lucir. Sometidos por la intención y el mensaje, no les queda mucho margen para empujar la historia hacia otros lugares, quién sabe impíos. También puede haber banalidad en la insistencia por lo profundo.

Publicado en Leedor el 19-8-2004