Buena Vida Delivery I

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Buena Vida Delivery resulta estar a mitad de camino entre dos ideas, entre dos estéticas, indecisa entre ambas. Y si sus logros son importantes, este ir y venir le juega en contra terriblemente.Por Julián Rimondino

Primer film argentino en ganar el premio principal en el Festival de Mar del Plata, laureado en otros tantos concursos y con una excelente recepción crítica hasta el momento, se estrena (en un momento conflictivo para los estrenos argentinos e independientes) Buena Vida Delivery. Ante tales expectativas, se llega sólo a una conclusión: es esta una película que, como le ha sucedido a tantas, ha sido inflada y sobredimensionada, al punto que termina decepcionando. Y no tantos por sus fallas o errores, sino más bien porque se la vende como un excelentísimo film, y al ir a la sala de cine nos encontramos con una película correcta, con algunos puntos a favor y otros en contra.

Bien escrita, bien dirigida, bien montada, bien musicalizada, actuada correctamente por casi todos sus intérpretes, no es mucho lo que puede objetársele a Buena Vida Delivery. El film narra la historia de Hernán (Ignacio Toselli), un veinteañero que luego de que su familia se vaya a vivir a España y lo deje solo en la casa familiar, alquila una habitación a Pato (Moro Anghileri), como parte de sus intentos de levantársela. Todo parece ir bien hasta que un día llegan los padres y la hija de ella, que se instalan en la casa de Hernán por uno o dos días. Pero los días pasan, y la familia nunca se va, y terminan instalando una fábrica de churros ocupando el hogar.

Historia ocurrente, original, perfecta para denunciar no sólo la situación social argentina (la emigración a España, las colas en los consulados para conseguir una nacionalidad extranjera, etc.), sino también la mezquindad y oportunismo de las clases medias, que en su desesperación y caída económica se creen dueños de cosas a lo que no tienen derecho. El lento proceso por el que la casa de Hernán se ve tomada por la cordial pero inamovible familia de Pato avanza sin problemas por el film, tomando el punto de vista del muchacho bienintencionado, que en sus intentos por mantener a una mujer se ve pisoteado una y otra vez, hasta que la situación le demanda dar un giro en su personalidad y evolucionar como personaje.
Pero el relato, en cambio, elige no avanzar, no girar, y reiterarse en las mismas actitudes. Es entonces cuando lo trágico se desencadena, lo emotivo se hace presente, y la película se transforma en un espiral: Pato escapa de su familia, de Hernán y de esa casa, pero su familia la persigue hacia la próxima víctima. Hernán, entonces, comprende: es un idiota, y su bondad fue aprovechada y abusada. Probablemente, nunca vuelva a ser tan amable.

Este recorrido es inteligente y atractivo, ácido y profundamente pesimista, y en él están los mayores logros de la película. Di Cesare elige el camino de la sátira �o mejor de una sutil comedia (cuyo humor y protagonista se vinculan mucho al de El abrazo partido, de Daniel Burman)�, para desentrañar el proceso por el cual la toma de una casa se hace posible, mostrando por qué, cómo y qué clase de gente hace esto.
Pero si esta idea es excelente, existen varios puntos en su ejecución que le juegan en contra. Di Cesare prefirió un estilo de filmación abúlico, bastante similar a aquel tan común en el cine argentino de directores noveles (Nadar solo, Solo por hoy, etc.), pero la comicidad de su guión, y la forma en que sus actores lo interpretan, contrasta demasiado con esta idea estética. La elección de las locaciones y la dirección de arte se han esmerado mucho en crear un ambiente de sutil decadencia y abandono, pero éste es muy poco aprovechado por la cámara de Di Cesare, y en todo caso es opacado por el histrionismo de los intérpretes. Ignacio Toselli, Alicia Palmes y Oscar Núñez son lo mejor del elenco (aunque no se queda atrás la actuación de Ariel Staltari), pero más que acorde a la estética elegida parecen haber sido fieles al texto, que les demandaba un dinamismo y una comicidad que no se termina de articular con la propuesta del film.
Moro Anghileri, por su parte, actúa en otro registro, a mitad de camino entre la inexpresividad y el desgano total, que no encuentra eco en los demás actores ni en la concepción del film; entonces, parece muy desubicada, haciendo desear que hubiera sido marcada de otra manera.

Así, Buena Vida Delivery resulta estar a mitad de camino entre dos ideas, entre dos estéticas, indecisa entre ambas. Y si sus logros son importantes, este ir y venir le juega en contra terriblemente, y termina reduciendo su efectividad, su capacidad de absorber al espectador con su relato, dejando comentarios del estilo: �está bien, pero no era para tanto�.

Publicado en Leedor el 11-8-2004