Durval Discos

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Una película extraña: de un mundo ordenado, lógico, aburrido, llegamos a otro ridículo y absurdo, paso previo a la desaparición. Este es el viaje que Muylaert propone al moverse de un género a otro: yendo de la ligereza al pesimismo, nos muestra cómo todo se cae a pedazos.

De un lado a otro

Por Julián Rimondino

Anna Muylaert no le tiene miedo a nada. Ni al policial, ni a la comedia costumbrista, ni al abulismo, ni al sentimentalismo, ni a lo bizarro. Por todos estos géneros y estilos (y algunos más también) pasa su primer film, Durval Discos. Cómico ante todo, el film va de un registro al otro casi sin escalas, y con una facilidad que sorprende porque, en vez de resultar ridículo y forzado, es asombrosamente divertido y acertado: justo cuando la situación no da para más, la directora no elige hacerla avanzar, como dicta la dramaturgia clásica, sino que, llanamente, da una vuelta de tuerca a la historia, que es a la vez un cambio de género.

Sin embargo, éste no es exactamente un film �disparatado�. Durval Discos no se toma a sí mismo demasiado en serio, pero tampoco es totalmente inocente. Como pasa de un registro a otro, también pasa de ser un film meramente mostrativo, que no opina sobre sus personajes o situaciones, para luego amagar con el sentimentalismo y terminar en un pesimismo profundo. Porque, a la larga, la vida que presenta el film, carece de sentido: de a poco, todo se complica, y por más que su protagonista intenta detener los alocados sucesos que acontecen uno tras otro imparablemente, nada parece detener la ridiculez.

Los aciertos formales de la película son varios: la música de cada escena es prefecta para el momento que presenta, la fotografía se luce en más de una ocasión (como suele suceder con las películas brasileñas), y las actuaciones de Any Franca, como el aburrido Durval, y Etty Fraser, como su cada vez más loca madre, son conmovedoras. Lo que es también muy logrado es el plano secuencia que sirve de soporte para los títulos, de una fluidez y manejo perfecto, pero cuya función es más que nada impactar con un virtuosismo técnico que luego no se repite. Porque el fuerte de Muylaert, al menos en la construcción de su film, no está en los complicados movimientos de cámara, sino en lo acertado de su guión (que coquetea con el desastre pero nunca lo toca) y en la ajustada dirección de actores.
Un elemento interesante lo aporta la cada vez más odiosa Kiki (Isabela Guasco), que da un nuevo tipo de personaje infantil. Ni simpática y amorosa, ni silenciosa e introspectiva (los dos roles en que el cine parece haber encasillado a los niños), se trata de una nena molesta, agobiante, caprichosa como todos a los 5 años, cuyas acciones no son tiernas, sino solamente hiperkinéticas. Y lo novedoso es esto: a pesar de ser molesta, cae bien.

A pesar de que se la ha vinculado con ese estilo, no es ésta una película surrealista, ya que no trabaja el plano de los sueños (por más que algunos planos remitan a esta temática), sino más bien uno de profundo pesimismo. La vida en Durval Discos tiene muy poco sentido, las decisiones y la voluntad de su protagonista son muy débiles, y sus acciones tan tardías, que todo se desmorona (literalmente) a su alrededor. De un mundo ordenado, lógico, aburrido, llegamos a otro ridículo y absurdo, paso previo a la desaparición. Este es el viaje que Muylaert propone al moverse de un género a otro: yendo de la ligereza al pesimismo, nos muestra cómo todo se cae a pedazos.

Evitando el realismo denunciante, el abulismo acrítico y la comedia de costumbres para las clases medias �pero siempre a un solo paso de ellos�, Durval Discos se presenta como una película extraña, inclasificable, una experiencia rara y única.

Publicado en Leedor el 2-8-2004