1000 cuerpos

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Haciendo una relectura de clásicos del género como La Masacre de Texas (Tobe Hooper, 1974) y Las Colinas Tienen Ojos (Wes Craven, 1977) Rob Zombie más que nostálgico es inteligente al situar temporalmente a su obra en la década del �70. Pero atención, que 1000 Cuerpos no transita por la sagacidad de la Scream (1996) del citado Craven, burlándose de códigos obsoletos aún vigentes en la media del género.Burn This Flag!
Por Leo A. Oyola

Un padre desesperado buscando a su hija arriba inesperadamente a una granja, acompañado por la policía local. El sheriff encara por la entrada principal. Por la parte de atrás, van el hombre y el otro oficial; impulsivo, joven e inexperto. Al de mayor rango lo atiende la señora de la casa, que después de la obligatoria renuencia inicial, termina accediendo a que ingrese, convidándole inclusive una tasa de té. Mientras, los otros dos encuentran a la chica… y mucho más también.

Coreografiada con precisión matemática, la escena es superlativa en las emociones que logra generar. Tanto la sincronicidad para resolver las dos situaciones planteadas en paralelo, como el acierto de volcar toda la parte sonora a esa canción salida de un jurásico tocadiscos, propia del soundtrack de la época de transición entre la gran depresión y el new deal, el broche de oro está en el magnífico picado buscando el plano general que tras un irritante off, finaliza con el estruendo de un disparo. El insert de un recuerdo familiar navideño, en solo un pestañar, linkea múltiples posibilidades, siendo la más acentuada la de la negación: esto no puede estar ocurriendo, esto no nos puede pasar a nosotros, esto no le puede pasar a una familia (norte)americana.

A mediados del siglo pasado, el escritor John Steinbeck partió �metafóricamente- en busca de los Estados Unidos. Iba acompañado de su amigo Charley, un perro caniche, recorriendo la ruta ambos en un camión al que el Nóbel de literatura había bautizado con el nombre del caballo de Don Quijote, Rocinante. Atravesando el país de costa a costa, de los testimonios recogidos surge la nación que Rocinante, Charley y Steinbeck descubrieron; aquella de las esperanzas rotas propias de los que se quedaron afuera del american way of life, los desheredados del sueño �sí, otra vez hacemos hincapié- (norte)americano. Viajando con mi Perro (Travels with Charley) es una obra menor si se quiere, aunque ampliamente disfrutable, del autor de Al Este del Paraíso. Y no es un capricho que esté citada en estas líneas destinadas al análisis de un film de terror.

House of 1000 Corpses, el debut como realizador de un ícono del shock rock como Rob Zombie Â?tras su desvinculación como responsable detrás de cámara de la tercera entrega de El Cuervo– es un homenaje a las películas con las que supo crecer y a un género, el gore específicamente; pero también, en cierta medida, es un vehículo de contracultura. Esto último, más que la sangre en pantalla y el impacto de otras escenas, se intuye y se apuesta como el verdadero motivo para que una major como la Universal primero y la MGM después se rehusaran a estrenarla, potenciadas principalmente por el paranoide efecto post 11 de septiembre que vienen sufriendo por esas latitudes, de por sí pacata e hiper susceptible a toda autocrítica.

Como Steinbeck, las sufridas víctimas principales -si vale la calificación- de 1000 Cuerpos son dos parejitas que están recorriendo el país buscando material para escribir un libro. Llegando a un pueblo perdido descubren lo que sería para ellos el hallazgo del trip, sin pensar que también significará el final del mismo: El Paseo de los Asesinos, grotesco museo temático del que se destaca el orgullo vernáculo, el Dr. Satán. Su extraño anfitrión, el Capitán Spaulding, ante el entusiasmo de los varones del grupo, les dice donde está el árbol en el que fue colgado el psicópata, decidiendo los cuatro �más bien los muchachos- ir hasta ese lugar. En el camino, además de perderse, las cosas obviamente se les van a complicar de mal a peor.

Haciendo una relectura de clásicos del género como La Masacre de Texas (Tobe Hooper, 1974) y Las Colinas Tienen Ojos (Wes Craven, 1977) Zombie más que nostálgico es inteligente al situar temporalmente a su obra en esa década, durante la noche de Halloween. Ensuciando el celuloide y utilizando diferentes texturas para enrarecer el clima, hasta las adredes marcas de cigarrillos que aparecen esporádicamente en los ángulos superiores �conocidas así coloquialmente entre los proyectoristas, ya que estas les indicaban la próxima finalización del rollo exhibiéndose- busca forzadamente colar a su film entre esas obras de culto entre algún distraído en el futuro.

Pero atención, 1000 Cuerpos no transita por la sagacidad de la Scream (1996) del citado Craven, burlándose de códigos obsoletos aún vigentes en la media del género. La película de Zombie tendrá varios deja vu con la sufrida Sally a merced de Leatherface o los inolvidables Júpiter, Mercurio y �sobre todo- el Plutón de Michael Berryman (uno inspirado en el serial killer Ed Gein y los otros en la familia de escoceses caníbales de Sawney Bean, durante le siglo XV), buscando el efecto de espejos: los que soñaron y los que durmieron. No es lo mismo. Ídem para la ingenuidad obligada para los protagonistas.

El Capitán Spaulding con su tradicional vestimenta de payaso de rodeo, lleva el maquillaje desprolijo y un peso en las chalupas traducida en una mala leche hacia el sistema que no le dibuja una sonrisa en la cara la bandera de barras y estrellas, esa que el temible Otis (un excelente Billy Moseley) lleva en la camiseta debajo de la inscripción burn this flag. El team de porristas secuestradas padece atadas y amordazadas la lectura de un libro, algo que nunca han hecho debido a su dedicación exclusiva al aliento de los deportistas locales y al mantenimiento de la perfección de su belleza. De cultivar el espíritu, nada. Porque de eso se trata: iconizar la perfección del envase, y no el contenido.

Para los estudiantes en su investigación, la gente de ese pueblo son unos pobres freaks, algunos más pintorescos que otros. Pertenecen a lo que no son ni serán ellos (no way man!)… son la realidad que tácitamente se mantiene oculta. Concreta eso sí, que está para darles un cachetazo más allá de la postal; poniéndole el sombrero largo y con forma de cono, el de la inscripción dunce en los cartoons, a la sabelotodo del grupo Â?la Little All You Know a la que canta despectivamente Iggy Pop- para que sepa Â?y sepamos- lo que es aprender por las malas.

No se justifica en el párrafo anterior los tormentos a los que son sometidas las víctimas; desde el estereotipo Zombie realiza su crítica implacable y visceral de manera explícita, cero eufemismo. De ahí la fuerza del trash como polo opuesto de lo idílico que nos venden semana tras semana el mainstream que establece agenda con su mensaje harto repetitivo de penetración cultural. Lástima que el músico y realizador pifie durante la resolución de la trama; primero, incluyendo personajes salidos de otra película de terror cyberpunk como los cenobitas de Hellraiser (Clive Baker, 1987) �algo traído prácticamente con forceps- para terminar desbarrancándose en lo trillado, dejando la puerta abierta a una continuación que ya está filmando bajo el título de The Devil�s Rejects. Habrá que esperar para ver si el resultado es fallido como las secuelas de The Texas Chainsaw Massacre �y su remake del año pasado- y de la de The Hills Have Eyes.

En el rubro actuación, al citado y sobresaliente Moseley, se debe agregar la resurrección de Karen Black, la inconfundible actriz de estrabismo en la mirada que supiera animar tantos productos similares, siendo prácticamente todo un emblema de la década del 70 como Dennis Fimple, un veterano de series televisivas, al igual que Sid Haig, que también fue prácticamente desenterrado por Quentin Tarantino en Kill Bill Vol. 2. El elenco juvenil animando a las dos parejas esta correcto en sus personajes unilaterales, al igual que los intérpretes de los hombres de la ley, mientras que Matthew McGrory le impone a su criatura un tono en las antípodas de su gigante visto en El Gran Pez (Tim Burton, 2003). La infartante Sheri Noon �esposa de Zombie que como buen rockero no se priva de tener su conejita- en el papel de Baby Fireflye toma la posta que en su juventud supiera llevar la todavía sinuosa figura de Black �el guiño de que sean madre e hija lo subraya- como la carnada para hacer caer a incautos y viriles hombres. El histerismo francamente insoportable de sus carcajadas como su irrupción en una anacrónica cola less por imposiciones del mercado -¡viva el mercado!- la acercan al póster para la pieza del adolescente dark junto al del Capitán Spaulding (Haig) y al de Otis (Moseley).

House of 1000 Corpses es un festín para todos aquellos que tienen el paladar entrenado para este tipo de plato. Para los que no somos de ese palo, tribu o como usted prefiera catalogar, 1000 Cuerpos es una experiencia displacentera, de la que se puede sacar en concreto lo expuesto en los párrafos anteriores de este escrito, pasado el sobresalto de montaña rusa y barriendo con todas las negaciones previas que uno suele llevar subjetivamente. Lo que verdaderamente aterroriza es que un ejercicio de revisión vintage como leit motiv del que entre líneas se puede leer un no muy oculto panfleto enardecido, haga más ruido que todos sus paupérrimos contemporáneos. Y no sólo los del mismo género.

Publicado en Leedor el 5-8-2004