Diarios de motocicleta

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Salles parece querer recorrer el camino que lleva a Ernesto Guevara convertirse en el Che. De cómo un adolescente, dubitativo, de insulsos ideales logra constituirse en el inclaudicable y combativo hombre de férreos ideales. Pero el mito lo hipnotiza y engulle.
Por Sebastián Russo

Comencemos afirmando rotundamente (casi una obviedad): cualquier film que pretenda entrometerse con un mito, se enfrentará a dificultades. Un mito trae consigo aseveraciones cristalizadas, que suelen repeler cualquier intento por encontrarles lógicas explicaciones. Lo racional, en el mito, cede espacio al sentimiento. El juicio (crítico, analítico) sucumbe ante el pre-juicio (ideas previas, sentimientos no intelectualizados �el famoso instinto-) Así, un cándido e inocente impulso de hablar sobre un mito (no hablemos del ansia por discutirlo) se convierte en una empresa insospechadamente temeraria, repleta de inconvenientes que la condicionan. Inconvenientes que vuelven la tarea riesgosa, compleja, sencilla de derivarse a senderos o de una lineal demagogia, o de una no menos inaceptable y poco significativa �reconstrucción verídica� de los sucedido (en este segundo caso, la impugnación provendría de los sujetos que viven a través del mito �un mito, no olvidemos, es justamente una forma de realidad, una manera particular de �visión del- mundo; mientras que la complacencia demagógica, sería fustigada por críticos que siempre atentos despotrican �muchas veces acertadamente- contra concesiones populistas)

Walter Salles (el mismo de la sensibilísima y vigorosa Estación Central) se ocupa ahora (al menos eso intenta) de retratar un segmento de la vida del Che Guevara. El momento en el que el Che comienza a convertirse en el Che, dejando atrás a Ernesto (tímido estudiante de medicina, de familia, novia y hábitos burgueses). Es sobre la �toma de conciencia� del Che de lo que habla el último film de Salles. De su concientización social, su salir del cascarón familiar y social y conocer (chocarse) con otras formas de vidas posibles, y de las injustas consecuencias que estas elecciones posibles pueden acarrear. Este es el tema de la película, la excusa, la coartada de Salles para retomar el road movie, y expandirlo más allá de las fronteras y caminos brasileros (la belleza angustiante del peregrinar por las rutas del Brasil de la pareja de Estación Central, resulta una referencia ineludible para este �intento de- pensar el último film de Salles), el pretexto para volver a desarrollar la relación entre dos seres, la vinculación entre ellos y su contexto, y la conjunción de estas relaciones para la conformación personal, identitaria, cual rito iniciático.

El relato se basa en el diario de viaje que llevó Ernesto Guevara en su primera gran travesía, que a los 23 años y junto a Alberto Granados, recorrió Argentina, Chile y Perú. Y es en el transcurrir del film (del viaje) que los estratos concientes del joven Ernesto comienzan a complejizarse, y su identidad a constituirse. Es quizás este in crescendo (esperable, imaginable), relatado de forma lineal, de la acumulación de sensibilidad y reflexión social en Guevara, lo que termina por (o empieza a) dar cierta sensación de liviandad argumentativa. Walter Salles parece no poder documentar (porque de eso se trata, de un documento) este proceso sin apelar a escenas (obvias, explicitas) en las que la conmoción del Che ante pobres, marginados, militantes, desvalidos en general, adquiere escasa credibilidad (inmediatamente después de cada escena, por ejemplo, en donde Guevara intercambia sensaciones, palabras con algún trabajador desheredado, la cámara regresa rauda al protagonista, que angustiado parece pensar en� la injusticia)(movimiento forzado, innecesario, redundante, que solo resta en la reconstrucción del personaje)(abro un nuevo paréntesis para dar cuenta de la operación que Salles parece querer llevar a cabo, y que tiene que ver con un desplazar al Che Ernesto del Che mitificado; confrontar la idea preconcebida �prejuiciosa, estereotipada, mitificada- del Che, con un Che �posible� �en palabras de un colega-, cotidiano)(el cuarto paréntesis seguido viene a intentar sintetizar las dos posturas anteriores, la del mito y la del Che posible. Y en este sentido creo que Diarios de motocicleta incurre en una doble falencia, ya que partiendo Salles del mito, se separa de él �produciendo la primera �insolvencia�-, pero en ese desplazarse no logra conformar un movimiento lo suficientemente convincente para constituir el buscado �Che posible�) La liviandad en la construcción del personaje, deriva en la conformación de un Che edulcorado. Ya que la supuesta humanización del Che, choca con la contundente humanidad (entiéndase por esto: un fluir del deseo entorpecido por dificultades propias y contextuales) del Alberto Granados construido de forma estupenda por Rodrigo de la Serna (o quizás, lo que se evidencie en este choque de representaciones, no sea más que una ineptitud del mexicano Gael García Bernal sobrepasado por tamaña responsabilidad)

Nunca Gael logra darle al Che los elementos que en años posteriores lo definirán (al menos míticamente). A su lado, Rodrigo de la Serna, con una interpretación memorable, que paradójicamente complica �vuelve difusa- la distribución de atención entre los personajes, no siendo para la Historia (con mayúsculas) más que el compañero del Che, aunque siendo en el film el estandarte de la acción del dúo aventurero. Gael García Bernal aparece con sus recursos interpretativos aparentemente absorbidos (ya que ha demostrado �en Amores Perros, por ejemplo- que cualidades actorales no le son escasas) por encarnar a quien encarna (� su carne, sus entrañas, parecen entumecidas ante el encarnamiento del mito bajo su piel, que le impide desplazarse, gesticular, hablar con soltura �habría que incluir entre los condicionantes que limitan su interpretación, el forzarlo a un acento argentino que no se presenta más que como otro obstáculo que apenas, con esfuerzos innecesarios, de indeseable evidencia, logra trasponer-)

Salles intenta recorrer el camino que lleva a Ernesto Guevara a convertirse en el Che. Dar cuenta de cómo un adolescente, dubitativo, de insulsos ideales logra constituirse en el inclaudicable y combativo hombre de férreos ideales. Pero el mito lo hipnotiza y engulle. La inevitable referencia a la conocida (mitificada) acción en vida y pos mortem (como símbolo de casi toda lucha social) del Che Guevara, hace que el film sea vivido como una precuela, un apéndice, de una historia a la que está (inescapablemente) prologando. No escapa a constituirse en apenas señas alusivas de lo que vendrá. Un sobrevenir demasiado potente para no exprimir de interés, y volver subordinado (dependiente, prehistórico) cualquier intento de contextualización. Status de preludio, antesala, prefacio, que termina anulando una pretendida identidad narrativa, al constituirse en una obra dependiente, subsidiaria de una obra mayor, que la excede, y que no es otra que la figura (vida y obra) del mito, del Che Guevara.

No solo éstas sugeridas desavenencias representacionales posee el film, claro, aunque mi análisis las ubique en lugar central. Existe �puede verse, leerse, disfrutarse- una historia de aventuras de dos jóvenes que salen a las rutas, en búsqueda de acción, de situaciones extremas, novedosas, significativas. Una búsqueda, en suma, que es metáfora de (y puede resumirse en) el célebre �buscarse a sí mismo�, que todo viaje iniciático posee. De cuidadísima estética, de armoniosa distribución humorística/dramática, Diarios de motocicleta, también puede saborearse como un film (más) de aventuras, estimulante y entretenido, aunque estando de por medio la figura (vilipendiada como pocas) del Che Guevara, la banalización irrita un tanto más que en otras oportunidades

Publicada en Leedor el 2-8-2004