Decálogo

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Una de las cuestiones nodales de la filmografía de Kieslowski es la lucha del hombre por la dignidad. O su terrible ausencia. Pero nunca la dignidad regalada, nunca su falta como destino. Escribe la Dra. Marta ZátonyiLAS PARADOJAS DE LA DIGNIDAD*

Por Marta Zátonyi

Una economía cognitiva

Enigmático artista y extraño científico, Lewis Carrol, heredero moderno de una trayectoria milenaria, emerge como adelantado de las modernas voluntades cognitivas. Por un lado se esfuerza en elaborar un método, un sistema lógico, donde todos los componentes encuentren su lugar y su concordancia con los otros; por el otro, descubre, como fuente de placer y a su vez, fuente de angustia, las roturas inexorables de este mismo sistema, por donde se escapa la razón establecida y se asoma el sin sentido, la paradoja. El juego perturbador y excitante entre la regla y el desvanecimiento de la regla en el mundo de Alicia, se convierte en la metáfora de la moderna predisposición de construir nuevos sentidos.

La demostrabilidad y la no demostrabilidad caducan frente a la paradoja: son pruebas sólo dentro de un sistema ya constituido de proposiciones.

Si bien el fenómeno abajo esbozado, con diferentes formas y medios, es una constante en la historia de la humanidad, toma especial fuerza y carácter en los tiempos modernos, pues por primera vez se plantea la necesidad de cubrir el vacío, causado por los primarios procesos de la secularización del combate entre la existencia y la trascendencia.

Bajo el monopolio absoluto de una única verdad, los sistemas maniobran con y desde el saber ya existente: entronizando lo absoluto y negando la historicidad, los efectos y las causas se proyectan a las esferas suprahumanas, y con ello se configura la base para legitimar el mismo sistema desde lo ideológico. Se produce la trama del sentido común, corporizado en los miles e infinitos actos cotidianos. El bien y el mal adquieren sustento en la razón científica -prácticamente deificada- que pretende ser tan inescrutable como el mundo trascendental. Una angosta franja de la sociedad se declara intermediaria entre el ciudadano y la verdad, que podrá ser una sola o su propio contrario, o sea, falsedad. Fundiéndose en la realidad, esta verdad llega a ser su propia confirmación y legitimación, gozando de una total independencia de los mortales.

Como reacción a este proceso antiguo y duradero, y oponiéndose a los sueños cartesianos sobre la certeza como base de la verdad científica, al finalizar el siglo XIX, el hombre comienza a sospechar que no corre peligro al enfrentar a la verdad sino al creer ciegamente en ella.

Y emergen las preguntas: ¿coinciden el sentido común y el pensamiento? El pensamiento, ¿es para demostrar la verdad y la falsedad, o su esencia reside en generar sentido? Su objetivo, ¿es solucionar complejidades, problemas y contradicciones o generarlos?

Si el sentido común, configurado, avalado y entronizado por el proceso detallado anteriormente se congela como la doxa, su contrario, el sin-sentido, la paradoxa, la paradoja, nace a partir del círculo establecido pero fuera de él y desde allá asalta y, a su vez, preserva renovando lo existente.

La paradoja, pues, surge desde dos direcciones contrarias. Mientras el sentido es una presencia que insiste o subsiste sin existir, como nos enseña Deleuze, la paradoja atraviesa, sin transformarse, las proposiciones, es acontecimiento-sentido que surge desde las profundidades de los temores (1).

La paradoja es un permanente avanzar, es un permanente quiebre y propuesta, afirmando al mismo tiempo la contrariedad de la doble dirección; se convierte en territorios bíblicos de la Génesis. Por eso causa angustia, por eso causa placer.

Opuesto a lo divertido y al efectismo, su tarea es producir sentido, aprovechando el exceso de la serie significante y el defecto de la serie significado, revitaliza significantes flotantes, o dicho de otra manera, desengancha la palabra de su significado decadente y banalizado. Recuperar la vitalidad de una palabra es renovar el concepto, generar quiebre y, al mismo tiempo, generar historicidad, generar descendencias. La paradojagénesis es un soporte de la economía del pensum en su diacronía.

Pues la historia misma es la historia de paradojas encadenadas. Toda la creación artística, toda la creación, todo acto poético, todo gesto mitopoiético y estético, toda innovación científica es agente de esta misma economía, productos y productores a la vez.


Gallos y estampillas

Oh Critón, debemos un gallo a Asclepio. Pagad la deuda, y no la paséis en alto.”

fueron las últimas palabras de Sócrates, según nos enteramos por Platón(2).Sobre esta frase ya legendaria, se ha escrito mucho, pero siempre nos conmueve. ¿Es posible humanamente esta serenidad, esta respuesta a la inmediatez del abismo de los abismos? El filósofo transmutó la muerte aterradora en acontecimiento y, mediante un hecho minúsculo como pagar la deuda por un gallo, se continúa en sus consecuencias. El suceso de la muerte se hizo acontecimiento en vida.

Escuchemos otra vez a Deleuze:

“O bien la moral no tiene ningún sentido, o bien es esto lo que quiere decir, no tiene otra cosa que decir: no ser indigno de lo que nos sucede. Al contrario, captar lo que sucede como injusto y no merecido (siempre es culpa de alguien), he aquí lo que convierte nuestras llagas en repugnantes, el resentimiento en persona, el resentimiento contra el acontecimiento. No hay otra mala voluntad. Lo que es verdaderamente inmoral, es cualquier utilización de las nociones morales, justo, injusto, mérito, falta.”

Al preguntar qué es el acontecimiento, el mismo autor responde:

“Si querer el acontecimiento es, en principio, desprender su eterna verdad, como el fuego del que se alimenta, este querer alcanza el punto en que la guerra se hace contra la guerra, la herida, trazada en vivo como la cicatriz de todas las heridas, la muerte convertida en querida contra todas las muertes.”(

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Paradójica, y como tal, bella e inquietante, la muerte de Sócrates, esta contra-muerte, se ofrece como ejemplo paradigmático para la dignidad. Los eternos insatisfechos, con sus quejas exigentes y con su impotencia mezquina, desde el vamos impedidos de aceptar el desafío de la paradoja, al percibir, en algún registro de su ser, la ausencia de la dignidad, se constituyen en enemigos de todo lo vital.

El concepto kantiano de enlazar los fenómenos con la conciencia de la existencia de uno mismo (4), la construcción de la realidad, la transformación del destino en acontecimiento, es decir, la dignidad, demandan por crear paradojas.

Una de las cuestiones nodales de la filmografía de Kieslowski es la lucha del hombre por la dignidad. O su terrible ausencia. Pero nunca la dignidad regalada, nunca su falta como destino. No le fueron suficientes los esquemas-doxas sobre lo digno. Con grave fuerza existencial, más en su período polaco, tal vez con menos energía en Francia, permanentemente indaga por la resignificación del bien y del mal. Renuncia al reposo sobre el sentido ya existente e irrumpe con preguntas que generan zozobra y desasosiego.

Como quien se hace cargo de la renovación permanente del código moral en uso, como quien sabe que ampararse en la ley moral de ayer contra lo que sucede hoy, es inmoral. Hasta la ley más grave, como la de ¡No matarás! será deconstruida y dessedimentada: ¿cuáles circunstancias y condicionantes hacen del acto de matar el crimen más monstruoso: el crimen que surge de un ser con su aparato psíquico mal constituido, incapacitado de actuar dentro de la ley porque no le fue otorgada la posibilidad de ser estructurado por ella, o su ejecución decidida y efectuada por la institución cuya función esencial consiste en velar por la ley? La pregunta ya es temible: ¿qué horror puede desatarse tras ella? Pero se debe preguntar, porque si no, la ley se esclerotiza y deja de serlo.

Las películas del Decálogo se desarrollan en un barrio de monobloques, como contexto aglutinante y como símbolo temático, visual y ético. En la mayoría de estos espacios impera la sordidez. La vida de los habitantes de aquel mundo coercitivo, transcurre entre la fe obligada en una verdad absoluta y en la infalibilidad de sus sacerdotes, y la obsesión por desconocer y silenciar los pequeños y cotidianos pecados.

El peligro es constante y omnipresente: sin palabras, los actos fluyen como fenómenos en-sí y se atrofia la capacidad de reconocer qué acto construye el bien y qué acto, el mal. En la turbulencia de las sofocantes miserias, el hombre está condenado a ser sujetado a códigos morales obsoletos, y le es vedado regenerarlos -descartando lo que perdió vigencia-, reformular lo que subsiste e incorporar lo que antes no se había tenido en cuenta para la ley.

Aquellos espacios simbolizan una vida mortalmente carente de generosidad, de proyectos propios y de la posibilidad, ya sea de equivocarse o de no estar de acuerdo con la única verdad. La capacidad de convertir el destino en acontecimiento puede llegar a ser abortada germinalmente. Los sucesos provocan temerosas y mezquinas respuestas. El trío de las prohibiciones, los pecados y los castigos existen sólo en su rapaz sobrevivencia y la dignidad humana con frecuencia será sustituida por el no observar y por el no cumplir la Ley. Se destroza la dialéctica entre la sociedad y el individuo: la primera, en su abstracción y en su real ausencia, actuará como vigilante omnipresente cuya principal maldad no es la de castigar, sino la de impedir la acción creativa; el segundo, será un permanente fugitivo cuya máxima culpa no es desobedecer sino renunciar.

La última película del Decálogo, denominada ¡No codiciarás los bienes ajenos!, transcurre, como las otras, en la capital polaca, Varsovia, y salvo algunas escenas, en estos lugares, para ponerle algún nombre, de “estilo” posguerra.

Un padre, que hace tiempo abandonó a su familia, fallece. Será enterrado con el impersonal discurso santificador, y allá mismo se reencontrarán los dos hermanos después de años sin verse. El motivo de este desmembramiento, así se sugiere, es un oscuro desinterés existencial, es la huída de las dolorosas tareas de la vida. Van al departamento del padre para buscar algo de una posible herencia. Después de revisar todo, que es muy poco, miserable y que testimonia una vida de auto abandono, descubren una colección de estampillas, sobre cuyo inmenso valor se dan cuenta por los sucesos. Y porque el padre así lo decidió, la colección engulló todo lo que tuvo y lo que hubiera podido tener: su Eros, su conexión con el mundo, su amor paternal, su tiempo, su pasado, su presente y su futuro. Sujetado a una quimera, renunció a la libertad y crió un monstruoso amo que legó a sus hijos.

Ellos, -uno empleado, casado y padre de un hijo, el otro soltero y músico, serán atrapados por este nuevo amo que ofrece descanso frente a todos los ajetreos de la vida, frente a todas las posibilidades creativas de la existencia con su dolor y con sus felicidades, comienzan a descender, con asombrosa pero lógica velocidad, a la condición más extrema del esclavo, y su voracidad por la tenencia de la colección no pasa por el enriquecimiento, sino por una perfecta renuncia a la vida, que un total anonadamiento en ser poseídos por este implacable amo-herencia. Dan por ello todo lo que tienen, lo que podrían tener: hijo, amor, solidaridad, cuerpo, proyecto propio, autenticidad, placeres, vocación. No tienen ningún gesto para transformar lo sucedido en algo autenticamente propio, en acontecimiento, en paradoja. Se encierra sobre ellos, inapelablemente, la indignidad.

Tal vez, la película podría denominarse ¡No perderás la dignidad!; tal vez, ¡No te esclavizarás por los bienes! o ¡No sacrificarás tu íntimo y profundo ser por la irresponsabilidad de la servidumbre!

Podríamos encontrar mucho más título-prohibición-ley, a partir de ver la película. Prohibiciones que todavía no están legisladas y quizá nunca lo estarán. Pero es eso el camino de esculpir nuevas leyes, a partir de nuevas paradojas.

Para que un hombre no pierda su vida y su muerte en una condenada colección maníaca, en la adicción a una dependencia; para que un hombre no pierda su muerte legando una esclavitud monstruosa, sino que, igual que Sócrates, no se vaya de este mundo sin quedarse.

FUENTES

1.G.Deleuze:Lógica del sentido, Editorial Planeta Argentina, Bs.As., 1994

2.Platón: Fedón, 117 E – 118 A, Ediciones Orbis, S.A.. Barcelona, 1983

3.G.Deleuze:Lógica del sentido, pp.157-158, Editorial Planeta Argentina, Bs.As., 1994

4.E.Kant:Juicio de la razón práctica, Editorial Porrúa, S.A., México D.F., 1990

*Este capítulo forma parte de un libro que la Dra. Marta Zátonyi está escribiendo sobre el director polaco Krysztof Kieslowski .
Queda prohibida por Ley su reproducción parcial o total.

Publicado en Leedor el 27-7-2004