Escándalo y furia

0
5

Fahrenheit 9/11 es un film claro, bien narrado, sólidamente construido, emotivo y cómico a la vez; manipulador y directo, y muy proclive a los golpes bajos.El escándalo y la furia

Por Julián Rimondino

De ésta, como de todas las notas de Leedor podés enviarnos tu opinión

Mucho se ha dicho sobre Fahrenheit 9/11 y sobre Michael Moore. Se lo ha acusado de demagogo, de simplista, de buscar golpes bajos, de egocéntrico e, incluso, de banal. Bowling for Columbine lo dijo, su libro Estúpidos hombres blancos lo confirmó y la reciente Fahrenheit 9/11 no hace más que repetirlo una vez más.
Pero lo que no se ha dicho con tanta frecuencia, y que pienso es lo más interesante de su trabajo, es que Michael Moore habla desde el más desgarrado despecho. Es, básicamente, un norteamericano como cualquier otro, ignorante como es sorprendente que lo sean, que al ser tocado por la desgracia (el cierre de la fábrica de General Motors en su pueblo natal de Flint, Michigan, que tanto menciona y que aparece, sistemáticamente, en todas sus películas y libros) se dio cuenta, de pronto, que le habían vendido una gran mentira. El sueño americano no sólo no existe: fue, es y nadie hace demasiado para que deje ser una fabricación, una idea vacua que por tantos años creyó. Muchos me combatirán la analogía, pero yo creo que Moore es como las señoras que viven en Coronel Díaz y Las Heras y salieron a cacerolear, totalmente enfurecidas, en diciembre de 2001. Es decir: personas despojadas de aquello que creyeron suyo por derecho y que ahora descubren como una mera ilusión. La mentira se ha vuelta evidente, y Moore no piensa callársela: Bush miente, engaña al pueblo norteamericano, lo manipuló por medio del terror tras los ataques a las torres gemelas y aprovechó para así bombardear e invadir países en los que tenía intereses comerciales privados. Nada que no supiéramos ya, nada que no fuera harto evidente, nada más escandaloso, nada más enfurecedor. Y furia es la palabra clave aquí: todo en Fahrenheit 9/11, y en Moore, es un grito de furia, de despecho, de frustración y de desprecio.
Su más reciente film (que ganó la Palma de Oro del Festival de Cannes en la que fue una de las más evidentes declaraciones políticas de la historia del cine), sin embargo, no está construido únicamente a fuerza de enojo. Es un film claro, bien narrado, sólidamente construido, que cuenta con un gran archivo de imágenes que Moore sabe manejar perfectamente. La película es emotiva y cómica a la vez; es manipuladora y directa; es conmovedora y muy proclive a los golpes bajos.
No quiero ser malinterpretado: Fahrenheit 9/11 conmueve hasta lo más profundo. La historia de la madre que perdió a su hijo en Irak y ahora se encuentra perdida entre el dolor y el darse cuenta de que nada es cómo siempre pensó, logra un nivel emotivo (y un nivel de universalidad) que muchos documentalistas envidiarían. Bordea, por supuesto, el golpe bajo. Lo que no lo bordea, lo que es directamente cruento y salvaje, son las imágenes de los cuerpos destrozados de los soldados norteamericanos, imágenes violentas que producen un rechazo poderosísimo.
Porque Fahrenheit 9/11 no es tanto una película contra Bush (a pesar de que la crítica a su gobierno y su persona es clarísima, de que la llamada a votar en su contra en las elecciones es evidente y de que Moore mismo haya dicho que su único objetivo sea ayudar a los demócratas a ganar el gobierno), sino un film contra la guerra. Al menos, eso es lo más pregnante, lo más conmovedor (y es más: lo más interesante) del film. Las víctimas de la guerra, sus muertos, la destrucción que ésta trae y el escandaloso uso del miedo y la muerte para gobernar y sacar beneficios económicos es lo que, como latinoamericanos que no votamos ni en contra ni a favor de Bush, más podemos ver en Fahrenheit 9/11.
Este es, en suma, un film que no nos dice nada que no sepamos ya. En el mejor de los casos, nos lo recuerda con una incómoda vividez que, guiada por ese grito enfurecido, muchas veces se vuelve gratuita y excesiva. Cuando Moore logra controlarse, no cae en el facilismo y deja de lado la política internacional y las finanzas de alto rango, encuentra en las historia de la gente común una potencia expresiva descomunal, que sabe manejar hábilmente. Realidades que construyen un film que cuando menos pretensiones politizantes tiene, más potencia movilizadora consigue.

Nota relacionada: Fahrenheit 9/11

Publicada en Leedor el 14-7-2004

Compartir
Artículo anteriorKacero
Artículo siguienteLa Sole