Erreway

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De la TV al cine, Cris Morena sigue demostrando que entiende perfectamente cuáles son los intereses de las varias generaciones de adolescentes argentinos. Esbozo sobre una ética Cris Morena

Por Sebastián Russo

A esta altura es indudable la particular habilidad de Cris Morena para crear
y desarrollar historias de y para (pre)adolescentes. Desde Chiquititas,
pasando por Verano del 98, y alguna otra telenovela que se me olvida, hasta llegar a Rebelde Way, Morena ha demostrado entender perfectamente cuáles son los intereses (generándoselos al mismo tiempo) de las varias generaciones de púberes argentinos (y no sólo de estas tierras, recordar la multitudinaria recepción que tuvieron los “cantantes” de Erreway en Israel).

Platea predilecta (en otra disciplina se la llamaría target) que desde hace más de
quince años (“curiosamente” desde el inicio del menemato: ápice del festejo
banal y obsceno) viene consumiendo sus historias de entretenimiento ético
(ya desglosaré qué entiendo por esto ultimo).

El recientemente estrenado film Erreway-Cuatro caminos no es la excepción. El estilo Morena una vez más sale a escena a intentar captar (ahora con más años – experiencia- en este asunto) la fibra emotiva, sensible, aventurera de niños que en este caso sí podrán (deberán) practicar lo enseñado por la tía Cris en sus respectivos hogares (a contrapelo de aquel famoso cliché elevisivo: “chicos, no hagan esto en sus casas”). Y es que no sólo entretienen los productos de Morena (porque de eso se trata, no jodamos, de la fabricación de objetos culturales de buen recibimiento, o sea, venta), no sólo se presentan como un momento de sana diversión, sino (y de ahí, su mayor logro – comercial-) que aparecen como instancia de formación personal, como ámbito de dispersión de
enseñanzas morales. Y no es que otras películas o novelas, no intenten proponer ciertos preceptos éticos, sino que en las creaciones de Cris Morena, tal ambición se vuelve enfática, predominante.

Vayamos a la excusa del caso, su última producción, Erreway – Cuatro Caminos. En ella, cuatro adolescentes se largan a viajar por las rutas
argentinas, con el afán de triunfar en la música. (Hay que aclarar, que
estos cuatro muchachos/as, son el desprendimiento de la serie televisiva
Rebelde Way, son los personajes que más pegaron en el público, y los únicos que sobrevivieron de aquella telenovela -que quizás hoy pueda pensarse como un gran casting para futuras estrellitas ¿pop?-).

Cuatro adolescentes, decía, que como primer gesto de “rebeldía” se van de sus respectivas casas, rompiendo con el control paterno (padres que nunca se ven, aunque se sospechan por la distintas formas de ruptura que cada uno elige: sentando las bases para personalidades -estereotipos- contrapuestas). Los espera un ómnibus destartalado con un pintoresco personaje que dice ser representante de artistas y que llegó a tocar en un escenario junto a Brian May. El viaje comienza, con la algarabía del caso, y así como empieza surgen los -esperables- primeros inconvenientes. Pinchaduras de ruedas, problemas en los shows que tenían planeados, un robo perpetrado por mafioso manager provincial, hasta un embarazo no buscado pero respetado con la consiguiente concepción y parición.

Problemas, que en la sugerida ética Cris Morena serán entendidos como “de la
vida misma”. Obstáculos que deben generar mayor tesón para “luchar por lo
que uno desea”. Y es ahí donde la operación mencionada comienza a aflorar:
los inconvenientes a los que cada uno se enfrenta son trabas del destino que
con fuerza de voluntad hay que superar.

En las historias de Cris Morena no aparecen condicionamientos de clase, no se vislumbran conflictos sociales, solo pequeños grupos de amigos que juntos -y con amor- todo lo pueden. Una idealización que por un lado genera grandes réditos (por identificación universal inmediata), y por otro produce un micro cosmos farsesco en el que solo alcanza “seguir el dictado del corazón” para ser feliz. Esta dualidad mitificante también se reproduce en las temáticas encaradas: el viaje
iniciático, la ruptura con los padres, la amistad, el amor, el sueño de ser artista – exitoso, claro-. Tópicos universales que, borrando condiciones sociales limitantes, no pueden otra cosa que generar identificación instantánea. De hecho, todos estos temas son objetos míticos para el imaginario, cuanto menos, occidental. Y Cris Morena los toma todos, los enlaza con maestría artístico-empresarial, y los manda al ruedo.

Así, más allá de la historia que se elija narrar -no casualmente dirigida
siempre a pre adolescentes, edad donde la búsqueda de identificaciones se
vuelve ansiosa, vital-, el interés por dejar una marca exclusivamente
identitaria, de promover cierta ética de la exploración personal desligada
del contexto social, se presentan como enfáticas piezas de la maquinaria
narrativa generada por la tía Morena. Y no es que estas máquinas creadas no
funcionen, lo que generó este escrito, sino todo lo contrario. Es justamente
por su estudiado y aceitado andar que tales realizaciones son dignas de
analizar. Por la combinación precisa (anhelada por muchos) entre marketing y
creación estética, imbricación que el cine actual casi no puede dejar (y de
hecho, no deja, incluso en aquellas producciones que se presentan con el
rótulo -marketinero- de “independientes”) de tener en cuenta.

Por más que románticos nostalgiosos se encierren a ver Fritz Lang en cubículos
elitistas, el cine hoy (¿cuándo no lo fue?) es industria, y -sólo- desde ahí crea, genera, provoca, seduce (se sabe, sin gente no hay espectáculo, no hay arte).

Cris lo sabe, lo entiende, no resbala en preocupaciones estético-morales, produce, y genera (sigue generando) maquinitas que no dejan de incidir -rebotar- en cabecitas que no hallan opciones de mayor interés.

Publicado en Leedor el 8-7-2004