Las horas del día

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Las horas del día es un film visceral, doloroso, violento no por lo que muestra o dice, sino por lo que evita o deja fuera del alcance cámara: la falta de motivos para los actos de crueldad de un serial killer aburrido de su vida.Parado en medio del vacío

Por Julián Rimondino

El asesinato, la muerte, es algo siempre grandilocuente. Es un acto que llega en un momento apoteótico, de máxima tensión, de fuerte suspenso. Sea una muerte-redención o una muerte-castigo, en el cine siempre llega como resultado de un clímax. Y siempre tiene significado.
Entonces, según la tradición, la muerte es un acto supremo, y el asesinato es ejercer ese poder supremo. El asesino es grandioso, potente, muchas veces voraz. Pero en Las horas del día no es así: matar no es una demostración de poderío, ni de superioridad. Ni siquiera es un medio para alcanzar cierta relevancia. Es, sencillamente, un acto más, como abrir un negocio todas las mañanas, desayunar con la madre, cenar con la novia o hablar con un amigo. Abel (Alex Brendemühl) es un asesino. Mata con una tranquilidad y una facilidad horripilantes. Pero no es poderoso, o quizás lo es (únicamente) cuando mata. Cuando no, es un hombre común, un treinteañero aburrido y bastante triste � �poco comunicativo�, como le dice su primera víctima.
El español Jaime Rosales, en su primer film, presenta a un asesino serial, pero no uno maquiavélico y perverso (como si trabajara dentro del género del thriller), sino un Abel que es mucho más que la encarnación del mal o el producto de algún trauma psicológico. Este Abel (personaje irónicamente llamado como la más famosa de la víctimas de la Biblia) es como todos los demás barceloneses, tan sólo que, algunas veces, y sin demasiado motivo específico, asesina.

El tratamiento de Rosales se aleja totalmente del suspenso, lo que entregaría tan sólo el retrato de un serial killer aburrido con su vida, maltratado, con mala suerte y, sí, un poco perturbado, para preferir los tiempos dilatados, las cámaras casi fijas, los planos que trabajan más lo auditivo que lo visual, pero también, con gran maestría y dilación, la sorpresa. Y si bien no siempre sale victorioso en el manejo de los tiempos lentos (el final está, quizás, un poco dilatado), logra transmitir la sensación de estancamiento y vacío que vive su personaje con una potente vividez.

Las horas del día es un film visceral, doloroso, violento, pero no por lo que muestra o dice, sino por lo que evita o deja fuera del alcance cámara: la falta de motivos para los actos de crueldad de Abel, que van desde matar hasta arruinar la boda de su amigo o intentar no pagar la indemnización a su empleada, se basan en que la película construye una realidad carente de sentido, sin objetivo, ni nada demasiado atractivo que ofrecer a quienes la viven.

El trabajo sobre la imagen es bastante elaborado, y desde una estética realista y de corte estático, con una ausencia casi total de música, se trabaja esta misma idea de quietud. �ste es un tipo de cine difícil de ver para quien no está acostumbrado a los tiempos dilatados, por lo que pide un nivel de reflexión del espectador, acorde con la propuesta de Rosales de, sencillamente, no explicar nada.

Los logros y el valor de Las horas del día sobresalen, más que nada, gracias a las impávidas actuaciones, siempre contenidas y totalmente armónicas a la propuesta integral del film (siendo especialmente valiosa la interpretación de Ágata Roca como Tere, la novia de Abel), y debido al manejo del timming cinematográfico que Rosales posee, donde la lentitud y el vacío dicen mucho más que la extravagancia narrativa y el despliegue de virtuosismos técnicos.

Publicado en Leedor el 28-6-2004