Hoteles literarios

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A través de tiempos y geografías, hoteles y poetas han recorrido senderos paralelos. Muchos cuentos y novelas tuvieron origen en un cuarto de hotel, mientras que no fueron pocas las oportunidades en las que un escritor se encerró simplemente a esperar la muerte.Viaje alrededor de un libro

Un libro hallado casi al azar en una biblioteca caótica era el solitario dueño del secreto.

Detenerse ante anaqueles abarrotados de libros sin buscar nada en particular, admite la posibilidad de efectuar un descubrimiento extraordinario. Bajo el polvo de los estantes más altos aparecen volúmenes olvidados que invitan a recorrer nuevamente los caminos del pensamiento y la literatura, textos que conducen (muchos, seguramente, derivan de él) a Jorge Luis Borges, quien no casualmente había imaginado el paraíso bajo la forma de una biblioteca.

Con el lomo al revés y confinado entre La piedra lunar de Wilkie Collins y el Manual de perdedores del gran Juan Sasturain, asoma de entre el desorden un ejemplar cuya presencia había sido relegado por esas arbitrariedades selectivas en las que suele incurrir la memoria. Hoteles literarios, de Nathalie de Saint Phalle, cuyo subtítulo pone de manifiesto los secretos propósitos de la autora: “Viaje alrededor de la Tierra”.

Determinados hoteles protegen historias que justifican el recuerdo y cierta nostalgia, detalles que potencian su valor simbólico mucho más allá de lujos y miserias. Como los imperios, los desencuentros o los clubes de fútbol, fabrican su propio pasado, aquello que alguna vez habrá de ser contado. Acaso se trate de un relato fiel o de una parábola de improbable verificación, aunque siempre será mejor creer en ella antes que afiliarse a escepticismo, simplemente porque la sola narración hará un poco más transitable el Universo. Pero son los hombres quienes moldean las tradiciones. Sin viajeros, los hoteles no existirían, ni siquiera como elementales construcciones y, en este caso, parece difícil establecer si “el hábito hace al monje” o son los monjes – ocultos tras un disfráz de peregrinos nómades- los que se ocupan de otorgar otro tipo de identidad a estos ámbitos cosmopolitas y a la vez íntimos, medulares y a la vez periféricos, reales y a la vez tan propios de la ficción. En este cruce casi todo es posible: los viajes transmiten la visión de quien los describe. Dice Jorge Monteleone en su libro El relato de viaje.

De Sarmiento a Umberto Eco: “No hay viaje sin relato. El relato, la relación, la narración son connaturales al viaje y, de algún modo, la condición de la existencia de un viaje reside, en parte, en la posibilidad de ser narrado. No sólo ser narrado: también ser escrito. No sólo ser escrito: también ser leído”.

Esta travesía, oculta en un texto durante un lapso inadvertido, reúne a los hacedores de historias y a sus itinerarios. Un hotel, que bien puede ser considerado un pretexto para un viaje literario según analiza Saint Phalle, “es una caja de Pandora, esa caja de donde escaparon todos los males y todos los bienes y en el fondo de la cual quedó la esperanza. ¿Qué no se hará en un hotel? ¿Qué escritor no ha escrito en uno, o no ha situado en él la acción de algún libro? Es un lugar novelesco donde la imaginación cruza por decorados en su mayoría reales”.

De Adrogué a Estambul

Los hoteles siempre han tenido una buena relación con el mundo de la política y la diplomacia. Un periodista llamó por teléfono al Waldorf Astoria de Nueva York: “Por favor -dijo-, quiero hablar con Su Majestad el Rey”. “¿Con cuál de todos ellos?”, respondió el recepcionista sin siquiera sorprenderse, acostumbrado como estaba a ver pasar frente a sí los brillos de las monarquías.

Pero los escritores, imprevisibles, también se transformaron en parte de ese cosmos. El propio Borges (ciego, quizá soñando un color), jamás dejó de regresar a Adrogué y al demolido Hotel Las Delicias, posta de su perpetuo romance con los arrabales. El diario La Nación, en 1981, rescataba la idea: “En cualquier parte del mundo en que me encuentre -afirmaba Borges-, cuando siento el olor de los eucaliptus, estoy en Adrogué? Los lugares se llevan, los lugares están en uno. Sigo entre los eucaliptus y en el laberinto, el lugar en que uno puede perderse. Y luego, en ese mismo Hotel Las Delicias, un gran salón de espejos infinitos. Muchos argumentos, muchas escenas, muchos poemas que he imaginado, nacieron en Adrogué…”.

La trama, que no tiene un final matemático, abandona el suburbio y se deja seducir por las luces de Buenos Aires. Surge el viejo Plaza Hotel, por el que alguna vez pasaron Octavio Paz, Jorge Amado, José Ortega y Gasset o la impresionante y criolla Victoria Ocampo. El vagabundeo literario no tiene fronteras. La lectura, casi a su antojo, se aloja en Connemara, Irlanda, en el Renveyle House Hotel, habitual sitio de encuentro para tipos como William Butler Yeats o James Joyce. Desde un rincón, Saint Phalle narra un fragmento de su propia marcha: “Hoy el viento sopla sobre uno de los más bellos pasajes de Irlanda, llegando a veces a aullar, pero, puede uno refugiarse en los libros de la biblioteca de caoba, o remontar el tiempo a los largo de los pasillos cubiertos de retratos, de cartas, de mensajes”.

Texto y travesía coinciden, igual que lector y viajero: se han convertido en la misma utopía y pueden patrullar el planisferio a voluntad. El viaje alrededor de la Tierra se detiene por un instante en The Oriental Hotel de Bangkok, donde el polaco Joseph Conrad -paradójicamente uno de los más grandes escritores ingleses?- llegó por primera vez en enero de 1888. No fue el único. Hoy el restaurante Lord Jim -inequívoco homenaje a Conrad- ofrece mes a mes el plato predilecto da cada uno de los autores que pasaron por allí: Rudyard Kipling, Tenesse Williams, John Steimbeck, William Golding, Gore Vidal?

Se sospecha que T.E Lawrence borroneó parte de Los siete pilares de la sabiduría en el Mena House de Gize. No demasiado lejos, en el Oasis Hotel de Argelia, Oscar Wilde y André Gide se encontraron una tarde, antes de que el irlandés fuera a parar a la carcel acusado de atentar contra la moralidad y las buenas costumbres victorianas, a raiz del juicio que le iniciara el marqués de Queensberry, padre de su destructivo amor, lord Alfred Douglas. Luego de la prisión marchó a Francia, se alojó en el Hotel D`Alsace y escribió La balada de la cárcel de Reading, los últimos poemas de su vida. Allí murió en 1900, sin jamás regresar a Inglaterra. Oscar O `Flahertie Willis Wilde había nacido en Dublin en 1854.

En París, ciudad que no le gustaba demasiado a Tolstoi, está el Meurice, sitio habitual para Gabrielle D`Annunzio o Salvador Dalí, que parece resumir el espíritu de los textos, de los viajes, de los hoteles o de todo junto. Cuenta Saint Phale que nueve escritores (Ardisson, Berther, Besson, Frébourg, Gravier, Leroy, Neuhoff, Parisis, Tillinac y Van der Plaetsen), se reunieron allí la noche del 31 de diciembre de 1989. En ese hotel y en esa despedida nació un libro colectivo, ¿10 años en balde? La dècada del ochenta?

Capítulos más tarde, Arthur Miller y la mítica Marilyn Monroe se alojan en el Savoy de Londres (“No encontrará ningún hombre intelectual -decía Samuel Johnson- que quiera abandonar Londres. No señor: cuando un hombre se cansa de Londres, está cansado de la vida?”), lugar en el que la rubia se despojó de su traje negro y se metió entre las sábanas “cubierta” unicamente por su perfume, Chanel Nº 5.

Marcel Proust, en En busca del tiempo perdido, se refiere al Pera Palas de Estambul, quizá el más canonizado de todos los hoteles, que fuera construido especialmente para los pasajeros del Orient Express, enorme viaje en ferrocarril entre París y el Bósforo, en la entrada del Mar Negro. Agatha Christie se hospedó allí en dos oportunidades (1924 y 1932), siempre en la habitación 411, donde redactó buena parte de su novela Asesinato en el Expreso de Oriente.

Nueva York, una enciclopedia

La mayoría de los caminos conducen a Nueva York. Cuando la historia comience a escribirse nuevamente, dentro de unos mil años, es probable que sea consederada sinónimo de estos tiempos, como Babilonia, Atenas o Roma de los suyos, una ciudad en la que hay que esforzarse demasiado para sentirse extranjero.

Todos conocen lo que sucedió en el Plaza Hotel -en la Quinta Avenida y la calle 59- cuando Truman Capote, en medio de una fiesta infernal, gritaba: “Puedo destrozar la vida de cualquiera en Nueva York si me da la gana. No soy un santo. Soy alcoholico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”. Pese a lo extraordinario de la escena, la biografía del Chelsea Hotel, en 222 West y la calle 23, tal vez pueda transformarse en el mejor de los relatos.

Arthur Miller pasó allí siete años, cuando escribía Las brujas de Salem; Arthur Clarke escudriñaba el cielo con un telescopio desde la habitación 1008 (ya pensaba en 2001 odisea del espacio); Sam Shepard, entre drogas y cerveza, tipeaba como un demente para terminar sus Crónicas de motel; William Burroughs vivió allí en 1965 (“Era un hotel sin problemas-comentó. Pasaban montones de cosas?asesinatos, suicidios, sobredosis?”), mientras que Dylan Thomas se transformó “en uno de los primeros en reculirse en él, ahogando su talento en whisky straigth y muriendo tras el decimooctavo vaso, con lo que batió su propio récord”. El poeta Leonard Cohen, incluso, escribió una balada a la que llamó Chelsea Hotel, que dedicó a la memoria de Janis Joplin cuando supo de su muerte.

Artistas y escritores. Acaso se trate de sujetos demasiado solitarios que se encierran lejos de las muchedumbres con la mirada fija en una ventana. Quizá esperen una idea genial, una historia jamás publicada o, simplemente, la llegada de una muerte absurda. Perplejos, no advierten la presencia de la literatura. La dueña del relato también está allí. Se aloja en el mismo hotel.

Publicado en Leedor el 28-6-2004