Troya

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Caballo Regalado

Wolfgang Petersen es un gran director. Es fácil afirmar esto sobre el realizador alemán que ostenta entre sus laureles la dirección del mejor film en la historia jamás realizado sobre -prácticamente un subgénero- submarinos: El Barco (1981). Fagocitado por Hollywood, salió muy bien parado del bizarro sci fi de Enemigo Mí­o (1985), dio muestras de su talento con recursos austeros en la bien resuelta Búsqueda Mortal (Shattered, 1991) demostrando un buen pulso más allá de lo narrativo -donde siempre aprueba- en la dirección de actores, sacando lo mejor de Tom Berenger y Bob Hoskins, como así también de Clint Eastwood y John Malkovich En la línea de fuego (1993). Y con un presupuesto mucho más que generoso, en la muy buena Una Tormenta Perfecta (2000) supo mantener a la audiencia aferrada a la butaca en cada momento de la odisea de esos hombres de mar (también excelentes actuaciones de George Clooney, Mark Whalberg & Cía) sorprendidos por un fenómeno climatológico único, siendo superlativa y memorable la escena de la caí­da del helicóptero de rescate.

Pero, nobleza obliga señalar que Wolfgang Petersen también hizo Avión Presidencial (Air Force One, 1997), aquel bodrio inverosí­mil con Harrison Ford, Glen Close y Gary Oldman, que como aquellos que la vieron, prefieren obviar de sus CV; como el mismo realizador, que la pifió, y feo.

Brad Pitt es un gran actor. Sí­, el responsable de esta nota lo afirma sin ponerse colorado; sosteniendo además que el imán de su porte para la platea femenina le ha pateado en contra con la crítica especializada que siempre dudó por esto de su talento. Desde su breve pero decisiva intervención en Thelma & Louise (Ridley Scott, 1992), pasando por su consagratoria criatura en Entrevista con el Vampiro (Neil Jordan, 1994) en la que el astro supo ponerse al hombro un film desparejo, como así mismo descollar en los roles secundarios de sus interpretaciones en las dos películas de David Fincher –Pecados Capitales (1995) y El Club de la Pelea (1999), el ejército de los 12 Monos (1995) de Terry Gilliam y los cerdos y diamantes del Snatch (2001) de Guy Ritchie. Louis de Pointe Du Lac, el melancólico vampiro, el iracundo detective David Mills, el anárquico gurú sui generis Tyler Durden, el demente ecoterrorista Jeffrey Goines y el gitano boxeador Mickey O´?Neil -al que deberí­a agregarse el falopero de Floyd, su cameo en Escape Salvaje (Tony Scott, 1993)- son personajes inolvidables.

Pero Brad Pitt también hizo Leyendas de Pasión (Legends of the Fall. Edward Zwick. 1995) y ¿Conoces a Joe Black? (Martin Brest, 1997), como el azúcar, dos films no aptos para diabéticos. En ambos, acompañado por Sir Anthony Hopkins, en lo que para el actor británico son otras de las grandes porquerías en las que se ve envuelto para poder seguir dándose lujos propios del bont vivant del que jamás se pudo despegar después de su consagratoria -a nivel global- interpretación de Hannibal Lecter; dos rasgos -el de las excentricidades y el buen gusto- que atentan contra su bolsillo y su carrera. Aunque, después de sus colaboraciones con el tandem Merchand-Ivory, este en una posición más allá del bien y del mal.

Pero esa, es otra historia.

Para Troya, una de las superproducciones del año que se anuncia y recibe mundialmente con bombos y platillos, decepcionante es encontrarse -después de haber sufrido la película- con el Petersen de Air Force One y el Pitt de Legends of the Fall. Y esto va más allá de cualquier atisbo de ingenuidad que tuviera cualquiera que pretendiera una transposición fiel de los 24 cantos del poema de Homero. Después del éxito rotundo que fue Gladiador (Ridley Scott, 2000), era obvio que cualquier épica bajo la lupa del mainstream se banalizarí­a copiando la fórmula del film protagonizado por Russell Crowe. No se busca un Espartaco (Stanley Kubrick, 1965), es decir, una nueva obra maestra del cine: más alládel excesivo metraje -pareciera una condición sine qua non para este tipo de cintas- el asunto pasa por hacer algo tan digerible como el popcorn y la gaseosa que ya vienen con la publicidad de la película, algo que está más cerca de la sátira del Hércules (1997) de la Disney con todo el merchandising que generaba su primera victoria -con los mismí­simos Pena & Pánico usando el calzado del héroe y comiendo su combo de Mc ?Donals ante Hades- que de la legendaria Ilíada.

Como el Máximo de Crowe, el Aquiles de Pitt, para sus pares y la platea, es presentado como un ídolo deportivo, pensando en estas pampas, símil a Maradona. Los griegos -la hinchada- alientan cada embiste de su campeón que, dispuesto a matar, no conoce otra dirección que la de ir siempre hacia adelante, incansable, como el conejo de las pilas; ese que en un acto de justicia Charlie Sheen y su oponente de turno cagaban a tiros en Locos del Aire 2 (1992) generando prácticamente un orgasmo. Por exigencias del mercado, el actor aparecerá desnudo, innecesariamente, varias veces a lo largo del film -para las adolescentes, jóvenes y señoras que podrán gritar ¡Viva el Mercado!-; será recio y despiadado, pero ojo, también un tierno; y tendrá sus tres escenas románticas -la que Briseida le apoya el cuchillo en la garganta es bochornosa- no importa que tenga varias flechas clavadas en el torso, y por supuesto la del talón; que si se obviaron la intervención de los dioses, los dos meses de luchas y tantas cosas más, el haber puesto esto es casi irrisorio por más vox populi.

Los combates no trasmiten emoción -salvo la muerte de Patroclo, muy bien orquestada aunque nada original-, ni extras ni CGI logran convencer de la epopeya de millares de hombres, ya que se nota, y mucho, la mano de obra de la PC-la flota de embarcaciones griegas llegando a la playa de Troya es paupérrima- lo que atenta en el establecimiento del rapport con un producto con el que jamás se establece. Si hasta Aquiles tiene una especie de estocada, que en lugar de ser mí­tica como la del Felipe de Borgoña del León de Francia, pareciera propia de una fatality de cualquier video game. Para colmo de males, el decisivo duelo con Héctor, el prÃíncipe y campeón troyano, el hombre entre los hombres, el domador de caballos; es presidido por la harta vista y coloquialmente hablando quemada escena de los hombres preparándose para el combate; algo que de la irritable Rambo 2 a esta etapa, molesta, y mucho. Petersen falla en timming y el producto termina siendo hueco, solo un envoltorio, como la trampa que desencadena la caída definitiva de Troya, la ciudad, y de Troya, la película.

Párrafo aparte merece el elenco, todos grandes nombres, todos desperdiciados. Si hasta el inmenso Peter O´Toole, con su parálisis facial, despliega más expresividad que todos a lo largo de este metraje. Eric Bana tiene que volver urgente a filmar en su Oceanía natal, porque ni La Caida del Halcón Negro (Ridley Scott, 2002) ni mucho menos Hulk (Ang Lee, 2003) y su Héctor en Troya le hacen justicia a la carnada que supuso el demoledor Choper del film homónimo (2000); Brian Cox tiene que ponerse nuevamente bajo las órdenes de cualquiera de los dos Spike que saben aprovecharlo -Jonze en El Ladrón de Orquídeas (2002) y Lee en La Hora 25 (2002)- Sean Bean está perdido (como lejos está de realizarseLa Odisea con él de protagonista) mientras que la muy bonita Diane Kruger, en el rol de Helena, está acorde con el caballo de Troya, porque es de madera y una mentira, al igual que Orlando Bloom como un Paris que hace olvidar todo lo bueno que supo auspiciar su Légolas de la trilogía del Señor de los Anillos. Que a todo esto, si este es el sucesor de Brad Pitt, tanto como actor y galán, le espera más o menos -siguiendo con las analogías del fútbol en eso del Aquiles/Maradona- la carrera del querido Ariel Ortega, con el que ostenta un curioso gran parecido físico, acentuado por el cabello largo y enrulado. Habrá que avisarle al estimado Burrito que su campo de acción -el de rompecorazones, no el de futbolista -puede extenderse más allá de Jujuy y las simpatizantes del glorioso River Plate.

Publicada en Leedor el 31-5-2004