Carver siempre Carver

0
7

El libro de cuentos de Raymond Carver De qué hablamos cuando hablamos de amor ya tiene 20 años. Elena Bisso propone una relectura y su análisis.El arte de contar lo posible.

por Elena Bisso

De qué hablamos cuando hablamos de amor” es una pregunta no poco interesante. Es el título de un cuento y un libro de cuentos de Raymond Carver que ya tiene veinte años. Encontrar un título para un cuento puede resultar tarea difícil. ¿Se trata de una síntesis? Finalmente, queda en la libertad del lector y en sus posibilidades, poder significar otra vez el título de que se trata una vez leída la historia. El autor ya lo ha entregado al mundo y poco podrá hacer y tampoco debiera hacer demasiado. La ficción ampara y desampara a la vez con el mismo rigor, en un territorio conjetural y enigmático.

Es un cuento admirable. Tal vez no resulte casual que sea un cardiólogo quien pueda contar una historia dentro del cuento, que diga algo más acerca del amor. Es que Carver no responde tampoco a través de sus personajes aquello que nos hace preguntarnos con cierta impiedad. Podemos pensar que representar el amor con el corazón es un universal, pero en esto del amor hay una infinitud de particularidades.

Carver nos ofrece la diversidad con ese talento para situarnos en la escena de esas dos parejas, lidiando con sus pasados y sus amores presentes.
Del amor pasional al amor abnegado, del amor en la juventud al amor en la vejez. Por allí nos pasea Carver con maestría. Los gestos de inadecuación, las tensiones de sus personajes son descriptas con brillo utilizando ademanes domésticos y hasta previsibles.

Uno puede imaginar perfectamente esa tarde de diálogo, en la que sin buscarlo y con aire distraído, se introducen en el desencanto, la resignación y el anhelo, luchando por dar con alguna verdad.
¿Cómo logra Carver este cuento con un tema del que habla y tal vez hable casi toda la literatura, sin caer en lugares comunes? Simplemente desde su título, desde una pregunta que no responde explícitamente. Se aventura a mostrar en una escena, en principio cotidiana, un mundo de complejidades que se abren paso entre vasos y colillas y un clima colosal.

El amor que Carver merodea con sus personajes, tal vez se parezca al Amor presentado por Diotima, haya existido o creación lograda de Sócrates, mujer al fin:

“Pero, como hijo que es de Poro (el Recurso) y de Penía (la Pobreza), el Amor quedó en la situación siguiente: en primer lugar es siempre pobre y está muy lejos de ser delicado y bello, como lo supone el vulgo, por el contrario, es rudo y escuálido, anda descalzo y carece de hogar, duerme siempre en el suelo y sin lecho, acostándose al sereno en las puertas y en los caminos, pues por tener la condición de su madre, es siempre compañero inseparable de la pobreza. Mas por otra parte, según la condición de su padre, acecha a los bellos y a los buenos, es valeroso, intrépido y diligente; cazador temible, que siempre urde alguna trama; es apasionado por la sabiduría y fértil en recursos: filosofa a lo largo de toda su vida y es un charlatán terrible, un embelesador y un sofista. Por su naturaleza no es inmortal ni mortal, sino que en un mismo día a ratos florece y vive, si tiene abundancia de recursos, a ratos muere y de nuevo vuelve a revivir gracias a la naturaleza de su padre. Pero lo que se procura, siempre se desliza de sus manos, de manera que no es pobre jamás el amor, ni tampoco rico. Se encuentra en el término medio entre la sabiduría y la ignorancia.”

El cirujano cuenta la historia que para él representa el amor, sin solemnidades, interrumpido por sus acompañantes que hacen a esa conversación totalmente creíble. La historia que cuenta tal vez sea muy difícil de contar. ¿De qué manera explicar ese amor del que habla, expresado en un hallazgo pequeño y sorprendente que lo ha conmovido hasta el pudor? En las dificultades de este personaje al contar esa historia, se devela la llave de su singularidad.

“Oía los latidos de mi corazón. Oía el corazón de los demás. Oía el ruido humano que hacíamos allí sentados, sin movernos, ninguno lo más mínimo, ni siquiera cuando la cocina quedó a oscuras.”

Cerrando así su cuento, Carver tal vez consiga advertirnos que cuando hablamos de amor bien puede suceder que lleguemos a una noche inmóvil, donde sólo podremos escucharnos en lo que no tiene palabras.

Nota publicada el 29-3-2001

Compartir
Artículo anteriorRemakes
Artículo siguienteCementerio