Silvia Prieto

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Rejtman construye en Silvia Prieto una de las metáforas cinematográficas más interesantes sobre la identidad.Corazones geométricos

por Alejandra Portela

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En el país donde vive Silvia Prieto, tan ascético y obsesivo como ella, solamente parece haber restaurantes chinos que cambian de farolitos y de sillas, también de nombres que para el caso es lo mismo si se llaman Kingli o Tokyo; en ese país la TV es como la familia, con yerno, suegra y cuñada incluídos porque la gente se conoce y se casa para que la TV los vea, los tome, los aproveche, los comunique.

En ese país solamente se come pollo, previos cortes en 8 pedazos, siempre al horno, siempre en bandeja con los trozos encimados, en ese país hay muñequitas de porcelana que se parecen a tal o cual persona pero que terminan tiradas en la calle o en la repisa de un rockero; en ese país todos nos conocemos o nos contactamos de alguna u otra manera. En ese país se da muestras gratis de jabón en la calle frente a graffitis que dicen “Mo démonos una mano” (La Venus de Milo) y no pasa nada.

Cuando cumple 27 años Silvia Pieto quiere cambiar su vida de mesera, habiendo superado los 12000 cafés servidos. Su ex marido conoce a una joven promotora de jabón en polvo que finalmente le consigue a Silvia un trabajo símil y además le presenta a su ex marido. Porque en ese país, no hay pasado, salvo por los compañeros de colegio que aparecen en la tele en el programa “Corazones solitarios”, por lo cual los matrimonios extinguidos se cruzan para empezar de nuevo y los matrimonios nuevos son productos mediáticos, sin amor, con fiesta, luna de miel, transmisión en vivo, regalos, pantalla, pero sin amor. En realidad de amor nunca se habla, no es lo importante. También pasan de mano en mano los objetos: el saco Armani a cuadros amarillo de un pobre italiano que seguirá sus huellas y terminará comprando su propio saco, las kitch muñequitas de porcelana que no estallan cuando se las tira, las lámparas hechas con botella, cuyo nombre se adjuica también a así a los tipos inútiles, a los que solamente están de adorno.

Un día, Silvia Prieto descubre que existe otra mujer llamada Silvia Prieto y la odia por principio pero, obligada a conocerla, le lleva un champoo de regalo que termina arruinándole el pelo “Esta mujer tiene el diablo en el pelo”.

Ese país con toda su sobriedad, sus gentes de diálogos entrecortados y faltos de palabras, sus convencimientos en las cosas menos importantes, sus escenarios discretos, mínimos, casi geométricos (la esquina, la sala de visitas de la cárcel, el jardin de los monoblocks) parece querer ser además un país con una voluntad final de incorruptibilidad como destino. Rejtman (ex Rapado) construye un territorio posible donde finalmente viven muchas otras Silvia Prieto y hace una de las mejores metáforas cinematográficas sobre la identidad, y esto en la Argentina es para hablar un rato largo.

Nota relacionada: Los guantes mágicos.

Publicado en Leedor en 1999