La Pasión de Cristo

0
8

Otra vez, a pleno, la propaganda cristiana recurre, como en el siglo XVII a los paradigmas que supo construir.

Â?Pilatos entonces tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a él, le decían: Â?Salve, Rey de los judíosÂ?. Y le daban bofetadas. […] Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: Â?Aquí tenéis el hombreÂ?. Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: Â?¡Crucifícalo, crucifícalo!.Â? (Juan, 19:1-6)

Estaba volviendo a algunas imágenes recurrentes de la historia del arte, sobre todo, de la etapa medieval y veía la forma en la que el tema de la pasión cristiana había sido abordado. En general con un distanciamiento y una conceptualización que alejaba la idea de muerte corporal de muerte espiritual (foto 1). La reducción de ese episodio algunos pocos personajes tratados en términos muy esquemáticos o antinaturalistas no hacen más que evidenciar que la sangre, la lastimadura sobre la carne, la piel herida, rajada, sometida, nunca fueron cuestiones fáciles para el arte cristiano, tampoco el erotismo.

Los magníficos ejemplos del barroco español cuya idea de conmover el alma a través de los sentidos tenía más que ver con una cuestión de acercar al fiel al propio sentimiento igualitario de Cristo (Ver si no el Cristo yacente del español Gregorio Fernández (foto 2 y 3) o la Crucifixión del alemán Matías Grunewald de 1515 (foto 4) en donde el crucificado parece tener brazos y piernas quebrados), fueron exclusivos modos de representar su muerte como Cristo hombre. Lo que perduró durante buena parte de la historia de la representación de la pasión fue una idealizada simbolización, tan geométrica como la cruz que la produjo y tan alejada del mundo real como puede ser una representación. Lejos de la idea que allí fue torturado, clavado, ajusticiado el cuerpo de un hombre: con los sonidos y los colores de cualquier violenta muerte humana.

Quería empezar con estas ideas mi comentario sobre la película de Mel Gibson que se estrenó en Buenos Aires una semana antes de la Pascua, porque me parece imposible despegar La pasión de Cristo del sentimiento de religiosidad cristiana y de algunos modos de representación. Si hay algo que hoy falta, son obras que provoquen problemas, que produzcan debates, discusiones. En esta sociedad del espectáculo, de la forma por la forma o del discurso del discurso, que una película cause ese grado de discusión parece tan válido como aceptar el indiscutible uso comercial de los anexos de la película, la venta por ejemplo de dijes con clavos de la cruz en plata, o marcos con fotos del Jesús crucificado. Otra vez, a pleno, la propaganda cristiana recurre, como en el siglo XVII a los paradigmas que supo construir. Pues, la estética que la película adopta es la del pathos barroco: realismo exacerbado, luces contrastadas, dramatización de los escenarios, multitud violenta vrs individuo solitario, corporización de la muerte en una figura andrógina, miradas misericordiosas. En términos de lenguaje cinematográfico La Pasión no se destaca de la media. Recurre a breves y pocos flashbacks que intentan cortar la tensión con la que uno asiste a la larga sesión de tortura en la columna o los pasos camino al Gólgota. La retórica de la imagen esta sujeta a contadas metáforas, la mayoría conocidas: la manera en la que María limpia la sangre de su hijo, el santo sudario, la traición castigada. El final es muy pobre: una resurrección más relacionada con una misión policial que con una misión moral. Y esto genera una última sospecha: que este Cristo gibsoniano sufre mucho por el pecado humano, se sacrifica por los hombres que “no saben lo que hacen” pero finalmente se levanta de su tumba y al son de una percusión “revitalizante” va al inicio de lo que parece ser su verdadera misión.

Publicada en Leedor el 20-5-2004

Compartir
Artículo anteriorQuinta Pueyrredón
Artículo siguienteINCAA