Esplendor americano

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En Esplendor Americano la voz en off del propio Harvey Pekar, que narra y aparece delante de cámara para contar su historia real, cuando éste no es interpretado magistralmente por Paul Giamatti, nos adentra en un biopic sui generis donde el matrimonio Berman-Pulcini, proveniente del campo documental, debuta en la realización de ficción prácticamente misturando ambos géneros. Astro City

Por Leo A. Oyola

-¡Tengo trabajo!

Con esa exclamación de alivio Harvey Pekar se despierta a mitad de la noche tras haber sufrido una de las tantas pesadillas que suelen asaltarlo, ya sea en el mundo de lo onírico o, inclusive, en el de lo real. Precisamente, la vida de Pekar lejos está de ser un sueño. Y entre tantas angustias, el hecho de tener un monótono laburo en un hospital que �pese a odiarlo de infinitas formas- medianamente lo sustente para el alquiler y ciertos vicios selectos, es lo único que le importa. Hasta acá, la mayoría de los mortales contemporáneos podemos identificarnos con este personaje oriundo y outsider de una Cleveland chata y gris, a años luz del neón de las ciudades más cosmopolitas y glamorosas del país del norte. El asunto que nos distancia de Pekar �y de Laiseca, la gente de Shambala & Perrone, por nombrar sólo algunos de los nuestros en la misma situación- es el talento que los hace dejar de ser ordinarios cuando tienen un lápiz y un cuaderno entre las manos: Pekar escribe, y es durante su juventud que entabla una amistad entrañable con el más tarde reconocido y archidifundido dibujante Robert Crumb quien lo anima a desarrollar su habilidad como guionista de cómics, convirtiendo desde la década de los �70 a la historieta autobiográfica American Splendor en un fenómeno símbolo de la contracultura estadounidense, de la que el mismo Pekar también es ícono.

La dupla de cineastas que compone el matrimonio Berman-Pulcini, proveniente del campo documental donde bien supieron foguearse, debuta en la realización de ficción prácticamente misturando ambos géneros por los que oscila para realizar un biopic sui generis del que no sería aventurado asegurar como único. En Esplendor Americano la voz en off es del propio Pekar, que narra y aparece delante de cámara para contar su historia real, cuando éste no aparece en pantalla interpretado magistralmente por Paul Giamatti, un secundario siempre efectivo para el mainstream, que aquí por fin tiene la oportunidad de demostrar su virtuosismo ahí, donde precisamente, todo carece de brillo. Sin embargo, los realizadores con muy buen tino incorporan animaciones en 2D y hacen uso y abuso del split screen para lookear como viñetas al campo cinematográfico y de esta forma meternos en una historieta interactiva en la que Pekar es ilustrado por artistas de renombre, como el citado Crumb, en trazos que varían de acuerdo al caricaturista, repitiendo en el celuloide de esta forma el apoyo tácito que el guionista necesitaba para su reconocimiento dentro de la gente de su palo, logrando trascender a través del tiempo.

Tan huraño y obsesivo, al igual de complicado y aturdido, como el Damián Dreizik del clip homónimo de Los Pericos, Pekar reproduce en sus guiones todo aquello que atañe a su propia vida, siendo sus anchos de espada y basto respectivamente, su acidez y su irascible mal humor. Una boca no apta para censura mediática y su espontáneo desaliño lo convierten en un personaje que pega en la audiencia norteamericana durante una presentación fortuita en el programa televisivo del popular conductor David Letterman, convirtiéndose en invitado regular por los contrapuntos que solía generar con la estrella. Algo así como el vernáculo Carlitos Rocco, el gauchito de las pulseadas de La Noche del Domingo que Sofovich supo vampirizar a finales de los �80, sobre todo por su contagiosa risotada: la vieja mentira de �no nos reimos de vos, nos reimos con vos�. Más de lo mismo le toca a su compañero de trabajo fronterizo contratado por MTV por ser cien por ciento nerd. Pekar como Toby, hacen el ridículo frente a una audiencia que no sufre y no vive como ellos, que son los que representan a los que se quedaron afuera del sistema; es decir, a los que no duermen tranquilos en la opulencia del sueño americano que se les prometió desde el New Deal.

Pekar, tiene pesadillas; que se desvanecen en cierta medida cuando aparece en su vida Joyce, una fan con la que se enamoran. La blonda Hope Davis, con una peluca morocha y ramonera acentuando su deliciosa freak, cubriendo el rol protagónico femenino nuevamente comparte su don a pleno, como lo hiciera en Intriga en la Calle Arlington (Mark Pellington, 1999) y Las Confesiones del Sr. Schmidt (Alexander Payne, 2002) entre otras. Hilarante es la secuencia en la que ella, autodidacta graduada en psicología gracias a la experiencia que le dio crecer en un entorno familiar disfuncional, define al resto del elenco de acuerdo a sus personalidades, como conmovedora y especial es la química que destilan junto con Giamatti desde su primera cita y cada vez que comparten escenas. Acertadamente, Berman-Pulcini jamás caen en facilismos de estructuras narrativas ni en la tentación de buscar adhesión masiva buscando erguir a Pekar como un antihéroe cool. Lo muestran, y él mismo lo hace, tal como es. Con un único mensaje de salvación que es el de aferrarse a la compañera fiel en este viaje en el que la buena música �para él, un oído entrenado en jazz- la lectura imprescindible y la necesaria obligación de escribir, se convierten en cable a tierra y en salvavidas de una rutinaria existencia. Un poco de color, solo un poco, para esta escala de grises en la que un fanzine adopta el formato de 35 MM.

Quién escribe estas líneas, ahora que ha demostrado todos los méritos cinematográficos de American Splendor, sólo debe agregar las subjetividades que en este caso también suman a favor del excelente en la calificación; desde un departamento alquilado que se mantendrá hasta las últimas consecuencias, ubicado en un Morón que no es Cleveland pero tiene también sus buenos claroscuros; quién firma, desvelado frente al monitor, mientras la mujer de uno duerme dando calor con su cuerpo a la cama matrimonial que espera, cuando cierre este escrito realizado originalmente en un documento de word, y apague la pc, faltarán poco menos de cuatro horas para que el despertador destroce tímpanos a las seis de la mañana. Simultáneamente, el televisor se va a encender en algún canal de música a todo volumen para asegurar ponernos de pie. Habrá que levantarse para ir al laburo, el que sustenta todo ese poco que es un tesoro de necios o un particular Mompracen. Mientras uno se vista �porque el baño va estar acaparado como siempre por la señora de la casa, como debe ser- en ese ambiente, entre los cds, libros, vhs y otros vicios selectos, como los de Pekar, y la euforia de encontrar una moneda en el bolsillo para viajar nos dibuje una sonrisa, solo queda relajarse y exclamar como el guionista:

-¡Tengo Trabajo!

Publicado en Leedor el 12-5-2004