Los siete locos

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Entre el comienzo de Los siete locos, en pleno San Telmo y el instante en que Erdosain se dispone a integrarse al grupo del Astrólogo, cuya casa está ubicada “en el centro de una quinta boscosa”, el protagonista atraviesa y cree salir de una Buenos Aires que aparece mencionada como de soslayo.Los trazos urbanos en el comienzo de Los siete locos

por Mario Cámara

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La escena que inaugura “Los siete locos” nos muestra a Erdosain sorprendido por sus jefes en una estafa de exactamente seiscientos pesos con siete centavos. La compañía para la que trabaja y a la que deberá rendir cuentas es una azucarera. Por supuesto, Erdosain robó ese dinero y no está en condiciones de devolverlo.

Acorralado, luego de este episodio, decide bajar por la calle Chile hacia la Avenida Paseo Colón. Entre este comienzo, en pleno San Telmo y el instante en que se dispone a integrarse al grupo del Astrólogo, cuya casa está ubicada “en el centro de una quinta boscosa”, Erdosain atraviesa y cree salir de una Buenos Aires que aparece mencionada como de soslayo. En efecto, breves fragmentos y descripciones escasas que, sin embargo, nos sirven para comprobar que la ciudad ha sufrido de lleno el impacto de la modernización y que ese impacto no ha sido para todos igual. Veamos cuáles son los signos que nos permiten leer ese cambio. Borges había imaginado el arrabal, esa zona indefinida entre el campo y la ciudad, franja en donde los compadritos se jugaban su destino. Arlt, en cambio, construye un personaje, Erdosain, cuya condición de posibilidad es la ciudad. Sus desplazamientos errantes de flaneur la iluminan en esquinas pobladas de oficinistas y zaguanes vacíos. Su mirada es la mirada del deseo pero también la del odio de clase. Por qué no imaginarlo como un hombre-cámara cuyas instantáneas van componiendo el álbum de un desesperado a la vez que nos dejan ver las estridencias de un paisaje que ha perdido la armonía de la aldea y cambia sin lógica ni continuidad. Sólo de este modo es posible atravesar San Telmo para llegar al Bar Japonés, ubicado en el Centro, “donde paran cocheros y rufianes y negros con cuello palomita y alpargatas negras se arrancan los parásitos del sobaco”, y de allí desplazarse a la zona de Montevideo y Quintana: “calles magnificas en arquitectura y negadas para siempre a los desdichados, en donde hasta el amor debía ser distinto, amparado por la sombra de esos tules que ensombrecían la luz y atemperaban los sonidos”. Podemos aventurar que los sonidos a los que se refiere el personaje son los ruidos de la ciudad producidos por una nueva escenografía social poblada de inmigrantes, rufianes y empleados de oficina, entre otros.
Ricardo Piglia señala que la ficción de Arlt es una máquina utópica, pues pone de manifiesto los mecanismos paranoicos de la política y revela todo lo que ésta posee de confabulación. A eso habría que agregar que la Buenos Aires que Arlt describe en 1929 prefigura la ciudad actual, quebrada entre un norte próspero y un sur que se degrada día a día. Erdosain, como nuevo personaje urbano, atraviesa a ambas. Busca una salida: a la estafa en la que fue descubierto, a la ciudad que lo aprisiona. La última foto de este hombre-cámara, podríamos imaginar, corresponde a la quinta del Astrólogo. Esta vía de escape no es tal, puesto que sólo a contraluz de la ciudad se recorta y se define el espacio boscoso de la quinta.

El circuito urbano ha sido trazado y la puerta de salida no es más que un trompe l´oeil, una ilusión que conduce a nueva entrada. Laberíntica como los escenarios de Borges, de la ciudad de Arlt nadie escapa.

Publicado en Leedor el 10-5-2004

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