Borges y la política

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En este artículo, Martín Zubieta aborda uno de los aspectos más polémicos de la vida de Borges.Borges entre la literatura y la política

por Martín Zubieta

Jorge Luis Borges trabajaba como auxiliar en la Biblioteca Pública Miguel Cané de Buenos Aires cuando se produce la llegada de Juan Domingo Perón al poder, el 4 de junio de 1946. Era un escritor conocido y libros como Fervor de Buenos Aires, Luna de enfrente, Inquisiciones o Ficciones le habían proporcionado honores literarios mas que suficientes. La “dictadura” (él solía referirse de esta manera a los dos primeros gobiernos peronistas) no fue un obstáculo para que Borges se transformara lentamente en Borges. El empleo, sin embargo, no parece haberle aportado demasiadas felicidades: en su Autobiografía Borges reconoce que “fueron nueve años de continua desdicha”, además de aceptar – de manera exagerada – que “aunque resulte irónico, en esa época yo era un escritor bastante conocido, salvo en la biblioteca”. Ante el nuevo fenómeno político Borges no permaneció indiferente y en los años 1945-46 había firmado algunas solicitadas y artículos contrarios a Perón y al nuevo gobierno que se aproximaba, tanto en diarios de Buenos Aires como de Montevideo.

Las autoridades decidieron removerlo de su cargo de “auxiliar de tercera” en la pequeña biblioteca del barrio de Almagro con rumbo al Mercado de Concentración de Aves, Huevos y Afines, que dependía también de la misma burocracia municipal. Dice Borges: “Me presenté en la Municipalidad para preguntar a qué se debía ese nombramiento… Bueno -contestó el empleado- usted fue partidario de los aliados durante la guerra. Entonces ¿qué pretende?. Esa afirmación era irrefutable, y al día siguiente presenté mi renuncia”. Y renunció el 28 de junio de 1946.

Además de ubicar a los actores de esta pequeña secuencia en la Argentina de aquellos años de postguerra y de evaluar cada uno de los sucesos y de las palabras, lo más trascendente es que Borges se transformaría en un antiperonista irreducible hasta el mismo día de su muerte. “Yo no digo que Borges no tenga motivos para estar enojado -dijo el notable Arturo Jauretche años más tarde, con su habitual acento pendenciero e irónico -; lo echaron de un empleíto que tenía en la municipalidad, con una revolución. Con otra lo hicieron director de la Biblioteca Nacional. Algo hemos ganado, porque lo veo más para director de biblioteca que para andar mirando balanzas y almacenes rosados”.
A pocos meses de abandonar su trabajo, un grupo de intelectuales le ofreció una especie de “cena de desagravio”; de acuerdo a la versión de Borges, Pedro Henríquez Hureña, leyó un texto especialmente redactado por él para la ocasión. Allí afirma que “…las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomenten la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de caudillos, vivas y nueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el poder de la lucidez… Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes del escritor. ¿Habré de recordar a lectores del Martín Fierro y Don Segundo Sombra que el individualismo es una vieja virtud argentina?”.
Sin apartarse siquiera un milímetro de su pasión por la literatura leía o dictaba una declaración política en la que su percepción frente al peronismo comenzaba a transformarse en definitiva, muchas veces en exagerada. La diferencia entre lo que sucedía y lo que deseaba era abismal. Se definía a si mismo como un hombre de clase media “porque la aristocracia y el pueblo propenden al fanatismo” y jamás entendió al peronismo. Emir Rodríguez Monegal, amigo personal y biógrafo de JLB, explicaba que durante aquellas épocas Borges no lamentaba la humillación de una clase social cuyos fracasos y debilidades satirizaba; le molestaba la demagogia de un líder que ventilaba rencores sociales y que brindaba lecciones de fascismo dentro de un ámbito de muchísima mediocridad. El mismo Monegal intentó ante Borges argumentar que Perón era algo más que un tirano mediocre que fomentaba leyes sociales necesarias para la clase obrera argentina pero…”¿Cómo se puede establecer un diálogo con un hombre que está soñando? Borges me imponía sus pesadillas… Su visión había creado con esta realidad mediocre un laberinto, y yo también estaba perdido en él.”
La Revolución Libertadora que derrocó a Perón en septiembre de 1955, lo nombró director de la Biblioteca Nacional, cargo que ejerció hasta 1973.

Antes del después

Configurado ya su antiperonismo militante, el resto de las observaciones políticas de Borges fueron muchas veces contradictorias. Contradicciones que, por otras parte, jamás se tradujeron en levantamientos en masa, revoluciones, huelgas generales o mitines clandestinos. Ni siquiera en una elemental candidatura. Adquirían cierta trascendencia por tratarse de quien se trataba.
En muchas oportunidades mencionó una particular simpatía por el anarquismo (“estoy por un mínimo de Estado y un máximo de individuo”), “anarquismo ilustrado” heredado de su padre. Durante su época europea escribió un texto llamado “Los ritmos rojos”, un libro de poemas que, de acuerdo a sus palabras, “elogiaban la Revolución Rusa, la hermandad del hombre y el pacifismo… Destruí ese libro en España, la víspera de nuestra partida…(se pueden leer algunos en “Borges Recobrado”, Ed. Emecé). Con el tiempo renegó del comunismo y lo vinculó directamente con lo peor que traían aparejados tanto el nacionalismo como el totalitarismo. En 1984 explicaba que ser comunista en 1920 significaba una idea de fraternidad entre todos los hombres y la supresión de las fronteras “y no el imperialismo ruso, como es ahora”. Las palabras cambian de sentido, afirmaba Borges.
Quizá repitiendo de memoria páginas enteras de Heine, Hölderling, Goethe o Novalis, Borges siempre mantuvo una postura decididamente combativa contra el nazismo. Estos párrafos, fechados en octubre de 1939 pocos días después del comienzo formal de la Segunda Guerra Mundial sirven de ejemplo,: “Quienes abominan de Hitler, suelen abominar también de Alemania. Mi sangre y el amor de las letras me acercan indisolublemente a Inglaterra; los años y los libros a Francia; a Alemania, una pura inclinación….Yo abomino, precisamente, de Hitler porque no comparte mi fe en el pueblo alemán; porque juzga que para desquitarse de 1918, no hay otra pedagogía que la barbarie, ni mejor estímulo que los campos de concentración… Es posible que una derrota alemana sea la ruina de Alemania; es indiscutible que su victoria sería la ruina y el envilecimiento del orbe… Espero que los años nos traerán la venturosa aniquilación de Adolf Hitler, hijo atroz de Versalles”.
El escritor Pedro Orgambide senaló no este comentario (con el que sin duda está de acuerdo, más allá de las formas), sino otro cuyo tema central era similar, pero con el mensaje muchísimo más oculto dentro de los laberintos estéticos de Borges . El trabajo de Orgambide se titula “Borges y su pensamiento político”(Poética de la política, Colihue 1998). En ese artículo Orgambide, luego de citar a Borges, cumple con lo prometido, “sin comentarios”. Escribió: “El trabajo de reflexionar, indagar, analizar un pensamiento, de confrontarlo con su contexto, con sus datos históricos y las ideologías de una época, es, para Borges, una tarea tediosa y tal vez inútil. Y esto, naturalmente, se refleja en su pensamiento político, en una suerte de filosofía sin filosofía, en un lenguaje que vacía de significación al propio pensamiento y que, por fin, lo sustituye. Copio en forma textual, sin comentarios, su reflexión acerca del nazismo, de su “Anotación al 23 de agosto de 1944 (Otras inquisiciones)”:
Ser nazi (jugar a la barbarie enérgica, jugar a ser un viking, un tártaro, un conquistador del siglo XVI, un gaucho, un piel roja) es, a la larga, una imposibilidad mental y moral. El nazismo adolece de irrealidad, como los infiernos de Erígena. Es inhabitable: los hombres pueden morir por él, mentir por él, matar y ensangrentar por él. Nadie, en la soledad central de su yo, puede anhelar que triunfe. Arriesgo esta conjetura: “Hitler quiere ser derrotado”. Hitler, de un modo ciego, colabora con los inevitables ejércitos que lo aniquilarán, como los buitres del metal y el dragón (que no debieron ignorar que eran monstruos) colaboraban, misteriosamente, con Hércules.
Lo prometido: sin comentarios”.

Entre democracias y dictaduras. De la aceptación a la crítica

El 20 de mayo de 1976 los diarios porteños publicaron en tapa una noticia hoy ampliamente conocida. La Nación, por ejemplo, tituló “Habló con escritores el presidente de la Nación”. En esa oportunidad Borges (Ernesto Sábato también había aceptado la invitación) agradeció el golpe de Estado del 24 de marzo, “que sacó al país de la ignominia y le manifesté mi simpatía (a Videla) por haber enfrentado la responsabilidad del Gobierno. Yo que nunca he sabido gobernar mi vida, menos podría gobernar el país”.
Tiempo después, el 28 de septiembre de 1980, desde las páginas de Clarín, minimizó éste y algún otro encuentro: “Vi al presidente argentino un par de veces, traté de hablar mal de Perón, para comenzar, y en seguida se tapó la conversación”. Borges se encontraba en Francia como invitado de honor del Festival de Cine Iberoamericano que se desarrollaba en Biarritz y en ese mismo artículo se manifestó contrario a la violencia, reivindicó su especial anarquismo, abominó una vez más del fascismo y del comunismo y entre otras consideraciones agregó, “quizá, porque tengo 81 años se me ve como a un viejo reaccionario”. Para él, el pueblo argentino carecía de esperanzas y perspectivas y la fuerza de los militares para gobernar residía “en la resignación y el escepticismo y un gobierno no puede basarse en la resignación para conducir un país”. Dijo además no aceptar la detención clandestina de presos políticos y explicó que la Junta Militar había reemplazado un terrorismo por otro.
En ese contexto, Borges había firmado la primera solicitada publicada por Clarín el 12 de agosto de 1980 (la primera en cualquier diario argentino durante los años de plomo fue en La Prensa el 5 de octubre de 1977), pidiendo por el destino de los ciudadanos desaparecidos. Junto a él estamparon su nombre, entre otros, Ernesto Sábato, Adolfo Pérez Esquivel, Raúl Alfonsín, Adolfo Bioy Casares, Hermenegildo Sábat, César Luis Menotti, Carlos Saúl Menem o Miguel Hesayne. En varias oportunidades retomó la idea de que en la Argentina se había pasado de “un terrorismo sonoro a un terrorismo clandestino” y en un reportaje que le realizara Roberto Alifano (Clarín, 10 de abril de 1981) declaró que era necesario que el gobierno publicase las listas con los nombres de los desaparecidos, “pero eso no va a suceder. Hacer eso es declararse culpable”. Para Borges, además, el término “desaparecidos” no era más que un eufemismo utilizado por las juntas militares “para no decir qué han hecho con ellos”. Más tarde añadiría, “es triste pensar que nuestro destino individual está en manos de estos señores, que son los que tienen las armas”.
En 1978, el conflicto con Chile por el Canal de Beagle era un tema corriente en los diarios de la época. Borges se había opuesto a una guerra entre argentinos y chilenos, y se había referido a esa posibilidad calificándola de “insensatez” o de “crimen”. El erudito periodista Manfred Schönfled publicó un artículo en La Prensa titulado, precisamente, “Borges y el crimen de la guerra”, bajo una volanta que decía “La carga de Junín en su sangre”. En él recogía el guante de las opiniones del escritor y afirmaba, que “su libertad de criterio (la de Borges), aún cuando lo conduzca hacia actitudes opuestas a lo que se juzgue como el sentir colectivo de su país y el de sus compatriotas, merece siempre un respeto especial. Somos muchos pero tenemos a un Jorge Luis Borges”. En la nota Schönfeld comenta la biografía y la obra del poeta, en la que “la guerra, el coraje y la crueldad que llega a un nivel de soberbia demoníaca, acompañan al lector de Borges con retumbantes pulsaciones nietzscheanas”. El periodista coincide en no hacer apología de la guerra, pero advierte que “con semejantes antecedentes, el hombre que es en la actualidad la figura prócer de la vida intelectual argentina no debería asombrarse – ni aterrarse – ante el hecho de que se hable de guerra como de una posibilidad”.
Borges respondió unos días después desde las mismas páginas, con una nota que los editores del diario incluyeron en la sección de lo que ahora se llamaría “opinión”. Observa que “es común y a veces necesario tener que defenderse de un agresor, mi curioso destino quiere ahora que me defienda de un defensor”. Dice luego: “En el caso de la Guerra de los Seis Días, por ejemplo, creo que los israelitas tenían razón al defender su país, no así los egipcios y los árabes, que fueron arrastrados a la batalla por la radiotelefonía y los demagogos. En lo que se refiere a la Guerra de la Independencia, en la que fuimos compañeros de armas chilenos y argentinos, entiendo que no hay motivo para avergonzarnos de las jornadas de Chacabuco y Maipú. Yo afirmé que la guerra que nos amenaza sería una insensatez y un crimen, no que todas las guerras lo sean. En cuanto al copioso arsenal que ha coleccionado a lo largo de una obra de medio siglo el autor del artículo, básteme aclarar que no me identifico con esos argumentos. No he exaltado el “sórdido cuchillo” (el adjetivo es mío) de Juan Muraña; mis milongas de orilleros no son didácticas. No soy ninguno de los hermanos Nielsen de La intrusa. Acusarme de ello sería como acusar de piratería en alta mar a Robert Louis Stevenson, cuyas hermosas páginas abundan en bucaneros”.
Schönfeld se había preguntado, “¿si algún día, en un punto de una frontera que preferimos no precisar, un soldado argentino que quizá no haya leído el Poema Conjetural sintiese un ¨íntimo bayonetazo¨ en su garganta, diría Jorge Luis Borges que la guerra es un crimen, o dirá que ese soldado se ha encontrado con su ¨destino sudamericano¨?”. Borges respondió: “Precisamente si me opongo a una guerra es para salvar a ese joven, argentino o chileno (los hombres no se miden en mapas), de la bayoneta que el señor Schönfeld agrega a su ya considerable panoplia”.

Rumbo a la eternidad

Borges recibió innumerables premios, condecoraciones y doctorados a lo largo de su vida. Lo que jamás obtuvo, en su carácter de postulante eterno, fue el Premio Nobel de Literatura. La causa no habrá que buscarla en los mayores o menores méritos literarios que pudiera haber tenido; ocurre que en 1976, casi en forma paralela al último golpe de Estado que asoló a la Argentina, Borges recibió una condecoración en Chile de manos del dictador Augusto Pinochet, imagen que recorrió el mundo -Suecia incluida -, que le valió más de una crítica y que lo alejó definitivamente de tal galardón.

En 1982, año de la Guerra de las Malvinas, Borges tampoco ganó el Nobel, que fue a parar a las buenas manos del colombiano Gabriel García Márquez, detalle que no anuló su capacidad para razonar. Señalaba a la ruina económica, la desocupación, el hambre, la violencia, el insensato nacionalismo y “la casi general ausencia de ética”, como los males que abrumaban a la Patria. Percibía, entre filosófico y cansado, que se habían confundido ciertas cosas: “Una, el derecho de un Estado sobre tal o cual territorio; otra, la invasión de ese territorio. La primera es de orden jurídico; la segunda es un hecho físico. Se ha invocado el derecho internacional para justificar un acto que es contrario a todo derecho. Esa transparente falacia, que no llega a ser un sofisma, tiene la culpa de la muerte de un indefinido número de hombres, que fueron enviados a morir o, lo que es mucho peor, a matar. No es menos raro el hecho de que se hable siempre del territorio y no de los habitantes, como si la nieve y la arena fueran más reales que los seres humanos. Los isleños no fueron interrogados; no lo fueron tampoco veintitantos millones de argentinos”.
Igual que si se tratase de un cíclica partida de tute, a veces jugaba “a menos”. Como cuando dijo, “me sé del todo indigno de opinión en materia política”, a lo que agregó que descreía de la democracia, “ese curioso abuso de la estadística”. Volvió sobre ese argumento a fines de noviembre de 1983, después del triunfo de Raúl Alfonsín en las elecciones generales, el que en su carácter de antiperonista lo debe haber transformado en un hombre feliz. En un encuentro con el presidente electo, de acuerdo a lo que reporta La Nación, Borges afirmó: “Yo descreí de la democracia, creí que era un caos. Pero ese caos ha demostrado, el 30 de octubre, su voluntad de ser un cosmos. Ahora tenemos derecho a la esperanza. Mejor dicho: tenemos el deber de la esperanza. Pero esa esperanza no debe ser impaciente, quizá serán precisos muchos años. Pero seguramente lo que fue una agonía será también una resurrección”.
Felix Luna en “Yrigoyen” (editorial de Belgrano, 1981), cita una estrofa escrita por Borges en “Muertes de Buenos Aires“:

“Radicales los que me oyen
del auditorio presente,
el futuro presidente
es el dotor Yrigoyen…”

Borges, alguna vez, fue más que un tímido militante radical, postura que abandonó poco antes del 6 de septiembre de 1930, cuando se transformó en un partidario del futuro primer golpe de Estado, a cargo del general José Felix Uriburu. Apunta Luna al respecto: “Meses antes, (del segundo gobierno de Yrigoyen, 1928-1930) un grupo de colaboradores de la revista literaria Martín Fierro, entre los cuales estaban Macedonio Fernández, Jorge Luis Borges, Leopoldo Marechal, Francisco Luis Bernardes, Nicolás Olivari, Emilio Suárez Calímano, Carlos Mastronardi, Ulises Petit de Murat y otros, habían solicitado a la dirección que embanderara la revista dentro de la corriente irigoyenista: a estos jóvenes escritores, expresión de un momento de inigualado brillo en las letras argentinas, les seducía el estilo nacionalista y afirmativo del caudillo y su republicana sobriedad. Nunca lo habían visto la mayoría de ellos, ni hicieron nada por entrevistarlo. Lo admiraban de lejos, desinteresadamente, sin esperar nada de su adhesión. La actitud de estos escritores trajo como consecuencia la definitiva desaparición de Martín Fierro. Así era la candidatura de Yrigoyen: suscitadora de polémicas y luchas, una cosa viva, palpitante, definitoria…”
Fue anarquista, comunista, radical, opositor acérrimo del nazismo, se afilió al partido conservador (“…es la forma más actual del escepticismo”), antiperonista. Prologó el primer texto de Arturo Jauretche, El paso de los libres, y “después se hizo peronista y no lo vi más”. Admiró el valor del Sargento Cruz cuando se pasó del lado de Martín Fierro y afirmó que el Che Guevara había sido “partidario de un tirano”. Pablo Neruda le parecía “un excelente poeta pero un mal hombre”, sólo porque el chileno era miembro del Partido Comunista.
El poeta Juan Gelman en su artículo titulado Borges o el valor (Página 12, 1993, luego reunido en Prosa de Prensa, Ediciones B, 1997) decía que “a diferencia de otros intelectuales que nunca supieron reconocer sus agachadas frente a la dictadura militar Borges reconoció sus errores… (habla Borges) “Sí, mucha gente me ha acusado de no estar al día. Pero, ¿qué podía hacer yo? Vivo solo, no conozco mucha gente, no leo los diarios. Sólo escucho lo que mis amigos me dicen y ellos pertenecen a otra clase. Pero ahora claro que sé sobre toda esa miseria y todos esos crímenes, uno detrás del otro. Es por eso que no hablé antes. “Ignorancia, querida señora, mera ignorancia”, como decía el doctor Johnson. Ahora creo que sé más y me siento triste, amando como amo a mi país”.

Gelman también hace referencia a ciertos comentarios que muchos intelectuales y escritores argentinos profierieron contra Julio Cortázar, cuando éste murió en 1984 (“se dedicaron a ningunear al fallecido por sus posiciones de izquierda y procubanas. Como Ernesto Sábato, que dedicó la mayor parte de sus disquisiciones a explicar que no pensaba como el muerto”).

Días más tarde habló Borges, escribe Gelman , “quien se declaraba honrado de haber publicado el primer texto de Cortázar que vió la luz -“Casa Tomada”- y que en un breve párrafo final (aplicable al propio Borges) aludía al contexto: ¨Julio Cortázar ha sido condenado, o aprobado, por sus opiniones políticas. Fuera de la ética, entiendo que las opiniones políticas de un hombre suelen ser superficiales y efímeras¨. Así responde la grandeza a la mezquindad, y a la cobardía, el valor verdadero”. Acaso habrá que estar de acuerdo con Gelman y con el propio Borges, que después de todo no será más que un poeta. Un extraordinario poeta.


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Nota publicada el 5-4-2001