Kill Bill 2

0
10

El cambio estilístico y la preocupación por la estética se mantienen en Kill Bill 2 como sello indeleble de la filmografía tarantinesca. Aunque parecería que cada vez la búsqueda se hace más ecléctica, volviendo a las de películas de Quentin de ardua inteligibilidad formal, sin mayores intenciones de coherencias significantes, consiguiendo u un todo mixturado, convirtiéndose en especies de viajes mutisensoriales.Por Sebastián Russo

Ya podés conseguir el DVD de Kill Bill Volumen I en la tienda de Leedor

Y Bill muere (de muerte absurda, como siguen siendo las muertes tarantinescas). Absurdas también fueron las intenciones de esperar en esta segunda parte algo que no haya sido ya sugerido (mostrado crudamente) en la primera parte: Bill moriría (o al menos se intentaría que así fuese). El mismo afiche con que ésta última parte se promociona, muestra sin pudor un papel con una lista de nombres atravesado por una espada, con los dos primeros nombres tachados (ya asesinados en la primer parte), y tres más, concluyendo con Bill. Si quedaban peregrinas dudas de la intenciones de dar muerte a Bill, el mismo afiche promocional empieza a desvanecerlas. Sin olvidar, claro, el nombre mismo de este bifásico film: un traducido, cristalino, “Matar a Bill“. Y es el propio suceder de las acciones el que conduce a ese ineluctable destino explicitado de forma desesperadamente esperable. Una absoluta claridad argumental que burla las intrincadas tramas pergeñadas por desesperados guionistas y directores tras la película perfecta. Una ausencia de intriga solo aparente que se traslada del tópico central (Bill, su esperada muerte, el minuto después de su muerte) a aspectos complementarios, de acostumbrado segundo plano. Tarantino vuelve a explicitar así, su particular interés en la construcción de films donde lo que menos importe sea la historia a narrar (no dejando de narrarla, no olvidándose tampoco de ella Â?error común en jóvenes émulos, que solo se preocupan por la estética-), siendo los climas, los momentos creados, desde sus propias texturas, matices, los que irán constituyendo el universo a componer, a transmitir.

Y Bill es David Carradine (el que le otorga prestancia, y madura seducción, a un Bill que circula con tanta serenidad y elegancia como cuando Carradine protagonizaba Kung Fu). Los que lo anteceden en la lista a asesinar elaborada por La Novia (Uma Thurman) son Michael Madsen (en su habitual papel de renegado de voz ronca, cerveza -cuanto menos- en mano, y ese gesto previo a emitir palabras previendo que algo de lo que va a decir al interlocutor no le va a agradar nada, unos segundos de gesto y silencio que auguran lo peor �solo para su interlocutor, para nosotros, en cambio, sádicos empedernidos, lo mejor-) y Darryl Hannah (bella, muy, tanto como el grado de sanguinariedad de su personaje, protagonizando una pelea con La Novia en una casilla rodante de antología, de una violencia y sensualidad -en palabras del mismo Tarantino- excitante) Y qué decir, no dicho, de Uma Thurman (la chica Tarantino) en su papel de La Novia: que quizás sea difícil imaginar otra Novia que no sea ella, con su mezcla de físico entre desgarbado y esbelto, de belleza extravagante, y gesto a la vez apacible y feroz.

El cambio estilístico y la preocupación por la estética (incluyendo las ya clásicas y esperadas bandas de sonido) se mantienen en Kill Bill 2 como sello indeleble de la filmografía tarantinesca. Aunque parecería que cada vez la búsqueda (y la suma de estéticas finalmente engendrada) se vuelve más ecléctica, volviendo a las de películas de Quentin de ardua inteligibilidad formal, sin mayores intenciones de coherencias significantes, consiguiendo un todo mixturado, convirtiéndose en especies de viajes mutisensoriales.

Es interesante el recurso narrativo del uso del paréntesis en el cine de Tarantino, y que especialmente se utiliza en Kill Bill 2. Por ejemplo: hay una escena en que entierran viva a La Novia, y en el momento que ella está desesperada tratando de escapar (se presumiría, inútilmente) se abre un paréntesis que dura unos quince o veinte minutos, en el que se muestra el arduo estudio de artes marciales que La Novia realizó años atrás con un sabio chino autoritario, para luego volver a la escena del cajón, y ya sabiendo de las habilidades sobrehumanas que tal preparación le otorgó, mostrar la escapatoria de La Novia de su casi tumba.

Tal recurso del uso de paréntesis, el cual parecería más literario que cinematográfico, ya que produce una ruptura en la dinámica narrativa, que un film de dos horas soporta menos que una novela de trescientas paginas y días de lectura, no solo es usado por Tarantino, sino que lo hace de forma indiscriminada, y más aun, lo utiliza para relatar hechos que no suman significación a la historia a narrar, saltos temporales que solo parecen ser excusas para poder jugar estilísticamente en escenas desligadas del contexto al que supuestamente intentan echar luz. Tal uso Â?indebidoÂ? del paréntesis, solo sería sancionable, si imaginamos estructuras narrativas prototípicas (aunque ya Tarantino haya no solo creado y reproducido un propio prototipo -llamémosle estilo-, sino que es modelo de hordas de nuevos directores) Pero esto es inaplicable a Quentin Tarantino el cual solo parece abrir paréntesis con el afán de complejizar (principalmente en el carácter estético) sus films, lejos del fin “aclaratorio” y “develador” de un paréntesis hecho y derecho.

Y Kill Bill tiene final feliz: Uma Thurman (luego de matar, claro, a Bill) con su hija (sí, una hija, con Bill, preciosa, salió a ella), manejando auto descapotable por carretera, con pelos al viento. Una escena inesperada, ridícula, cursi, lugar común de película main stream: la última travesura de Quentin, y funciona (sigue funcionando)

Publicada el 29-4-2004