Tocando el cielo

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Filmada durante cuatro años Tocando el cielo es una obra de envidiable tesón, sublimada belleza e inteligente composición, relato fluido y bastante soportable, pero no deja de ser un documental sobre pájaros. Pájaros, pájaros, y un poco más de pájaros…

Por Sebastian Russo

Nominada Oscar Award por Mejor Documental (2003)
Ganadora Cesar Awards por Mejor Edición (2002)
Nominada Cesar Awards por Mejor Opera Prima (2002)
Nominada al Goya por Mejor Película Documental (2003)

Este premiado y multinominado documental trata fundamentalmente de la migración de pájaros, y de las distintas maneras en que esta instancia se lleva a cabo en los más diversos tipos de aves. La característica que posee, la cual lo hace estrenable en cines comerciales, es una magnífica (faraónica) filmación de tales viajes migratorios, sumada a una estratégica edición. Una cantidad enorme de camarógrafos y asistentes de todo tipo, que junto a una flotilla de aeronaves (desde planeadores a helicópteros y globos de aire), y al ingenio y recursos técnicos para filmar a las aves en pleno vuelo (a su lado), hacen de Tocando el cielo, filmada durante cuatro años recorriendo los puntos más lejanos del planeta tierra, una obra de envidiable tesón, sublimada belleza e inteligente composición (logrando ésta, un relato fluido y bastante soportable, tratándose de un documental sobre animales de una hora y media de duración, sin cortes publicitarios)

Digámoslo de otra forma (menos estilizada): es aplaudible el empeño, y lo bastante atractivo del resultado final, pero no deja de ser un documental sobre pájaros. Y estos pueden ser muy divertidos, y las escenas ser verdaderamente deslumbrantes en audacia, originalidad, y belleza, pero es cine, y se espera (yo espero) ver otras cosas. Incluso, repito, puede reconocérsele el excelente trabajo de edición efectuado, logrando generar algún tipo de narración con algo de interés durante el tiempo que el documental dura. Pero así como el “paraíso es efímero”, según el locutor dice en referencia a la llegada de las aves al clima tropical africano y su ineluctable y pronta partida, la simpatía que las aves pueden despertar también es efímera (no más allá de un par de decenas de minutos)

Se relata el viaje, los extensos recorridos que las aves deben hacer en su esfuerzo por sobrevivir. Rescata la epopeya del vivir. Epopeyas casi invisibles a los ojos humanos, pero que sin embargo suceden sobre sus mismas cabezas, surcando cielos. Epopeyas que llevadas a cabo por animales resultan siempre tiernas, emocionantes, pedagógicas, ante el indignante accionar humano ecológicamente degradante. Y de repente se me presenta el espectador prototípico al que le atraen este tipo de films (también abonado al Animal Planet, claro): individuo que ama a los animales, debido a su simpleza, fidelidad, su ausencia de crueldad (razones antonímicas por las que detesta a los humanos: complejidad, rebeldía, malicia) Ellos (los animales) una vez domesticados acatan ordenes, son controlables, y sobre todo, nunca subvierten las normas interiorizadas (conductas que los seres humanos en su accionar impío han degenerado)

No deseo ser lineal, ni repetitivo, pero hay dos situaciones más en donde este desfasaje tan común entre el amor a los animalitos y el descontento ante el actuar fuera de los cánones de aquellos humanos que han dado el mal paso se denota, se devela -digamos- risueñamente: la primera, el locutor dice “No queda alimento, hora de partir”, idea que liga estrechamente supervivencia y viaje, ligazón que parece tener validez “moral” solo en aves, no en humanos que migran como pueden, no siempre pudiendo cumplir con los requisitos legales, casi siempre escaso de la divisa correspondiente, con el mismo (mínimo) objetivo de sobrevivir. La segunda: el locutor dice “El fin de la odisea es en el paraíso tropical: África”, precisamente el continente menos paradisíaco, estadísticas de calidad de vida (humana) en mano, de hambrunas y epidemias varias. Debe ser que los humanos que allí viven no son lo suficientemente aptos para sobrevivir (no vuelan), según reza la tesis liberal en la que todos tenemos las mismas oportunidades (la mismas libertades: todos nacimos sanitos), por lo que a los que les va mal no es por otra razón que por inaptitud, vagancia, etc.

Tocando el cielo, más allá de esta abruptas disquisiciones (que surgieron en mi, de aburrido nomás, al minuto 50 de ver pájaros, y pájaros, y pájaros…), es un film que les gustará a niños y a aquellos personajes que intenté delinear (geométrica, burdamente -pero que los hay, los hay-). Más allá de un atractivo concreto que sí poseen, repito, por última vez, sus bellísimas imágenes, las simpáticas escenas de pájaros que “ríen, hablan, luchan”, y la extraordinaria factura técnica de un equipo colosal de personas dedicadas a mostrar pájaros.

Nota publicada en Leedor el 24-4-2004