Arte moderno y su espacio

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La estética del vacío tiende a contradecir su puesta en escena, pues no hay nada que deba ser representado. La incertidumbre instala el escenario, sucesiva y alternativamente sitio para símbolos caídos, lugar del naufragio, espejo crepuscular de nuestros ojos sin mirada. El Museo de Arte Moderno de Buenos Aires parece ser un buen ejemplo de esta paradoja. Sobre todo en este nuevo milenio, en que lo paradójico alcanzó categoría de paradigmaLa obra moderna y su espacio

Por Guillermo Bogani

¿Cómo pensar un espacio que muchas veces sucederá sólo para ser deshabitado? ¿Qué clase de lugar, con qué características, será aquel que exhiba -sin confirmar ni desmentir- la fractura del cuerpo artístico posmoderno?

La estética del vacío tiende a contradecir su puesta en escena, pues no hay nada que deba ser representado. La incertidumbre instala el escenario, que será sucesiva y alternativamente, sitio para símbolos caídos, lugar del naufragio, espejo crepuscular de nuestros ojos sin mirada.

El MAMBA (Museo de Arte Moderno de Buenos Aires) parece ser un buen ejemplo de esta paradoja. Sobre todo en este nuevo milenio, en que lo paradójico alcanzó categoría de paradigma.

Creado (re-creado) sobre los restos de lo que fuera alguna vez una fábrica de cigarrillos; sólo su fachada, cáscara, envase, apariencia de ser, fue mantenida.
La desilusión posmoderna también es un producto y como tal debe ser vendido, puesto en la góndola urbana con el más adecuado packaging.

En el caso que nos ocupa, Un acto de intensidad, video instalación de Ar Detroy, el espacio cedido supo ser cómplice e interlocutor.

Ridley Scott no hubiese desdeñado ese ámbito fantasma. Sus replicantes de Blade Runner deambulaban por circuitos tecnológicos muy similares al del Mamba.
La arquitectura como rastro es casi arqueología pues el entorno -y el sitio- es ruina.
Retomando el film de R. Scott, sus personajes eran la expresión más acabada de “lo sublime tecnológico”, pero la conciencia de su fin, lo inevitable de la muerte, les concedía condición de humanidad, y por lo tanto, de finitud.

Es entonces cuando adquirir sentido se torna tarea. Siempre es sobre el sí mismo donde se proyecta la pregunta. Cuando la condición de prótesis se descubre y se reconocen máscara de otra máscara, sabrán con dolor, que lo único infinitamente humano es el anhelo de infinito.

Criaturas similares -de pulso eléctrico y días contados- aparecen, desaparecen y reaparecen en las pantallas. No importa si durante minutos u horas su transcurrir es para nadie. La posmodernidad legitima esta esgrima en el vacío. Neutro absoluto. Así es la “sala” posmoderna, el quirófano que expone nuestra orfandad. Estamos tan sin Dios… Tanto, que inventamos sketches posmodernos para poder gritarle a Dios (quienquiera sea) que por favor exista; que el ansia no se nos muere y sucedemos en un terreno incierto y opaco. La gran bestia pop de los 60´ sigue brillando, en buena parte, para que algo ilumine este desamparo.

Si Dios no existe, todo es posible, ya fue dicho. Dicho y hecho carne. Carne quirúrgica. Carne inmolada sin afán. Carne pre paga. Carne Orland multimediatizada y expandida.

Y sin embargo sofocamos el grito. La boca es otra caverna deshabitada -esta vez- por la palabra. ¿Dónde reverberará ese grito que parece haber nacido muerto? ¿Qué lugar guardará su eco si aquello que produce sonido es el silencio? ¿Cuál será la lógica que soporte el peso de haber deificado la tecnología?

Un museo de arte moderno en el siglo XXI pareciera estar casi obligado a ser una caja vacía -neutra- subdivisible, hecha a propósito para cualquier otro propósito. Le suponemos una injerencia ínfima sobre lo expuesto, o mejor, una injerencia susceptible de ser regulada por el artista o curador.

Sería ingenuo suponer que un “site” de estas características no revele intención ni postule ideología alguna. Omitir opinión suele ser una de las más rotundas formas de opinar. A pesar de que efectivamente “se ha producido un cambio cualitativo enorme en las operaciones simbólicas”, el anhelo sigue siendo conmovedoramente humano. El ansia (igual que la rosa de Borges) es sin por qué.

La condición posmoderna y sus emblemas, íconos e instituciones son circunstancia. Encrucijada dolorosa pero coyuntural.

Haría falta otro acto de intensidad para volver a entender que la existencia misma es el milagro que lo posmoderno niega.

El absurdo y la inutilidad de cualquier utopía son el señuelo. Frente a ello, es lícito -y urgente- seguir confiando en que Sísifo era feliz.

Publicada en Leedor el 14-02-02

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