Crítica a la crítica

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La crítica de la película argentina Conversaciones con Mamá publicada en Clarín el día jueves 15 de abril provocó la reacción de Alejandro Margulis para quien “Si un crítico no puede leer lo que un creador ha querido hacer no está ejerciendo la crítica sino una forma mendaz del ejercicio de poder.” ABUSOS VERBALES

por Alejandro Margulis

El día jueves 15 de abril leí una crítica a la película Conversaciones con mamá firmada en Clarín por Aníbal Vinelli. Compelido tal vez por el que presumo poco tiempo para evaluar objetivamente un trabajo de tono muy diferente al que su gusto se ha habituado, Vinelli despachó su opinión negativa en unas breves líneas que terminaron considerando que la película fue “fallida”.

No soy crítico de cine sino escritor, de modo que no pretendo desandar el camino de mis emociones para desentrañar porqué además de considerarla así la calificó, quién sabe apresuradamente, con un “regular”. A mí que hace bastante tiempo dejaron de conmoverme las historias que confunden estridencia con profundidad, a mí que ya casi no me engañan los personajes rimbombantes del cine que se premia en Hollywood, la película me gustó mucho. Su historia me resultó verdadera y cercana. Su lenguaje es el de la sobriedad; su tiempo, el de la contemplación sin ansiedades. No padecí golpes bajos ni me sobresaltó con cosas imposibles de creer. Todo lo contrario. Vi, oí, sentí una película de acá hablada como habla la gente de acá, en espacios de acá y con caras de acá. Y diría más: una película que por sobre todo estaba muy bien contada. Quien la escribió, pensé desde mi humilde experiencia, supo narrar una historia que le salió redonda (y hasta me dio un poquito de envidia que lo hiciera tan bien).

Ahora, y más allá de esta diferencia de gusto mía con un profesional del desguace como parece ser Vinelli, lo que entreveo peor no es que pensemos diferente sino que el crítico no haya cumplido con la que debería ser la primera regla de un líder de opinión que se precie de tal: partir del proyecto de escritura de un autor (en este caso, un director) y no del suyo propio. A mi criterio, sólo después de reconocer la intención de la obra del otro es desde donde cabe señalar los puntos flacos o las incoherencias en el resultado final. Si un crítico no puede leer lo que un creador ha querido hacer no está ejerciendo la crítica sino una forma mendaz del ejercicio de poder. Mucho más cuando lo que dice cuenta con la plataforma de cientos de miles de ejemplares que le concede el periodismo masivo. Y cuyas consecuencias pueden ser funestas en países como el nuestro donde el cine de bajo presupuesto no cuenta, precisamente, con anticuerpos como para defenderse de los abusos verbales.

Quisiera decir por último qué fue lo que me motivó a escribir estas líneas.

Lo que me motivó fue haber asistido, junto a novecientas personas, a la avant premiere de esa película, que se hizo en el cine Gaumont el día lunes. Antes de la proyección su actriz principal y protagonista, China Zorrilla, explicó al público lo contenta que se había sentido por actuar un guión que ni siquiera había tenido que estudiar, tan bien escritos estaban los parlamentos de su personaje: ante cada situación, en cada pequeño conflicto por el que su criatura iba pasando, el guionista (que en este caso coincide haber sido también el director, Carlos Santiago Oves) había puesto las palabras exactas en su boca, las mismas que ella, la persona detrás de la actriz, sintió que hubiera dicho en las mismas circunstancias. Muy pocas veces en su vida, dijo, un actor tiene una suerte así.

Pero el crítico no pensó lo mismo y firmó con su nombre y apellido que los actores habían tenido que salvar con su oficio un texto insustancial. Me parece que se equivocó.

Publicado el 17-4-2004