Monster

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Subyuga la interpretación de Theron. Su representación de una asesina serial norteamericana de infancia traumada, lesbiana, violenta y de puteada a flor de piel, es excelente, sobre todo si se tiene en cuenta su delicioso aspecto físico desfigurado de manera asombrosa. Monster es, casi exclusivamente, la actuación de Theron. Ella hace del monstruo citado, y en ese hacer (lograr) se encuentra la clave del film (y
su defecto).
Monstruosa Theron

Por Sebastián Russo

Su actuación en Monster le otorgó a Charlize Theron premiaciones en cuanto festival se presentó, incluyendo el Globo de Oro, el Oscar y el Oso de Berlín. Resulta(me) difícil intentar analizar la película de Patty Jenkins (su ópera prima), sin hacer (primer) foco en la subyugante interpretación de Theron. Su representación de una asesina serial norteamericana (tópico venerado por el morbo yanqui medio), de infancia traumada, lesbiana, violenta y de puteada a flor de piel, es tan excelente en cuanto se la compare con otras de sus actuaciones, y sobre todo teniendo en cuenta su delicioso aspecto físico de civil (fuera de los sets de filmación) desfigurado aquí -por su trabajo actoral- de manera asombrosa. De femme fatal en La maldición del escorpión de Jade (Woody Allen) compone en Monster a un ser tan siniestro como apasionado e incondicional con su pareja, tan desagradable exteriormente como tierno y frágil.

Y la transformación que logra, desde su belleza innata a esa criatura tenebrosa, es generada, y ahí su más aplaudible lauro, casi exclusivamente por su postura corporal, sus gestos, en suma su actitud (más allá de algunos retoques de maquillaje). Su composición se construye de miradas, de una particular forma de pararse, de pequeños tics, los que conforman una subjetividad compleja, que fácilmente podría haberse intentado engendrar desde el estereotipo, evitado sutil, magistralmente por Charlize Theron.

Pero Monster es más que una especie de portfolio para castings que Theron utilizará para buscar próximos trabajos. Es un film que dice basarse (lo recalcan, lo enfatizan los títulos iniciales) en una historia real. La historia real sería la de una tal Aileen Carol Wuornos, considerada la primer mujer asesina en serie de EEUU, ejecutada en el 2002 (y que vendió poco antes de morir los derechos cinematográficos de su historia de vida -y muerte-) Empieza Monster y se lee: basada en un hecho real. Y algo de operación comercial comienza a explicitarse. Ya que siempre las historias narradas están basadas en la realidad, de lo contrario no poseerían ningún tipo de interés, serian incomprensibles para el espectador medio (y si hablamos de cine comercial, hablamos de espectador medio).

Algún contacto con lo real cualquier historia debe tener, como regla indiscutible y primaria de cualquier narración, para generar interés. Lo que parece intentarse en Monster, recalcando su extracción “real”, es generar compasión, odio, repulsión, o sea apelar al sentimiento desde un supuesto mayor impacto generado por su realidad (por su “esto pasó, no es joda”). Por otro lado, el “basado en un hecho real” también permitiría personalizar la historia, evitando que el espectador medio se sienta algo identificado con las zonas oscuras del cerebro perturbado del monstruo, y salga aterrorizado de la sala descubriéndose no tan lejos de aquel.

Algo parecido podría decirse del título mismo del film (Monstruo) y el subtítulo con el que se estrenó en Argentina: “Asesina serial“. Ambas, formas demasiado groseras, demasiado explícitas de generar impacto inmediato, comprensión instantánea, en el potencial espectador. No más que habituales estrategias comerciales (las cuales hubiera sido propicio volverlas menos visibles, más estratégicas).

Y hay una historia, y la justificación de la misma: una asesina serial, que fue abusada cuando niña (y el tópico -el género cinematográfico- resplandece en toda su obviedad). Una asesina serial al límite de sus límites ya laxos. Pero siempre el destino juega su carta inesperada (para regocijo de producciones pro Hollywood), y en un bar de motoqueros, la conoce a ella (Christina Ricci, curiosamente insípida, opacada por Theron) .De la pasión, pasan al tener que sobrevivir (económica, sentimentalmente) juntas. Y las cosas comienzan a complicarse, y la asesina, se convierte en serial. Mata a uno, y de ahí, del segundo y el tercero solo la separa el transcurrir del tiempo, el primer paso hacia la locura ya fue dado.

Entre el primer muerto y el segundo, o sea entre ser una simple homicida, y una asesina en serie, ocurren acontecimientos (tangibles, y en su cabeza) destacables: se decide, por ejemplo, a dejar su vida de prostituta y buscar trabajo “limpio”. Así concurre a unas entrevistas laborales, que culminan con el esperado rechazo, y una nueva carga de frustración y resentimiento. Otro ejemplo lo constituye su intento de vivir una vida “normal” de pareja con su nueva novia, y como esto es impedido por el chisme, la intolerancia, el comentario discriminatorio, que confluyen en dificultar su ya difícil existencia. Ejemplos estos que, sin la intentona recurrente de justificar acciones del presente por conflictos infantiles, muestran el cinismo y la hipocresía de una sociedad que separa y elimina justamente a los individuos más indefensos, más vulnerables, en pos de una aparente autorregulación. Sujetos necesitados, anhelantes de contención, ayuda, son excluidos, apartados, ignorados, provocando (acelerando) su caída.

Hablé de la actuación de Charlize Theron, de su deslumbrante caracterización, y dije que es imposible hablar de Monster sin comentar en primera instancia la representación actoral de Theron. Me retracto: Monster es, casi exclusivamente (no solo en primera instancia), la actuación de Theron. Ella hace del monstruo citado, y en ese hacer (lograr) se encuentra la clave del film (y su defecto)

Publicada en Leedor el 13-4-2004