Starsky y Hutch

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A la hora de traspasar series de la TV al cine hay resultados diversos. Están la fabulosa Los intocables de Brian de Palma y está la insufrible Wild Wild West, con Will Smith. Leo Oyola nos explica por qué Starsky y Hutch que se acaba de estrenar en Buenos Aires, está más cerca de la primera que de la segunda.Sweet Emotion
Por Leo A. Oyola

Brian De Palma, Richard Donner y Andrew Davis -hasta el estreno de Starsky & Hutch- eran los únicos tres directores que ostentaban la unanimidad del pulgar arriba a la hora de celebrar transposiciones exitosas –en términos cinematográficos y taquilleros- de aquellas series que desde la pantalla chica supieron ganar millones de adeptos en todo el planeta. Nostalgia, sobre todo, y múltiples asociaciones particulares son las que impulsan mediante anhelos de la masa a esta especie de subgénero al que Hollywood ha sabido sacarle el rédito con la misma –la única- fórmula enarbolada como máxima no negociable: la del fast food que tiene que engrosar los activos en las cuentas de los estudios por sobre toda las cosas. Es así como llegan año tras año a la pantalla grande, provenientes del túnel del tiempo de décadas pasadas, títulos a los que se pretende agiornar al presente con resultados francamente paupérrimos: quien haya sufrido el Wild Wild West (1999) con Will Smith y Kevin Kline o el SWAT (2003) con Samuel L. Jackson y Collin Farrel sabe de lo que se habla en estas líneas. No hace falta ser Robert Conrad o Steve Forrest para hervir de bronca. Sin embargo, los que peor han sido revisados son los cartoons, nuestros añorados dibujitos animados tan maltratados por la industria; ver sino a Los Picapiedras o Scooby Doo, y la precuela de la primera y la secuela de la segunda mencionada, si se es masoquista. Setenta veces siete es preferible, antes que lo último mencionado, la arenga en la intimidad de pegame y llamame Marta.

Pero esa es otra historia.

En lo referido a esta líneas y en particular en el caso de los realizadores citados, se sabe de la maestría de De Palma, del oficio de Donner y del ataque de habilidad de Davis. ¿Qué cómo es eso? Vamos por partes: el director de Scarface (1984) a la hora de adaptar Los Intocables (1986) derrochó talento en cada fotograma al punto de incluir en uno de sus habituales homenajes a obras maestras la escena en la estación del tren recreando uno de los momentos memorables del Acorazado Potenkin (1926) con el feroz tiroteo en el que se ve involucrado un bebé. El gran Brian repite cuando en Misión: Imposible (1996) juega con el personaje de Tom Cruise a 2001: Odisea en el Espacio (1969); aunque tanto la saga del agente Ethan Hunt como el enmascarado Antonio Banderas de La Máscara del Zorro (Martin Campbell, 1998) ambas plausibles y disfrutables, tengan poco y nada de los conceptos originales televisivos. De ahí que destaquemos arbitrariamente otros tres títulos, el segundo –más allá de la ingeniosa vuelta de tuerca final- a cargo del responsable detrás de cámara de la cuatro Arma Mortal, el Sr. Richard Donner, que asociándose una vez más a Mel Gibson desenpolva del far west a Maverick (1994), ese querible truhán tan alejado del mítico pistolero, que roba dinero, corazones femeninos y sonrisas con una precisión tan aceitada como la de Donner al sentarse en su silla. Lo que nos deja al final a un Andrew Davis de una filmografía prácticamente descartable salvo su opus de 1993: El Fugitivo, film que quién firma esta líneas, todavía no puede creer que haya sido dirigido por el mismo realizador de mamotretos como Código de Silencio (1985) o Daño Colateral (2001).

Las tres películas mencionadas tienen en común –además de la obviedad del asidero a la serie televisiva- un muy buen guión (el de Los Intocables estaba escrito ni más ni menos que por David Mamet) y un elenco atractivo en el que se lucen las estrellas (Kevin Costner, Gibson y Jodie Foster, Harrison Ford), se destacan rostros ignotos que después ganarán presencia (Andy García, Billy Bob Thorton y Alfred Molina, Joe Pantoliano) y terminan robando los secundarios (tanto Sean Connery como Tommy Lee Jones obtuvieron premios Oscars por sus interpretaciones, mientras que James Garner volvió a lucir laureles otrora marchitos). Esto sin contar la producción y los aspectos técnicos, cien por ciento impecable y verdadero ancho de espada en cualquier film del mainstream. ¿Qué por qué Starsky & Hutch merece estar en este grupo selecto? Será porque cumple con todo lo enunciado en este párrafo.

Por la honestidad de la propuesta, de la que es bienvenida la ausencia de pretensiones innecesarias. Por la recreación naif de esos setenta que desde el opening capturan el espíritu de la original. Por el timming de sus diálogos. Porque Ben Stiller y Owen Wilson serán stars pero antes que nada fueron, son y serán dos comediantes innatos, de puta madre, que en una cantidad bastante considerable de ficciones compartidas siempre coincidieron derrochando química sin repetir sus caracterizaciones. Porque Stiller, mas que copiar, saca a la perfección los movimientos del Starsky de Paul Michael Glaser, al que le agrega su marca registrada; mientras que Wilson para su Hutch sugiere aspectos que vuelven al personaje mucho más interesante que la composición de David Soul como policía sui generis. Ídem para el andar felino del Huggy Bear de Snoop Dogg y el –adrede- caricaturezco villano de Vince Vaghn. Porque aquí aparece un Will Ferrer que ya hace estragos en el país del norte, ya sea en el mítico Saturday Night Live como en una docena de bodrios donde esta desperdiciado cayendo siempre en el mote a veces despectivo y otras tanto nada más que un eufemismo de aquello de ser lo mejor de una cinta olvidable. Aquí su Big Earl, es antológico. Como Chau, el asesino coreano, y su hijo. O el duelo en la disco contra Rick el bailarín. O el interrogatorio a la rubia porrista de generosa figura como los dos bombonazos de Carmen Electra y Amy Smart relegadas a la actitud pasiva propia de estos envíos donde no se buscaba nada más que los encantos de las chicas, cero discurso feminista.

Se sabe que en el advenimiento de Fiebre del Sábado a la Noche (John Badham, 1976), lo que menos buscaron el productor Aaron Spelling y el escritor William Blinn, aunque partieran de la premisa de ver el trabajo de la división de narcóticos, fue hacer un thriller tan contundente como Contacto en Francia (William Friedkin, 1971). Y sin proponérselo, gracias a los capítulos que se emitieron desde el ’75 y hasta el ’79, patentaron un modelo que el cine después clonaría hasta el hartazgo una década más tarde, la de los ochenta, en las buddie movies, con esponentes propios como las 48 Horas de Walter Hill y la ya citada saga de Lethal Weapon. Estas, como Starsky y Hutch, en sus respectivas secuelas, fueron viradas hacia el humor dejando lo policial para lo anecdótico. Y así lo hace Phillips en su homenaje a Los Aventureros, aquella pareja despareja de detectives de Bay City que desde la pantalla del viejo canal 2 de La Plata o el Once, en nuestros país como en otras latitudes, semana tras semana deleitara a los públicos mas diversos. Esta versión cinematográfica se da el lujo de ir un poco más allá de los parámetros de aquella época, jugando con el homoerotismo, mostrando una menage a trois e incluyendo una animación durante un segmento tan hilarante como bizarro con uno de los protagonistas inmaculadamente dopado. Más el plus de las persecuciones automovilísticas, también características y todo un dechado que barre literalmente cualquier intento de sostener un verosímil.

Todd Phillips como realizador, uno hubiera estado tentado de acercarlo para el lado de Davis teniendo en cuenta su Viaje Censurado (2000). Pero después de Starsky & Hutch arrima el bochín a lo Donner. Si se sostuviera que esta a la par de De Palma, entonces la calificación sería de cinco logos de Leedor y no cuatro, y eso se debería a un exceso de entusiasmo.

Porque al film ya se lo alabó lo justo, pero también hay que destacar ciertos vicios propios como la aparición de actores cuyas carreras en decadencia los remiten a estereotipos olvidables como el Manetti de Chris Penn o la trola de Juliette Lewis, ambos, artistas que supieron dar impresionantes muestras de sus dones una década atrás, bajo las órdenes de Quentin Tarantino (Perros de la Calle) y Abel Ferrara (El Funeral), él; y Martin Scorsese (Cabo de Miedo) y Oliver Stone (Asesinos por Naturaleza), ella. Eso sin contar a Fred Williamson exportado del blackplotation para los nostálgicos afroamericanos. Phillips no se conforma con el vestuario plagado de pantalones Oxford para los muchachos y apretadísimos shorts para las chicas, el soundtrack, los peinados afro y las pose a lo Tony Madero; lookea cada fotograma con técnicas propias de esos envíos de la TV del ‘70 como los planos generales que viran a un violento extreme close up con un zoom acelerado o el congelado para subrayar las expresiones. Se le adicionan filtros a la película y se acentua el brillo en la iluminación para hacerla notar añeja a propósito e impera esa cámara nerviosa que bien supo rescatar Spike Jonze en la realización del clip Sabotage de los Bestie Boys, toda una premonición de esta cinta; en la que el gag final reúne a los viejos y nuevo Starsky & Hutch, mostrando a los primeros como aprobando lo que se ha hecho y entregando uno de los emblemas de la serie y casi un personaje excluyente: el ford torino rojo con la franja blanca, el tomate para los fans, que al ritmo de Sweet Emotion de Aerosmith roba una última alegría durante el ending.

Nota publicada en Leedor el 12-4-2004