Un motor de vida

0
6

Un retrato de Gabriel Ruiz Díaz (el bajista de Catupecu Machu): su vida, su infancia, la introversión, algunas obsesiones, la música y el cambio. El cambio como motivador, como mejorador, como motor de vida.Por Flor Codagnone

A Gabriel Ruiz Díaz le brillan los ojos cuando habla de las cosas que le gustan. Y éste no es un dato menor, son muy pocas las cosas que no le interesan.
El más chico de los Ruiz Díaz, que nació en Buenos Aires el 19 de abril de 1975, es, entre otras cosas, el bajista de Catupecu Machu, una banda que formó en 1995 junto a su hermano Fernando -cantante y guitarrista- y que se completa con Javier Herlein en batería.
Fernando tocaba la guitarra desde chico, pero fue durante un viaje a Brasil cuando descubrió que tenía un don y que debía explotarlo. Por esos años, a comienzos de la década del 90, Gabriel también empezó a tocar la guitarra (casi por imitación, ya que uno de sus amigos y con quien pasaba mucho tiempo tocaba el instrumento). Un año después vino el bajo. Así armó una banda que hacía covers. Pero fue la primera vez que tocó en vivo cuando se dio cuenta de que la música era lo suyo: “Hubo un momento, en el que estaba tocando en un show y había un pibe que estaba abajo del escenario y que sonreía de felicidad. Yo le vi los ojos y me di cuenta de que estaba haciendo feliz a alguien”. Así, en ese momento, a los 17 años, arriba del escenario renunció a la idea de ser abogado como su padre, para dedicarse a la música.
Tanto Gabriel como Fernando tienen una postura antiacadémica en lo que respecta a lo musical, casi todo lo que saben de música lo aprendieron solos. Al terminar la secundaria, Gabriel empezó a estudiar en el conservatorio de La Lucía pero las clases de instrumento se volvieron tediosas y decidió abandonar.
De su infancia recuerda a su padre cantando y escuchando a cantantes clásicos como Luciano Pavarotti y Plácido Domingo. Sin embargo, considera que la influencia más importante que les legó su padre no pasa por la música sino por la visión que les brindó de la vida: “Mi papá es una persona que siempre fue un conquistador del mundo, siempre estuvo saliendo para afuera, y, por otro lado, mi mamá es como un toro que va para adelante, pase lo que pase. Heredamos un poco de los dos y eso nos dio las herramientas”.
Durante la última dictadura militar, Gabriel era un niño y recuerda que por entonces había llegado a la casa familiar una enciclopedia Lo sé todo que estuvo seis meses sin abrir por temor a que fuera una bomba, ya que su padre “militaba en política”.
Sin embargo, a Gabriel, la política, más allá de la incidencia que tiene en la gente, le parece tan importante como el fútbol. Y el fútbol no le interesa.

Cree que la Argentina tiene un problema fundamental, que es “la falta de conciencia moral o de grupo”. Le parece que se puede generar un cambio de conciencia desde otro lado. Cuando se hace algo que rompe las reglas, de alguna manera hay una tendencia a mostrar otro camino. La política, en su opinión, expresa la parte más animal del hombre y considera que los políticos actúan como leones.

En el colegio, y según sus propias palabras, “era el inteligente del grupo de los que jodían”. Nunca necesitó estudiar, prestar atención le bastaba para retener toda la información necesaria al momento de las pruebas.
Al terminar los estudios secundarios, realizó un curso de técnico de grabación que le dio las herramientas que hoy utiliza como productor de su propia banda y de otras como Totus Toss o Cuentos Borgeanos.
Vivió con su madre Dominga y con sus hermanos en una casa del barrio porteño Villa Luro hasta el 2003. Su padre, Rubens -que falleció ese mismo año-, asesoraba legalmente a la banda. Dominga de vez en cuando presencia los shows de sus hijos y se ha convertido en una figura más de Catupecu: Se encarga de atender a los fans que llegan a su casa y de leer las cartas que le envían.
Que Catupecu Machu esté catalogada como la banda de Villa Luro es, para Gabriel, una manía de la prensa. Si bien todos los integrantes de Catupecu vivían en el barrio, le parece un lugar aleatorio; si su madre hubiera comprado una casa diez cuadras más lejos, hubiera sido lo mismo.
La investigación es un tema importante para Gabriel, casi tan fundamental como el cambio. “Yo sé que hay un montón de chicos que escuchan a Catupecu y al aceptar el cambio de Catupecu también se empezaron a permitir cambios en sí mismos. Y eso está buenísimo que pase. Las estructuras las crea el hombre en base a los nuevos avances que tuvo tanto espiritual como tecnológicamente hablando, y es necesario romperlas para volver a crearlas de una manera más perfecta”.
Podría tener un bajo mejor, o uno con más cuerdas, pero siempre le gustó la idea de que con ese bajo, que no es el mejor, puede tocar cosas imperdibles. Considera que no es el instrumento sino la persona la que hace el cambio en las cosas.
La introversión es otro de sus rasgos distintivos. Sin embargo, los que han presenciado algún show de Catupecu podrían refutarlo, y es que a través de la música Gabriel empezó a expresar muchas cosas que tenía guardadas. En el escenario se convierte, se mimetiza con la música que lo rodea y se vuelve música. Baila frenéticamente como si eso formara parte de un ritual.
Se considera una persona cerebral, demasiado racional podría decirse, tanto que a veces sus propias ideas le provocan insomnio. Dice conocer de memoria los techos de las habitaciones en las que duerme.
Los juegos en red son su vicio. Entiende que todos los hombres tienen una necesidad de anclaje, habla de Freud y de la angustia oral para explicarlo. Del mismo modo en que muchas personas necesitan del cigarrillo, él necesita de las computadoras y, además de ver en los juegos complejas ecuaciones matemáticas, encuentra en ellos la posibilidad de descargar una agresividad que si no surgiría de otros modos.
Cuando habla de arte afirma poder verlo en todas las cosas, “vos podés ser albañil y en eso hay arte también”. Todo el desarrollo de las cosas es artístico pero cree que también “hay artistas que no son artistas, que son gimnastas”. Si bien le gustaban muchas cosas, terminó optando por la música porque es algo que se puede compartir con otra gente; “para introvertido ya tenía bastante conmigo”.
Para Gabriel, la música es una representación de las imperfecciones del hombre, entre las están incluidas las ansias de perfección.

Acepta que Catupecu es una banda arrogante. Según su criterio, “el arte tiene que ser arrogante, el arte con humildad apesta. A mí no me importa si Beethoven, Mozart o Bach eran tipos copados. Beethoven era un hijo de puta pero no me importa; pongo play y escucho. Fue su arrogancia la que lo llevó a hacer otras cosas. La humildad en el arte llega casi al servilismo. El arte tiene que romper una barrera y para romper una barrera tenés que ir más allá de donde estás”.

Publicado en Leedor el 6-4-2004