Retrato de Juan José Saer

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Escenas de ficción (actuada), de realidad (fingida), con voz en off que relata textos de Saer, con el mismo Saer (haciendo de Saer) actuando. Esta mixtura, este eclecticismo formal, le otorga a Retrato de Juan Jose Saer de Rafael Filipelli, riqueza, vivacidad y franqueza. Por Sebastián Russo

Existen (encuentro) al menos dos contrapuntos que estructuran este film. Uno entre el Saer individuo (con sus conflictos internos, sus reflexiones existenciales-filosóficas) y el Saer social (de una amenidad entrañable, una desarrollada concepción del otro y una bonomía sorprendente, a contrapelo de sus apariciones fotográficas de gesto abúlico) El segundo contrapunto aparece entre el Saer escritor (apenas vislumbrado en el film desde una intermitente voz en off) y el Saer cotidiano (adorador de vinos y comidas compartidas, dialoguista incansable de temática variada)

Juan José Saer, según relata en el film Hugo Santiago -cineasta argentino radicado en Paris, igual que Saer, y autor de una obra hoy de culto, como es “Invasión”-, es un manipulador exquisito e inquietante del silencio. Esa sería la paradójica virtud literaria que Santiago encuentra en su amigo, y su comentario -realizado desde una silla de un piano ubicado en la misma casa de Saer, luego de un almuerzo concurrido, como parecen ser las comilonas que organizan a menudo los Saer- resuena a caricia, a abrazo tierno, y a su vez, a definición precisa, académica, del estilo literario de Saer. Estilo que, gracias a la película de Rafael Filippelli se adivina abarca la existencia del escritor, su vida de todos los días, su contacto habitual con el afuera. En donde el silencio se percibe constante, insistente, latiendo sin cesar, con gente o sin ella, a pesar de la generosa coloquialidad que Saer brinda a quien se le cruce en su cansino, aunque infatigable, avanzar.

Saer mira a cámara, la única vez que lo hace explícitamente en el film, y se pregunta acerca de la factibilidad de realizar un documental cinematográfico sobre la vida de un escritor. Se cuestiona la relevancia que puede tener tal realización, de ser enfocada principalmente a los aspectos de la vida cotidiana del escritor en cuestión. Un desafío (curioso e inteligente de ser incluido) al mismo film (a su director, a la decisión de este de preferir la cotidianeidad de su personaje) en el que Saer incluido y que lo tiene como protagonista. Desafío que Filippelli toma, y resuelve de forma original, atractiva, aguda, demostrando la impertinencia de las dudas de Saer, contradiciéndolo, de forma no menos desafiante.

Otro contrapunto (el tercero) que serviría también como sustento argumentativo, sería entre el Saer parisino y el Saer porteño/santafesino. Contrapunto explicitado por el propio escritor, representado por sus “mejores” diez años de su vida, los últimos, en París, y sus añorados años en Buenos Aires y Santa Fé. Y es que Saer, según describe, no puede dejar de seguir viajando a su país natal, el cuál creó las condiciones para su expulsión, pero que como destino trágico le impone a Saer una pena (irremediable, espinosa) que debe cumplir (sufrir) con dos viajes irrenunciables por año. Sus amigos, su familia, las calles porteñas, los asados santafesinos, los argentinos, la argentina, lo esperan, tanto como lo repelen, lo anhelan tanto como lo abandonan con indiferencia. Este contrapunto, íntimo, doloroso, indisoluble, parece prefijar, determinar, como ningún otro, el carácter fragmentado del Saer hombre, del Saer escritor, de Juan José Saer.

La cámara se entromete en intimidades. Cenas, almuerzos, charlas con amigos, esposa, hermanas, editores. Y en este entrometerse se encuentra con actuaciones “casi” del todo logradas, “casi” del todo fingidas. Es esa suma de “casis”, curiosamente, la que le otorga al film fuerza de realidad, algo así como pureza. En esta decisión de no dejar fuera de película esos momentos de “casi” buenas actuaciones, encuentra el director su sello, su marca, huellas de respetabilidad. Escenas de ficción (actuada), de realidad (fingida), con voz en off que relata textos de Saer, con el mismo Saer (haciendo de Saer) actuando. Esta mixtura, este eclecticismo formal, le otorga al film riqueza, vivacidad, franqueza. La lentitud en el ritmo del relato, si bien desacostumbrada para el habitual cine comercial, parece pertinente para un film sobre Juan José Saer. La relación de este escritor con el tiempo, con los silencios, con la palabra (tanto en su literatura, como en su vida, ¿es acaso válido tal desdoblamiento?), no permiten imaginar otro tipo de película posible.