Arte y Clonación

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Rolando Benenzon es un reconocido médico psiquiatra,
creador de la Cátedra de Musicoterapia de la Facultad de Medicina de la Universidad del Salvador. Pero también es artista. En su obra queda expuesto el incuestionable compromiso que asume el arte con la vida, con la realidad y con el devenir.
Por Mercedes Vaccarezza

La exposición de esculturas “Clonación” del artista Rolando Benenzon, también reconocido como médico psiquiatra y creador de la Cátedra de Musicoterapia de la Facultad de Medicina de la Universidad del Salvador. Su obra es acompañada del Manifiesto Nº 1, donde queda expuesto el incuestionable compromiso que asume el arte con la vida, con la realidad y con el devenir.

A medida que contemplaba las esculturas un cúmulo de sensaciones desordenadas me dejaron una impresión que sólo tomó forma cuando, luego de un tiempo, los sedimentos que por allí (nunca sabemos dónde) quedaron alojados se me hicieron audibles: “La búsqueda de la inmortalidad ha estado siempre presente en el hombre, desde el viaje heroico del mítico Gilgamesh en busca del secreto de la inmortalidad, hasta las últimas superproducciones de Hollywood dan cuenta de ello ¿Podemos pensar que hoy la ciencia lo ha logrado, aunque la única forma posible de eternidad pareciera ser la aniquilación misma de la vida? Este es el grito de Munch que emerge de un eslabón, de esta serie de clones, atrapado en la industrialización del infinito.

Innumerables discusiones éticas y científicas se debaten ante la clonación humana y la manipulación genética. Nos encontramos frente a la “rotura del paradigma que impera” antes de una nueva sistematización. ¿Pero, qué es lo que terminará por sistematizarse, volverse “natural”? Una vez más, creo que es el arte quien se adelanta como saber; como saber que se interna en los indecibles para develarnos ese algo más que es nuestra propia humanidad. Rolando Benenzon a través de esta serie de clones empuja la paradoja más allá de su habitual baranda para asomarnos nuevamente al abismo: ¿Cómo hacer del no-arte, arte? ¿Cómo hacer de la evidencia un símbolo, es decir, un significante cuyo significado aún se encuentra en el territorio de lo no-nombrado? ¿Cómo sostener ante la pornografía como lo absolutamente mostrado, la inminencia de una revelación que no se produce?

La ciencia ha llegado a su paroxismo llamando creación a la reproducción extensiva de la biología humana. La vida supone la finitud, el paso del tiempo y con este la diversidad, el cambio, la otredad. Y acá, aparecen los clones sadianos del artista que tras la apariencia de simpáticos estereotipos cibernéticos vislumbran amenazadoramente lo siniestro.

El poder busca perpetuarse, en este sentido, abolir el tiempo, el cambio y por tanto la alteridad. La fabricación, la serialización de humanos es el disfraz de lo amorfo, pues es prescindir de la mirada del otro. Se desbarata la idea de muerte a costa de vivir la muerte, ser los demiúrgos de una dilución. Destrucción constitutiva de una nueva dimensión, la de la indiferenciación.

En esta serie de clones se proclama la extinción del conocimiento, el goce ha sido vaciado: sin atravesar el dolor y el placer, constitutivos del goce, el “hombre” no llega a conocerse. Los clones “mejorados” pueden ser asexuados, ya que no necesitan de sus órganos genitales para reproducirse, o pueden tener múltiples sexos asegurándose la obturación permanente de cualquier orificio y por lo tanto la sensación de ser plenamente completos. Grandes penes “pensantes” se masturban: uno, en todos los nombres que las religiones han dado a la fe como tierra de un cielo protector que nos cobija de la desolación; otro sobre la ley de su esclavo: “no clonarás”.
El tiempo ha sido devorado, “el carpe diem” se ha deformado en inercia, “el inmortal” se ha degradado en la entrega. Quizá el sueño del clon ya no sea la liberación post mortem, sino el poder parir la finitud. Dar a luz, a lo no programado, a la vida, no como descripción funcional que se organiza sino como intensidad cuyo sentido se nos escapa, es decir, a poder morir a través de su doble originario: el mortal, la creación, el hombre.
Según Georg Simmel “el entero proceso histórico de la humanidad consiste en el gradual enseñoramiento del espíritu sobre la naturaleza”, pero la dominación no puede abarcar una totalidad cuyo horizonte siempre se desplaza y es, en este punto de inflexión, donde aparece la ruina como la venganza de la naturaleza por la violencia que le hizo el espíritu al conformarla a su propia imagen. Aquí reside la “fuerza de desmarcaje” de la serie de esculturas que nos presenta el artista, ese lugar donde el clon como ruina nos devuelve ese infinito insondable, dador de vida: el ser humano”.

Nota publicada el 5-9-2003