La cruz del sur

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El primer largometraje del experimentado documentalista Pablo Reyero ganó un premio en el último Festival de Cannes. Precisamente ganó a Mejor Director Joven, o sea lo ganó Reyero. Y esto queda explicitado en el film: se disfruta más la forma en que La Cruz del Sur está filmada, que el film en delatando una exagerada preocupación por la estética (bien lograda) en desmedro de la historia a contar, y no aportando un plus significativo.Cine Noir Rioplatense.

por Sebastián Russo

Desde el título se podría estar esperando algo que nunca sucederá: que haya una tal cruz del sur que otorgue algún indicio de algo. La cruz a la que se hace referencia, aparentemente es la tumba del padre de la protagonista femenina de la historia (aclaro, porque también hay un protagonista, que no es otra cosa que masculino) Aparentemente fue muerto (asesinado, desaparecido) por la última dictadura argentina. Pero la búsqueda de Nora (Letizia Lestido, exagerada, impostando siempre) nunca culmina, ni siquiera es tomada demasiado en serio por su circunstancial pareja, Javier (Luciano Suardi, el protagonista hombre, algo menos exagerado, con tono cercano a la justeza) Por lo que la mencionada cruz del sur, si no llega a ser algo tangible relevante en la historia, deberá de ser, sería esperable que lo sea, algo apenas visible, metafórico: la verdad, no la vi, (ni olí).

El primer largometraje de Pablo Reyero (documentalista experimentado, autor de la premiada Dársena Sur, de 1997) ganó un premio en el último Festival de Cannes. Precisamente ganó a Mejor Director Joven, o sea, mejor dicho, lo ganó Reyero. Y esto queda explicitado en el film: se disfruta más la forma en que La Cruz del Sur está filmada, que el film en sí (con su historia, actuaciones y todas esas cosas que hacen que un film sea un film)

Para empezar (con la crítica, con la mirada crítica, actividad que siempre se entiende negativa, pero que no tiene por qué ser así, a pesar que en este caso sí lo será, digo, negativa, para empezar) las actuaciones no convencen. Incluso hasta el genial Mario Paolucci (recuérdeselo en Buenos Aires Viceversa de Alejandro Agresti) se ve arrastrado (imagino, por el mediocre tono actoral general) a una interpretación defectuosa, insípida. Solo se destaca Silvia Bayle, como esposa sufrida de Paolucci y madre del protagonista (Suardi) Por su parte Humberto Tortonese (una curiosidad en cine, haciendo de travesti -esto no tan curioso-) demuestra que su fuerte está en la improvisación, y no en atarse (porque es así como se lo percibe, atado) a guiones. Lamentablemente, este cúmulo de actuaciones no del todo convincentes (consistentes) empaña la percepción que se pueda tener sobre el film todo.

Y es lamentable, porque tanto la fotografía, como la puesta de cámaras (a cargo de Marcelo Iaccarino y Mariano Cúneo, bien vale destacarlos) son excelentes: de una coherencia estética en nada envidiable a gloriosos films de género (porque es un film de género, al menos se huele tal intención), noir, cruda, despojada. Con iluminación creadora de climas de notable belleza y pertinencia. De compaginación de imágenes precisa y aplaudible en pos de mantener el relato de la historia en tono intrigante, suspendido, características propias de los géneros que Reyero parece visitar.

Y el lamento también puede extenderse a un problema pareciese prototípico del llamado “nuevo cine argentino”: una exagerada preocupación por la estética (en este caso, repito, bien lograda) en desmedro de la historia a contar, y no aportando un plus significativo. En donde tales elementos estético/técnicos, no logran (nunca podrían hacerlo por sí solos) un buen film, a expensas de una historia que en este caso se delata poco atrapante, y de intencionalidades dubitativas (imperdonable -lo dubitativo- para su pretensión de cine de género, cercano este a un canon, una norma, algo así como incuestionable), constituyendo un relato típico de traición, robo y escapatoria, que no logra escapar a toda una andanada de lugares comunes que pretenden denotar trasgresión (travestis, droga, violencia)

Uno (otro) de los problemas que tiene el film es que no desarrolla historias secundarias (apenas esboza las que presenta), no poseyendo la historia principal suficiente sustento para lograr interés. La propia cruz del sur, como ejemplo vaya si representativo, termina siendo un rastro difuso que se borronea con el transcurrir de “la” historia.

Hagamos una sinopsis breve (cosa que siempre tiene que haber en toda crítica que se precie de serlo): Javier, tipo que no para de inhalar alguna droga que se deduce fuerte (anda todo el día con los ojos inyectados y a los tumbos), traiciona a algún dealer de peso (peso que Javier evidentemente subestimó) y roba una buena cantidad de cocaína. Lo ayudan Nora (dama errante, con mapa siempre en mano, que no deja de buscar una cruz clavada a orillas de rutas sureñas) y otro infeliz que pincha tan poco como corta. Los tres, al igual que casi todos los otros personajes, una manga de desposeídos detrás del “negocio que los salve”. La persecución del peso pesado estafado no se hace esperar, acorralándolos a Javier y Nora, a la vez que liquidando uno a uno a todas las personas cercanas a ellos. La cosa termina mal, aunque no tanto (quisiera no contar el final, pero me cuesta: la última escena es antológica, por lo obvia, esperable, bordeando el cliché)