Hoteles

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Rodada en diferentes formatos (video, super 16 y 35 mm), con la interpretación de actores profesionales y no profesionales, y sobre todo apoyado en los superlativos trabajos de fotografía de Ariel Vilches y Mariano Molinari sumamente generosos en planos detalles, en la dirección de arte de Juan Miceli y Guillermo Belusso que producen un diseño visual sui generis, y el elevadísimo sonido ambiente de Sergio Iglesias vital como recurso.
lenguaje corporal

cPaparella asume un riesgo enorme y bienvenido al abandonar todo tipo de narración clásica a la hora de contar sus historias ya que -salvo los inserts de apertura de cada relato con un dejo de deja vu a Una Noche en la Tierra (Jim Jarmush, 1992) otro film en episodios en distintas ciudades e idiomas pero
todos dentro de taxis- lo suyo es una apuesta a la exploración de espacios, si se quiere, abstractos; linkeados a numerosas referencias artísticas universales como lo es el caso de La Piedad en el episodio de Chernobyl. Erotismo y sexo explícito entonces aparecen en la pantalla grande conjugados para buscar en la audiencia respuesta ante el abanico de posibilidades que dan variantes, complementos o el calificativo que ud. prefiera a una relación en particular, fetichismo, sadomasoquismo y masoquismo propiamente dicho. Reincidimos y recalcamos estamos ante la exploración del deseo, no ante la retórica pregunta de que hablamos cuando hablamos de amor. De ahí, la necesaria importancia de retratar el lenguaje corporal.

Hoteles, impecable en todos los aspectos señalados cuando se empezaron estas líneas, sin embargo no logra eludir lo que es prácticamente un axioma propio de las películas en episodios: es despareja. Es obvio que en el conjunto exista una historia que se destaque y esto
va más allá de los aportes subjetivos siempre presentes por parte del receptor. En esta quizás todos los laureles vayan hacia el tercer capítulo, el de Nueva York, donde la monocromía de fotos fijas captan un momento del coito jugando con contraposición de imágenes deliciosamente escogidas ?marcando el hotel de segunda con adornos y accesorios que no combinan entre sí- que saturan de información respecto a esa única escena, introspectiva, solo violentadas por las anaranjadas llamaradas con las que finaliza el segmento ?otro acierto visual con los elementos que siempre dan tan bien en pantalla, en este caso el fuego- jugando con la idea de un amor incendiario ¿o que el amor es el diablo? Y otra vez nos confundimos, porque el mundo por el que gira, rota y viaja Paparella es el del deseo. Y Hoteles, como tentación, bien vale el pecado.
Leo A. Oyola
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