Estelares

0
10

Ardimos, el tercer disco de la banda platense Estelares, los muestra maduros y sinceros, con un sonido propio basado en el trabajo sobre la canción como forma pura.El brillo, el vuelo y la pureza de Estelares

Por Salvador Biedma

Luego de una larga espera salió Ardimos, el tercer disco de Estelares, banda formada en La Plata hace casi una década.

Si con los dos discos anteriores (Extraño lugar, de 1995, y Amantes suicidas, de 1998) tuvieron una muy buena acogida en diversos sectores pero no la suficiente difusión, éste parece ser el momento ideal para llegar a más gente. No sólo por el disco, que es muy bueno, sino también porque están tocando mucho, la prensa los reconoce cada vez más, están llevando cada vez más público, abrieron el escenario principal de la segunda fecha del Quilmes Rock Festival 2003… Y están sonando con mucha más fuerza. Manuel Moretti, el cantante, dice: “Somos intimistas, pero ahora esa misma intimidad está puesta afuera; estamos más para afuera, como más rockeros”.

En el disco, Estelares trabaja, como lo ha hecho siempre, sobre la idea de la canción; todo apunta hacia ahí: una melodía de voz clara y fresca en primer plano (de esas melodías que uno puede silbar mientras va a comprar pan un domingo, por ejemplo), riffs de guitarra muy melódicos y una base que por momentos se remite a acompañar muy bien y por momentos logra un alto vuelo.

En general se cree que para la canción en la que la melodía de voz y la letra son importantes basta simplemente el acompañamiento de una guitarra criolla, pero en este caso todos los instrumentos se hacen imprescindibles y agregan un sentido perfecto. Y eso tiene sin lugar a dudas que ver con la importancia que le dan a los arreglos y con el trabajo que hay detrás de cada tema. Y es algo que no es común escuchar: una banda donde todos los integrantes, cada uno sumando su toque personal, con vuelo, apunten hacia la canción como totalidad y se logre un color propio.

Ardimos atraviesa diversos climas, va de aquí para allá pero sin mezclar los tantos. Desde “Bienvenida”, un primer tema con mucha fuerza que suena a invitación, hasta un simplísimo y hermoso cover de “Birds”, de Neil Young, la perfecta despedida con la que se cierra el disco.

La unidad (porque no es una lista inconexa de canciones diferentes sino que hay una razón de ser del disco como unidad) está en la identidad de la banda, en su sonido propio, distinto, que no puede asociarse fácilmente con ninguna banda (aunque algunos periodistas hablen de una relación con Television, o con Dire Straits, o los catalogan con etiquetas tan extrañas como “heavy pop melanco”). Ese sonido propio, esa identidad, es lo que hace que un tema con base tipo “spaghetti-western” y un estribillo que vuela hacia otros lugares se sienta bien al lado de “La coupé roja” (un tema con mucho slide), del casi punk de “En la habitación” o del tranquilísimo “I’m lucky man”.

Y todas las canciones tienen una fuerza increíble, hasta las más tranquilas.
La producción del guitarrista de Los Pericos Juanchi Baleirón le hizo muy bien a la banda. Los dos discos anteriores son perfectos, y quizá está bien que sean “lo-fi”, pero el crecimiento de la banda pedía, en cierto sentido, una producción más cuidada.

La participación en el disco de Hilda Lizarazu, que puso su voz limpísima en “I’m lucky man”, es genial. También participan Andrés Calamaro (en “Moneda corriente”, un tema con destino de hit) y Gabriel Carámbula (guitarra en “Bienvenida”, “Estrella”, “Patinar” y “Birds”).

Dentro de la idea de canción es más que destacable el trabajo de Manuel Moretti como letrista. Por algo fue, de hecho, uno de los 30 compositores elegidos por Gustavo Álvarez Núñez para su Antología Poetas Rock. La letra de cada tema tiene algo particular, sincero, fresco. A veces los tópicos son casi lugares comunes (puede decirse que el tema principal del disco es el de las relaciones de pareja), pero la mirada, la visión de Manuel, les agrega algo. Así puede aparecer una pelea de Oscar De la Hoya desde un lugar diferente, no desde el punto de vista del boxeador (trabajado por muchos cuentistas en los ’60, llevada también al cine en las detestables Rocky, etcéteras), sino desde el lugar de un hombre que se imagina que su chica debe estar viendo a De la Hoya por televisión.

Bajo esas imágenes frescas -que por momentos son algo irónicas, por momento son inocentes, por momentos son esperanzadoras-, hay un fondo espeso. Es una imagen limpia que muestra a su vez algo de dolor. No es la inocencia ni el absoluto yo; siempre está eso otro, y allí se estampa lo cotidiano de manera casi cinematográfica. Como dice Moretti: “Hay una línea de la canción pura: melodía, imágenes frescas y cinematográficas… Es eso. Yo no puedo manejarme con una sola imagen cargada, yo tengo voluntad, trabajo para que eso no me salga. Yo necesito imágenes lo más despojadas y limpias posible”.

Dentro de esa lírica, llama la atención el uso de los lugares sociales. Los lugares comunes que se muestran son particulares: se puede nombrar el Luna Park o una marca de cigarrillos o un horario determinado y describir un viaje (tranquilo) de drogas o pintar a una prostituta, pero estas imágenes ni son las típicas ni las esperables ni tampoco son las de una cierta impostura rockera. Que un verso diga simplemente “Federico y Miguel ya no están”, como un tributo a cierta imagen de los ’80, demuestra que los lugares de encuentro de los que se habla no son obvios ni apuntan a un simple o fácil guiño cómplice. Y lo implícito, la extraordinaria economía de palabras, también llama la atención; por ejemplo, versos como “En la habitación suena el teléfono” o “Sofía sacó franceses de su cartera” pintan con muy poco una escena entera, y casi sea eso lo que dé cierta idea cinematográfica y fresca de la cosa. Moretti sabe cincelar una letra de forma tal que las palabras, sin perder su filo, con simpleza y aire, ganen hermosura.

Así, Ardimos no tiene grietas. Es una unidad impecable. Y cada canción brilla, incluso las más oscuras. Es un disco que pasea por diversos estilos con un estilo propio que forja toda la cuestión. Con esa forja y con mucho vuelo, Ardimos es contundente.

Nota publicada el 26-12-2003

Compartir
Artículo anteriorArte conceptual tucumano
Artículo siguienteHoteles