Libro Electrónico

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El escritor Alejandro Margulis ha iniciado una polémica sobre el rol de los intelectuales argentinos por su falta de interés en las posibilidades de transmisión de cultura a través de la internet, en
formatos electrónicos no convencionales. Leé la polémica completa en Leedor.com POLEMICA POR EL ROL DE LOS INTELECTUALES Y EL LIBRO ELECTRÓNICO

El escritor Alejandro Margulis ha iniciado una polémica acerca del rol de los intelectuales argentinos desde un mail abierto enviado por internet, que reproduce el portal de comunicación contrahegemónica ARGENPRES
( http://www.argenpress.info/nota.asp?num=006418 ). La misma ha sido por el momento respondida por uno solo de los aludidos, el escritor y editor del suplemento Radar del diario Página 12, Daniel Link, quien reconoció que coincide “en muchas cosas y en otras no. Como siempre, a veces es difícil separar la paja del trigo”. Entre otros temas, Margulis criticó la falta de interés que los intelectuales argentinos manifiestan por las posibilidades de transmisión de cultura a través de la internet, en formatos electrónicos no convencionales. “Ningún intelectual con acceso a los medios se animó todavía a cambiar su hábito de lectura para escribir una bibliográfica de alguno de estos libros (electrónicos) como debería hacer”, señaló. La polémica será publicada en el próximo número del portal de difusión de la literatura inédita www.ayeshalibros.com.ar . Los interesados en publicar sus opiones con respecto al tema pueden enviarlas a ayesha@ayeshalibros.com.ar (LEER MÁS)

LA POLÉMICA COMPLETA

Escribió Alejandro Margulis: “El miércoles 19 de noviembre de 2003 salió un artículo en Página 12 donde el obispo Rivera y el insolado Saccomano se quejan de la falta de agrupaciones de escritores como una que él, el obispo Rivera, formaba en los 60. La nota cubría una actividad coordinada por el ahora chico Seix Barral Miguel Russo y como siempre en Página 12, pretendía “dar cuenta-denunciar-señalar con el dedito” la tontería de los escritores argentinos que no quieren agremiarse porque son, decía el insolado Saccomano, unos “narcisistas”. Qué estupidez.

No sé ustedes, pero yo tengo las pelotas llenas de escritores como los tres que acabo de nombrar, y que indudablemente son unas personas muy agradables cuando toman mate o café con leche, lamiéndose mutuamente los egos sin poder escapar a las generales de la ley que ellos critican; peor, negándose sistemáticamente a ver que son ellos los principales peones del sistema que ha venido destruyendo culturalmente a este país desde los años los 90.

No, no desde los 90.

Desde antes también (porque no sé ustedes, pero yo la raíz podrida de nuestros males la sigo encontrando en la auténtica fiesta narcisística, la fiesta sangrienta, que constituyó la sangría seudo militante, llaménle hache y por favor sigan leyendo, que arrastró a tanto tipo con cabeza desde los días preliminares a la dictadura hasta acá).

Estos escritores forman parte esencialmente de dos grupos bien reconocibles:

a) los premiados con la publicación de sus trabajos por las grandeS editorialeS antes en función de la coima o extorsión mediática -“publiquemos a éste que trabaja en un Medio así después nos comenta nuestros libros”- que por sus méritos genuinos como artista. A Miguel Russo podemos sumar varios, por ejemplo Daniel Link o Claudio Zeyger, y los nombro entre muchos otros justamente porque se supone que son progresistas y quieren difundir otro modo de la cultura que el que existe hoy.

b) los premiados con becas, subsidios, galardones oficiales o privados (llámense Premio Nacional, Antorchas, Gugenheim, Herralde, Planeta o Clarin) cuyos méritos literarios son quizá más consensuados, en principio, por quienes les habilitaron la posibilidad de vivir sin sobresaltos económicos, a pesar de lo cual no escapan a la lógica de caballitos de carrera en que nos encontramos todos sometidos. Y en esta lista incluyo sin remordimiento a este Andrés Rivera y también a otros que son indudablemente simpáticos y buenos artistas, como García Helder, Alan Pauls, Guillermo Saavedra, Martin Caparrós, Leopoldo Brizuela, Guillermo Martínez y todos los demás premiados a quienes el público conoce muy bien, por su repercusión mediática.

Todos ustedes saben que las editoriales publican hoy en día sólo lo que se vende. Y también saben de la cantidad de editoriales nuevas (como la nuestra) que están tratando de abrir otra alternativa de política literaria. Me enferma que ninguno de los nombrados haga jamás el menor comentario público acerca de la existencia de emprendimientos como estos. Quiero decir que ninguno ha hecho aún la menor mención a los nuevos espacios, cuando nadie, absolutamente nadie, se los impide (y si se los impiden, aceptan con venalidad o vergüenza las imposiciones de quienes les pagan sus colaboraciones o salarios).

Hay que hacerse cargo de una buena vez por todas del lugar que se ocupa y trabajar en serio denunciando incluso las propias agachadas que se cometieron. Yo, que no soy modelo de nadie, pasé por todos lados y sin embargo sigo trabajando y empujando para hacer cosas grupales. La mayoría de ustedes conoce la historia de Ayesha, la revista que hacíamos en la dictadura sin saber que había otras capillas que las de las iglesias. Sabe también que ante la imposibilidad de autopublicar en papel más que un par de primeros títulos, seguimos haciendo libros electrónicos.

Ningún intelectual con acceso a los medios se animó todavía a cambiar su hábito de lectura para escribir una bibliográfica de alguno de estos libros como debería hacer.

¿Por qué no? ¿Cuál es el compromiso? ¿Que los libros en internet no pagan regalías a los diarios y a las revistas? ¿Qué son “incómodos” para leer? ¿Que no provocan “placer” porque el soporte “no es amigable”?

¿Qué concepto arrastra esta convencional búsqueda de la “comodidad” y el “placer” en el agitado acto de la lectura? ¿No es acaso siempre “incómodo” leer algo nuevo? ¿No produce siempre estupor? ¿O será que esos libros son los que sí pueden llegar a permitirle a un escritor vivir de su trabajo? Es decir, los que vienen a dar vuelta por completo el estatu qúo de los modos industriales de la producción cultural.

Un escritor en ciernes que cursó un taller de escritura en la UBA, Sebastián Gonzalez, bautizó en un ensayo interno a las iglesias como “galerías de arte”. Es verdad lo que dice. Medio mundo hinca ante ellas las rodillas, lo mismo que cuando va a mirar cuadros. Igual hacemos los escritores ante los modos consagrados de la lectura. Porque lo cierto es que también existe una nueva generación, y ésta es mundial, irrefrenable, que encontró en el espacio virtual (es decir, la internet) el mejor canal para difundir su obra por fuera de los circuitos adocenados de la lectura instituida. Hace pocos días me llegó desde Brasil la noticia de un libro de escritores de la net que será presentado en la Bienal de San Pablo de 2004. Cualquiera de nosotros podría participar de una cosa así y su palabra tal vez sería entonces leída por millones.

Hasta que eso ocurra es necesario seguir confrontando contra el silencio de los popes; no es nada nuevo ese silencio, pasa siempre que empieza a emerger una corriente alternativa. Sin duda el silencio es, de todas las formas que asume la ignorancia, la de mayor eficacia. Lo paradójico y absurdo, lo nefasto y reaccionario es que quienes tienen posibilidad de hacer uso de los medios para difundir su palabra continúen regodeándose en el señalamiento de las lacras psicológicas de los escritores como si estas características del artista independiente, y no los condicionamientos económicos y manipuladores del presente, fueran los responsables del estado paupérrimo en que se encuentra la cultura de hoy.

Peor incluso: resulta tremendo y hasta hipócrita que se llenen la boca con discurso gremialista cuando lo que mejor que saben hacer es marketing de sí mismos.

Censurados y autocensurados por lo viejo, no saben dónde meterse las palabras para justificar su dificultad para hablar de lo nuevo.

Es mi derecho como el de todos nosotros el escribir en mi casa lo que se me cante, pero también es obligación de todos denunciar las trampas que rondan a los artistas y a los intelectuales.

¿Hasta cuándo esta cultura va a seguir idolatrando escritores con discursos pomposos y egoístas para compensar sus complejos de inferioridad? ¿Hasta cuándo van a seguir los intelectuales haciéndose los distraídos de su rol como ejecutores de obra nueva, es decir, de obra que fomente en los demás las ansias de crear antes que una moral culposa y lacrimógena, que sólo le hace el caldo gordo a los mismos de siempre?

OTRAS VOCES, OTROS AMBITOS

Manuel Emilio González (desde España):

Sobre el e-book, a riesgo de hacer ficción científica, creo que va a coexistir, en un pie de igualdad, con el libro de formato tradicional en un futuro cercano. Sin ir más lejos, hoy en día, podemos acceder de forma gratuita a textos de autores clásicos en ediciones electrónicas, como los que ofrecen los portales www.philosophia.cl , www.elaleph.com, y otros.
El problema del libro electrónico es la legitimación. Coincido en que es necesario que la palabra de un escritor llegue a millones de lectores, pero también es necesario que sin prejuicios y con honestidad intelectual los hombres de letras (escritores, profesores universitarios, críticos, etc) lean y juzguen esos libros.

Leamos y hagamos crítica de libros electrónicos.

Desde luego no soy ingenuo. Sé que esa legitimación, esa crítica que un autor de libro electrónico necesita no va a llegar de los de los suplementos literarios de los grandes diarios, probablemente, tampoco llegue de las revistas de crítica literaria tradicionales (en papel). Sin embargo, existen decenas de publicaciones periódicas por la red; algunas de ellas cuentan con la colaboración de intelectuales y profesores reconocidos… ¿Entonces? ¿Qué esperan? Señores, llegó el momento del coraje. Animense -animemosnos- a juzgar un texto por sus méritos artísticos y no por su formato.

Las revistas literarias de la red tienen el deber de hacer críticas o reseñas de libros electrónicos, tienen la obligación de legitimarlos, aunque sólo sea por compartir un mismo canal de difusión -la red- que no puede dejar de valorarse por la sencilla razón de que gracias a los costos mínimos del formato, ha logrado que una revista literaria dure más allá del primer número. Por supuesto que se deberá aprobar al libro que ostente méritos literarios y c ondenar al que carezca de ellos, de lo contrario sería la creación de una nueva capilla, la de los escritores de e-book, y no se trata de eso. Tampoco se trata de perimir al libro tradicional, al libro en papel, la idea es disponer de un paso previo, o simultaneo, que permita la difusión de una obra inédita o la permanencia de una obra valiosa, ya editada, pero quizá no redituable para reeditarla en papel.

Carlos Barbarito (desde Buenos Aires):

Es realmente cansador oir de colegas cosas como las que decís, algunas de ellas poco menos que discursos de pontífices. Y lo que más rabia da es que provienen de personas sin contratiempos económicos debido a sus con frecuencia vínculos con tal o cual entidad, tal o cual fundación, tal o cual editorial -en este último caso sé de quienes reciben la “sugerencia” de escribir de esto o aquello-. Una y otra vez los descubro, vía Internet, en Berlín, en Madrid, en París, hablando, brindando, sonriendo. Nos representan. Ya tuvimos en nuestra historia una variedad de representantes, desde presidentes con valijas con millón y medio para gastos hasta intelectuales que almorzaban en alguna trattoria cerca de una capilla donse se hincaban a rezar. Hace poco una amiga exclamaba, ante mi pregunta a quién hacer llegar mis cosas, “pero, claro, es poesía!”; uno se siente un fenómeno, un extraño ser tipo marciano de película clase B. ¡Cómo se me ocurre escribir poemas! Si todo es prosa, malas novelas que reciben premios que luego serán leídos en las playas. Alguien me contaba de una confesión de un escritor conocido, jurado en un premio muy conocido, le dijeron “que gane éste si no…” y el hombre, acaso apretado de dinero o vaya a saber qué, aceptó. Y el premiado, luego, aparece en pantalla, bien apoltronado, arito en la oreja, anteojos por la luz de los reflectores, hablando de literatura, de la realidad nacional… Y en el caso de la poesía habría mucho para decir, luego de tres décadas de darle y darle. Cuando éramos jóvenes debimos trabajar bajo tierra, por la hegemonía de los “viejos” o por la dictadura, o ambas cosas a la vez; ahora, también, ya que todo es capillas cada vez más cerradas, nombres y obras cada vez más efímeras, una sensación de que todo es producto light de supermercado. Recuerdo poetas muy jóvenes que durante unos días fueron citados por algunos medios y ahora su libro aparece metido bajo pilas de libros viejos, en remate. Fui miembro de una sociedad de escritores durante un breve lapso. Me fui por varias razones, desde mi rechazo por modos de actuar de quienes pretenden una “nueva manera de…” (ahora pienso en la Alianza y tiemblo) hasta mi psicología de este lobo estepario, mi ya invencible existir como eremita. No me siento culpable por esto o aquello, es verdad, la trágica situación no se debe a tal o cual pintor o escritor que trabaja aislado (pienso en Roberto Aizenberg), esto es descabellado, absurdo. Hace más de treinta años que escribo, cada día. Practico, como decía Dylan Thomas, mi oficio o arte sombrío. Trabajo en una biblioteca -no colecciono motos, no viajo invitado a parte alguna, extravían mi dirección cuando deben hacerlo, oh misterio, me perfumo con lo que puedo y me visto con lo que tengo-. A veces me angustio, en plena calle, por tanta soledad, por tanto viento en contra. Pero lo que me habita es superior a lo que me empuja hacia abajo.

http://www.writers.net/writers/25829

Horacio Pérez del Cerro (desde Buenos Aires):

Alejandro Margulis da en una tecla, lo suficientemente incomoda como para correrle la raya engominada a esta cultura que padecemos. O mejor dicho a sus medios de producción. Estos son los que la definen en todos sus aspectos y los que se dicen artistas o intelectuales, son tambien producto de esos medios de producción. En lo que respecta a la literatura, como arte, diré mi opinion : no hay muchos escritores, ni artistas del arte de la palabra, sino que hay mucha gente que escribe, y con eso lucran en la medida que el mercado, que es el ring donde se dirimen aciertos y desaciertos de estos medios mentados. Por otro lado no sólo todos estos no son artistas , ya que los verdaderos son muy pocos y contados con los dedos, sino que se refugian en la competitividad de las editoriales : compulsión más que histérica que trae buenos dividendos, idiotiza al desprevenido lector, y forma estilo, forma, opinión si acaso.No porque estos bípedos implumes derrochen tinta y papel (aveces pienso en cuanto árbol talado al cuete), y editen a lo bobo, y vendan más a lo bobo, están haciendo arte, ni una obra tal vez. Quisiera saber, transladándome en el tiempo, quien se podrá acordar de los Link, o lo Rivera, o los Russo de aquí a mil años, pero de lo que sí estoy seguro, que se seguirá hablando en esas latitudes de los Cortazar, los Borges, los Vallejo, los Neruda (mal que me pese). En lo referente al libro electrónico, no es otra cosa que un producto del acabose de estos medios de producción, pero como de todo lo fulero hay que sacar lo bueno, te digo que es un excelente m,edio de difusión cuando al papel no se llega por razones de moneda.
Daniel Link (desde Buenos Aires):
Coincido en muchas cosas y en otras no. Como siempre, a veces es difícil separar la paja del trigo.

Kepa Murua (desde España):

No conozco mucho a los escritores que menciona Margulis, pero donde él dice uno si yo pongo a otro, sale una radiografía parecida de lo que ocurre en España.

Kepa Murua
Bassarai Ediciones
http://www.bassarai.com

Salvador Biedma (desde Buenos Aires):

No siempre hay valentía. Hartan los comentarios dichos al oído. Hartan los mini-espacios de poder que en vez de abrirse se cierran (caso Beatriz Sarlo, por ejemplo, ¿no?) y se mantienen silenciando muchas voces (han hecho su trabajo para lograr un puesto, en el mejor de los casos, y después se han tirado a dormir). Hartan los tipos que van a un recital de poesía a leer, sin la mínima intención de escuchar lo que leen los otros, sólo preocupados por su estrellato, ávidos sólo de hacerse conocer en el mini-mundillo poético. Hartan los tipos que van a un recital de poesía y no piensan en que no es apenas estar sobre un escenario, sino que tienen que interesar a quienes oyen (la mayoría no lo intenta ni por lejos). De la narrativa, es tan poco lo que se anda diciendo o se sabe o se publica que… Hay revistas que están más o menos bien, pero que siguen hablando de lo mismo de siempre y de los mismos de siempre, que no buscan nada. Estamos como antes, como siempre, porque todo se disfraza de abrir el juego y el juego sigue siendo el mismo (por ejemplo, ¿por qué nadie se pone a buscar qué hay de interesante en la literatura boliviana, como hizo en su momento la revista Crisis?). Todo en silencio, todo ordenado, nada que se salga de las estructuras… Y la pose de no posar o de ser un “cool” que lee o escribe en Palermo Holywood. Hartan los programas televisivos sobre literatura, esa cosa académica de nunca interrumpirse, esa cuestión tan desapasionada en la que casi nunca surge algo nuevo, interesante. La gente de la literatura parece no estar buscando lectores… La otra vez una amiga me dijo que le gustaba hablar conmigo porque le daban ganas de hacer cosas; creo que eso es lo que falta cuando se habla de literatura, contagiar ganas, mostrar pasión, dar ganas de leer y de hablar y de discutir. Juan Martini decía (está en una charla que se publicó en el número 3 de La mala palabra y también en el número en papel por los 2 años de la revista): “No se discute seriamente entre escritores en Argentina, se discute desde facciones o desde posiciones tomadas que prescinden absolutamente de la inteligencia del otro. Acá es inteligente solamente el que habla, los otros tienen que aplaudir nada más”. Esto que dice Martini es terrible y es cierto. También es terrible la falta de argumentación; hay muchas cosas que se aceptan casi porque sí, hay mucha crítica (a veces muy jodida) que bardea sin explicar por qué, o que adula sin tampoco explicarse. Debemos discutir seriamente pero sin solemnidad, con respeto pero sin dejar por eso de interrumpir al otro para preguntarle por qué o cómo o dónde. Y también hay que reconocer las ineptitudes propias; porque todos los que estamos opinando aquí quizá podríamos hacer una movida piola, inteligente, con una mirada desde otro lugar. Por ejemplo, lo que hace Fabián Banga en su sitio está bueno, y lo que hace Alejandro Margulis en el suyo también, y así. Pero quizá sería mejor hacer juntos algo más grande, que nuclee a más gente, y siempre termina perdiéndose porque yo quizá no acepte que esté tal texto o proque tal no quiere que esté aquel artículo y… Todos somos DTs, ¿no? Quizá tendríamos que cambiar un poco eso y trabajar cooperativamente, con una mirada pluralista (unir lo independiente). Y sí, es cierto que la internet no es algo que sea demasiado tenido en cuenta en Argentina; al menos no por ahora. A mucha gente le cuesta leer de la pantalla… Pero alguien está leyendo esto, ¿no? Usted lo está leyendo, señor, y quizá esté en calzoncillos, tomando unos mates, sacándose los mocos. Y eso no es solemne, señor. Por favor, mantenga el recato que somos gente seria. Por favor, que estamos hablando de literatura y es un tema muy importante. Por favor, que todos tenemos que vestirnos acorde y hablar de “hermenéuticas”. Acá nadie se saca los mocos, nadie caga, nadie hace nada que sea mal visto, salvo que sea cool y lo disfracemos de animalito raro, o de kitsch (concepto con el que la academia se regodea cada vez más), y lo expongamos en alguna charla en un bar de Palermo Hollywood. Y no vaya a hacer un chiste, ni se vaya a reír, porque la literatura es seria, señor.

Publicado el 9-12-2003

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* Alejandro Margulis (1961) nació en Boston, Estados Unidos, pero reside permanentemente en Buenos Aires, Argentina. Publicó cinco libros: dos de ficción -el libro de relatos “Papeles de la mudanza” (Catálogos, 1988) y la novela “Quién, que no era yo, te había marcado el cuello de esa forma” (Beatriz Viterbo, 1993)- y tres periodísticos -“Los libros de los argentinos” (El Ateneo 1998), “Junior, Vida y Muerte de Carlos Menem (h.)” (Planeta, 1999) y “Reconstrucciones de desaparecidos” (IMFC, 2002). Docente de la Universidad de Buenos Aires (UBA), dicta además cursos de escritura literaria y periodismo de investigación on line en el portal-agencia www.ayeshalibros.com.ar

Libros en formato digital en www.elaleph.com/junior

Libros inéditos: Las maldades de Cupido y Livre du brouillon (Nouvelles); Fin de cita (Novela); El mito de Babel (Poesía); Onelli, el clemente (No ficción).

Medios de comunicación: Clarín, La Nación, Ed. Perfil, Ed. Atlántida, Cuatro Cabezas, Canal 9, ATC, Cablevisión.
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