Bonanza II

0
7

Rosell logra con Bonanza poner una mirada sobre personajes singulares (fuera del registro cotidiano) pero que emana humanidad, universalidad, a través de conflictos, complejidades, de vidas que se aparentan (a sí mismas) simples, predestinadas. La Otra Bonanza

Bonanza, es un gordo barrigón, de profunda barba blanca, con pelada frontal y colita. Vive en una casilla junto a sus hijos. Y sobreviven dándose maña con lo que venga. Sus actividades lindan la legalidad, y van desde cazar (y domar) serpientes, a poseer un poco ortodoxo taller mecánico. Viven rodeados de todo tipo de animales en relación casi simbiótica. Su casa (rancherío, toldería, comunidad, difícil es clasificarla) está plagada de animales, jaulas de estos, chatarra, y restos de todo. En esos ámbitos, Bonanza reina, con halo venerable e imponente, creando en su entorno una red de fidelidades y respeto. ?Aristocracia de la chatarra?, se lee en la gacetilla. Los juegos de los chicos (que se extienden a adolescentes y adultos) van desde jugar y revolcarse en un lodazal, a balancearse con una cubierta sobre una llamarada.

Aunque la vida de esta gente parezca pergeñada por algún guionista, Bonanza (de Ulises Rosell) no deja de ser un film documental. Con una estructura narrativa impecable, fluida, íntegra, Rosell se entremete en los reinos del gordo Bonanza, en su particular forma de vida, en el singular registro (lógica) en el
que vive él y sus hijos con su entorno. Uno de los mayores logros del director es el de sostener una precisa distancia de la cámara con los personajes. La relación entre ambos queda felizmente explicitada en la primera escena (así evita presunciones antropológicas, y propone un código franco, honesto) Por momentos la relación se muestra evidente, por momentos (y facilitando así, también, el fluir narrativo de la historia) la cámara virtualmente desaparece.

Bonanza y los otros comienzan creyendo poder dominarlo todo frente a las cámaras (fanfarrones y con aires de matones), pero el trabajo de Rosell hace que esta certeza (vital para su sobrevivir cotidiano) se vea invadida por sus propias pasiones y temores. Y la ficción en la que parecen vivir Bonanza y los suyos (una ficción más entre otras, una forma de vivir), comienza a mostrar grietas, fisuras, ante las dudas, los conflictos que se avecinan, el sufrimiento por el otro (la preocupación de Bonanza por el futuro de sus hijos). Toda la extraordinariedad de estos personajes queda así minimizada ante estas huellas de humanidad, que los acerca, los hace identificables (sensiblemente referenciables)

Rosell logra una mirada sobre personajes singulares (fuera del registro cotidiano) pero que emana humanidad, universalidad, a través de conflictos, complejidades, de vidas que se aparentan (a sí mismas) simples, predestinadas. Y un habla tangencial sobre la Argentina, su crisis estructural, desde márgenes (desde una aparente marginalidad, que deja en absurda evidencia a lo no marginal, lo oficial) Y al evitar enfatizar el conflicto estructural, la propuesta de Rosell vuelve la crítica más punzante: naturalizando lo innatural, la desgracia, los deshechos (materiales, sociales, humanos)

Las últimas imágenes (el hijo de Bonanza llegando a la casa, prendiendo la tv, mirando de reojo hacia afuera, algo descentrado, dubitativo, con sufrimiento sutil, modesto) otorgan una significación final inesperada, angustiante, urgente, íntegra. Ultimas imágenes que obligan una resignificación, un revisar rápidamente recuerdos inmediatos, otorgando esa postrera sensación de angustia placentera (y viceversa), inequívoco signo de intensidad, de que hemos vivido, de que el cine vale la pena.

Sebastián Russo