Bar el Chino (II)

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Filmación de una filmación. Recurso complejo, que no logra poder desarrollar ninguna de las temáticas abordadas (el documental, y las complicaciones de filmarlo), y que pareciera ser usado más por propia falencia, que por el intento de develar la mirada subjetiva.Por Sebastian Russo

Bar Â?El ChinoÂ? promueve cierta idealización del espíritu tanguero, afincado en la nostalgia, el desarraigo y el culto a la amistad. Ya desde el Â?…es hora de retomar los sueñosÂ?, que aparece en el mismo poster de la película, que se acerca al Â?todo pasado fue mejorÂ?, muletilla (se cree) propia de todo tanguero romántico, se percibe un excesivo sazonado tangueril. Frases que fetichizan el pasado, creyéndolo ideal, sin conflictos. Cosificación que corre más por cuenta del director y sus personajes ficcionales, que por los que asistieron (y asisten) al mítico bar, bien retratados, y que son ellos sí los tangueros (¿de ley?) presuntamente nostalgiosos de ese pasado de ensoñación. La historia así adquiere un tono solemne y estereotipado hacia lo que se entiende como espíritu tanguero, y se cree propio de la idiosincrasia porteña. Mucho más moderados, contingentes, surcados por problemas reales, se presentan los personajes documentalizados del mismo Bar, y en especial el propio Chino, Jorge García, que por ejemplo otorga mayor énfasis a la redituación económica que le trajo las reiteradas visitas de José Sacristán a su bar, que a las historias de encantamientos mutuos y demás tópicos míticos. Es decir, el ensueño corre por parte del cineasta (y esto no es estrictamente reprochable, el cine de hecho está constituido de distintas políticas del encantamiento), ya que los personajes tangueros a los que se quiere aludir viven vidas un tanto más terrenales que las que se intenta sugerir. Es ahí donde se produce el desfasaje, el arquetipo, el estancamiento, la idealización, el mito.

Película que se construye a partir de un entrecruce entre elementos ficcionales y documentales. Cruce que Daniel Burak, el director, pareciera haber creído necesario, para dar cuenta de los múltiples inconvenientes que atravesaron la filmación misma. El director parece filmarse a sí mismo (papel representado por Boy Olmi), conflictuado, angustiado, sin ideas, franqueado por problemas para llevar adelante el proyecto de un documental sobre el mencionado bar tanguero, que van desde la muerte del mismo Chino, a la crisis económica y social (y política, claro) de fines del 2001 en Argentina. Para ello apela a ficcionalizar el mismo proceso de producción del (fallido) documental, dando cuenta de las complicaciones para llevarlo a cabo. Filmación de una filmación. Recurso complejo, que no logra poder desarrollar ninguna de las temáticas abordadas (el documental, y las complicaciones de filmarlo), y que pareciera ser usado más por propia falencia, que por el intento de develar la mirada subjetiva (y las complejidades objetivas y también subjetivas) que se esconde detrás de un film. La ficción no deja de caer en tópicos (lugares comunes), y las escenas documentales no permiten ser aprovechadas en su indudable interés emotivo. Para colmo, la pareja que intentan recrear Olmi (a tono, aunque en su acostumbrado look de eterno bohemio) y Jimena La Torre (siempre sobreactuando), no logra congeniar, ni ser creíble, no ayudados por una historia forzada, plagada de momentos esperables y sensibleros.

Publicada en Leedor el 16 de Octubre del 2003