Bailando en el cementerio

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Se percibe una algo de homenaje al género musical. Construido desde el anacronismo que prodiga la pareja protagonista (como anclada en los 50; amando, sintiendo, pensando, como si fueran personajes dibujados, arquetípicos de aquella época: tímidos, sumisos, reprimidos para con el amor, con la relación humana).

Comedia inglesa. De humor seco, sutil, ingenioso. Con actuaciones importantes (en especial la del ecléctico y genial Christopher Walken), pero que solo funciona (y que algo funcione no remite a excelencia), es creíble, hasta la última media hora. A partir de ahí se desmadra, con personajes que fueron delineados de una forma pero que terminan actuando de manera incoherente para con sus personalidades construidas.

Película de estereotipos evidentes: marido autoritario, poderoso, infiel, se escapa (groseramente, a la vista de todos) con su secretaria; esposa (Brenda Blethyn) buena (lindando la estupidez) que lo espera en el hogar y soporta humillaciones; cincuentón reprimido (Alfred Molina), que piensa desde hace 35 años en lo mismo, en ella, en la posibilidad que en aquel tiempo se le escapó para poder conquistarla; pueblo chico, hipócrita e impiadoso (se debe llegar al extremo -absurdo- de hacerse pasar por muerto para aspirar un cambio de vida) Esta explicitación del carácter estereotipado deja vislumbrar el pretendido tono satírico, farsesco de la historia.

El final es delirante -en extremo, improbable, innecesario-, y bondadoso, con personajes malos castigados, con los buenos y soñadores -antes sufrientes- felices, bailando en la cubierta de un crucero rumbo al caribe (aunque allí puede verse una grieta en el irónico estereotipo propuesto, fisurado ante una concepción de belleza y felicidad burguesa -caribe, crucero- no del todo reprendido)
Bailando en el cementerio no es más que una película eficiente, llevadera, aunque liviana, livianita. Como para verla una tarde en la que la vida nos sonríe, y uno puede tragarse (y divertirse con) cualquier cosa.

Sebastian Russo