Rocha que voa

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Glauber Rocha decía que hacía cine porque había imperialismo “si no, no lo haría . . .”. Este documental que su hijo Erik hace sobre la estadia de Glauber en Cuba es un obligado homenaje al director del Cinema Novo brasileño.
Y ALGO ME HACE PENSAR QUE TODO SE PUEDE CAMBIAR (1)

Por Armando D´Angelo

Este documental de Erik Rocha, hijo de Glauber a más de constituirse como un monumental y emotivo homenaje de la obra artística de su padre, contribuye a recordar un sueño trunco latinoamericano que allá por la década del 60 del siglo anterior intentó y estuvo cerca de construir una identidad propia para la región . . . una mirada independiente frente a la impuesta por el imperialismo hegemónico de turno.

Y entre la nostalgia y un renovado impulso de esperanza hacia el futuro transcurren las imágenes de lo relatado.
No fue ni es poca cosa desear ver al mundo desde nuestros propios ojos y necesidades entonces y hoy .
El arte cinematográfico de Glauber procuró eso. Por más que fue consciente que desde el cine no podía cambiar el mundo, encaró cada proyecto personal con un grado de dedicación, intensidad y libertad tal que al menos desde su idealismo sabía interiormente que en algo contribuiría para que la historia no se estancara nuevamente al menos en cuanto a la generación que a él le correspondía representar.
Y las ideas de cambio fueron brutalmente reprimidas; el sistema democrático burgués se interrumpió y fue reemplazado por dictaduras vistas con afecto y beneplácito desde el norte del continente y así nos fue y en circunstancias de dependencia crónica se encuentran en el 2000 las tierras latinoamericanas desde fines del 1400 cuando los europeos pusieron pie en ellas . ” . . .Desde entonces un pie que pisa fuerte nos aplasta. . .”
Lo que aparece como constante es una actitud expoliante e imperativa frente a nuestra naturaleza, nuestros habitantes y nuestra cultura; no respetan nada y tienen desde entonces una idea clara: “El lucro a cualquier costo”.
De esto se desprende por supuesto que: ” . . . el ojo del amo supo situar y sitúa como peligroso para sus intereses de sobrevivencia también a los intelectuales que en cada época intentaron resistir aunque sea desde las armas en que son diestros:” la creatividad “, una oposición al proyecto.
La política que se desarrolló desde entonces podría denominarla como de: “Tierra arrasada”. . .
No dudo que cuando dejemos de rendirles dividendos aceptables a su codicia buscarán otros horizontes para situarse, saciar su voracidad y repetir sus métodos agiornados desde algún discurso hipócrita o esquizofrénico pronunciado desde la voz de un político ignoto que transforman en figura popular dotándolo u entrenándolo en el arte de la oratoria y la dramatización y capaz de convertir la mentira en verdad.
Cada cita del espíritu creativo de su padre o de su consciencia política y social fue fundamentada en el film con imágenes de archivo: visuales y sonoras y testimonios de testigos presenciales que lo conocieron en esos años en que Cuba lo cobijó en su exilio forzado.
Inmediatamente vino a mí el deseo como simple espectador de gozar con un ciclo retrospectivo de toda su obra acompañado por la introducción explicativa de las circunstancias históricas que lo impulsaron a concretarlas.

Rocha que Voa(Rocha que vuela) no dudo que generará en los espectadores ese mismo deseo. Investigar y gozar nuevamente con la actitud de vida poética y política expresada por un hombre comprometido con su tiempo y su tierra natal y obligado a situarse a sí mismo y sus rollos de celuloide como tesoros para la memoria de un continente.
Lo que se intentó primero desde Cuba luego de la revolución y en Brasil un poco después allá por comienzos de la década del 60´ a través del Movimiento del Cinema Novo fue constituir una imagen y un lenguaje alternativo que no excluyera los temas sociales.
Glauber Rocha llegó a decir: “. . . Yo hago cine porque hay imperialismo si no, no lo haría . . .”.
La influencia del neorrealismo italiano es indiscutible en estas cinematografías contestatarias y lo muestra a Glauber como un director preocupado no sólo por la teoría sino por la estética.

Metafóricamente las olas del mar parecen representar en el documental la incansable voluntad del pueblo por expresar sus reclamos en las movilizaciones callejeras y la fuerza de un artista por contenerlas y liberarlas de la racionalidad burguesa (por cierto una cuenta pendiente aún en el pensamiento de los militantes civiles progresistas).
Glauber dio un paso más, situaba su cámara abierta para que el pueblo representara frente a ella y sin guiones predeterminados sus relaciones políticas.
Siempre le interesó la posibilidad de desarrollar al hombre íntegramente, si ello se diera estaba seguro que al mismo tiempo tendría el pueblo la oportunidad de ver la sociedad en su totalidad.
Pensaba a un albañil también como un generador potencial de conceptos filosóficos y que si no avanza en esa tendencia es por la deformación de un sistema que lo sectoraliza en un corral sin salida.

Por último me gustaría compartir con ustedes el recuerdo que Fernado Birri expresó sobre este bahiano (. . .” y tengan en cuenta que un bahiano no es un brasileño, es algo distinto. . .”): !Lo presentí siempre como un ser que me decía: ” . . .¡Sueñen con los ojos abiertos! . . . Encontré en él a un hombre que fue lo que dijo que era; me refiero a la autenticidad consigo mismo. . . amé su primitivismo, esa cosa no estudiada en la producción de sus films . . . Me encontré con alguien que no tenía moldes . . .”

No pierdan la oportunidad de tomar contacto con semejante personalidad; desde el afecto y reconocimiento de su hijo y desde tantos otros testimonios que en el film actualizan sus ideas y sueños.

Alejada del análisis político pero emparentada con lo que se siente desde el corazón, una mujer que lo reconoce como el amor y la experiencia más significativa de su vida dijo sobre él: ” . . . Lo recuerdo como un niño grande necesitado de afecto. . .”.

(1) Inspirado en el tema “Todo puede cambiar” del CD de Gabriala Perrone “Ubale” Sony Music Entertaiment Argentina S.A. (1983)

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