La mirada de los otros

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Woody Allen sigue propagandizado su propia imagen y sus más íntimas desventuras.
Intimidades de un film

por Armando D´Angelo

Woddy Allen actualiza en La Mirada de los otros esa postura satírica que nos habla sobre sus propias fobias personales como recurso para despertar en los espectadores que más conocen su historia una carcajada o un guiño cómplice y para las nuevas generaciones que mucho no lo conocen al menos una sonrisa.
Si algo podría decirse de él es que ha propagandizado mundialmente a través de los años y en sus films la imagen caricaturesca construida a partir de las íntimas desventuras que soporta en el transcurrir de su existencia al tomar contacto con el mundo.
Es un hombre urbano contemporáneo que ama sobre todo New York y París, que se sitúa casi resignadamente y absolutamente en las antípodas del modelo masculino aparentemente deseable en cuanto a su aspecto físico por las mujeres pero guardando bajo su manga la astucia y el ingenio para hacer frente a sus debilidades cuando el sistema o el deseo le exige respuestas urgentes.

Su poder radica en que es un artista, un director cinematográfico de culto sobre todas las cosas y un músico que eligió al clarinete como instrumento y al jazz de la década del 40´como la melodía a interpretar. Es un romántico empedernido que sabe apreciar y gozar el encuentro con las mujeres y esos pequeños instantes de reconocimiento frente a sus obras.

Woody se las arregló desde la toma de consciencia de sus aparentes debilidades primero y la traducción de ellas a un lenguaje artístico después como para figurar en la historia cinematográfica mundial y no creo que figurara dentro de sus prioridades convertirse en un personaje popular en algunos ambientes culturales o clases sociales. Ocurrió naturalmente, se identificaron con sus circunstancias y respuestas posibles.
En “La mirada de los otros” se sitúa desde la ficción como un director cinematográfico norteamericano en decadencia; ganó dos Oscars y está hoy filmando un comercial de desodorantes en medio de una tormenta de nieve en el norte de Canadá. Su ex mujer que por cierto nunca lo dejó de amar y que está rehaciendo su vida afectiva con un ejecutivo de una compañía cinematográfica tropieza con un guión al que siente como a la medida de la personalidad de su ex.
Pero hay un obstáculo por vencer, las mañas de la personalidad de un genio. Sus exigencias y gustos para armar el equipo técnico de la película que chocan con el presupuesto y sentido de realidad de los productores y lo más grave: su inestabilidad emocional y cómo la psicomatiza.

Woody lleva al extremo estas circunstancias y nos sitúa como simples espectadores en la trastienda de una mega producción de 60 millones de dólares.
Entremezcla el amor verdadero, la reconciliación filial y la lealtad frente a la Compañía y lo hace divertido.
Lo que se respira en su film es que él como director, sus actores y el conjunto de la producción están de vuelta. Han vivido todo y tienen la tranquilidad y falta de tensión como para ofrecer lo mejor de sí.
Desde la excusa para no quedar en bancarrota y perder la permanencia dentro de un sistema que prioriza el éxito comercial por sobre la ética, el film transcurre. Y nos introduce muy satírica y románticamente en las soluciones posibles para resolver el conflicto.
Pero además incorpora lo paradójicas que pueden resultar las opiniones de público y periodistas frente a una obra artística de la que desconocen sus intimidades.

Publicada en Leedor el 7 de agosto de 2003.