Chicago

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Encarar un intento de crítica sobre una película que detenta la mayor cantidad de nominaciones al Oscar. Exuberante y regocijante entretenimiento

Uno. (y en las categorías más importantes) para los premios más esperados de la cinematografía mundial (más allá
de las discusiones y diatribas que los Oscar originan, es torpe negar las expectativas y remuneraciones varias que generan), es una tarea que difícilmente se pueda enfrentar sin los condicionamientos que estos galardones crean. Trece nominaciones. Mejor película. Mejor director. Mejor actriz. Mejores actores secundarios. Mejor guión. Mejor montaje. Es innecesario decir que, estas nominaciones se hagan premios o no, estamos ante una de las mejores películas de la temporada 2002, al menos una de las más esperadas. Y estos no son datos menores a la hora de escribir sobre ella. El énfasis crítico se ve modelado indefectiblemente por las pasiones con la que se vitupera o enaltece una obra. Sino fuera así, creeríamos que existe la objetividad, el rigor pseduo científico para analizar creaciones que atañen al sentimiento humano, a la moral, al concepto de belleza. Y como esto no es así, no tendré reparos en verme atravesado por aquellos apasionamientos, e intentar, desde ellos, conformar mi propia idea, no menos apasionada. Hecha esta introducción me adentro en la frondosidad de uno de los hitos del espectáculo moderno, ahora en su versión fílmica.

Dos. Toda obra que traspone su universo original, su formato, su lógica inicial, carga consigo un karma. Mayor es éste sobrepeso cuando aquel origen tuvo el suceso suficiente como para traspasar idiomas, idiosincrasias, sin perder el aura de su éxito. La gente de Miramax y Rob Marshall encararon un arriesgado proyecto que de haber fracasado, hubiera sufrido achaques mucho más groseros que si se hubiese producido un filme de idea original. Es que se manipula el mito. Y el mito para seguir siéndolo debe permanecer en cierta medida inalterable, un algo debe repetirse, un algo debe perdurar, no hay mito que soporte un cambio abrupto de su lógica, de su esencia. Y el Chicago de Zeta-Jones, Gere y compañía, logra surgir desde el mito, jugar con él, deformarlo ingeniosamente, y volver a dejarlo en su intacto sitial, pero con renovada significación, ímpetu.

Tres. La historia es simple. Años veinte. Estados Unidos. El Chicago de la ley seca, de los cabarets, del jazz. Una bailarina y cantante famosa, Velma (una sorprendente Catherine Zeta-Jones), asesina de su esposo y de su amante, va a prisión. Allí se encuentra con Roxie (Renée Zellweger), aspirante a la fama y admiradora de Velma, que también ha matado a un hombre, justamente por haberla engañado en su sueño de ser primera figura. Entre ellas se suceden una alternancia de admiraciones mutuas, y una posterior y largamente esperada fusión de talento y belleza. Como nexo necesario e influyente entre estas dos personalidades arrolladoras aparece Billy Flynn (un correcto Richard Gere), un afamado abogado, que se reparte entre sus conquistas amorosas y su despiadado afán lucrativo.

Cuatro. Si hay algo claro en la propuesta de Rob Marshall, es que no le interesa centrarse en rebuscados giros argumentativos. Chicago apunta a la fascinación sensorial. Exuberante, colorida, hiperquinética, la obra engendrada por Marshall, pone deliberadamente el énfasis en el show cinematográfico, en el espectáculo visual y auditivo. Y desde esta combinación binaria genera lo que toda obra de arte anhela, la emoción, el compromiso casi corporal, adrenalínico del espectador. No se puede dejar de mover un pie, dejar de reír, dejar de mover el otro pie, al embarcarse en la experiencia Chicago. Desde una composición

musical brillante, y coreografías como solo Hollywood puede dispensar, el musical apabulla con su energía. Un género que parece estar viviendo en el nuevo siglo un esplendoroso rejuvenecimiento (recuérdense Moulin Rouge y 8 mujeres) El intelecto si bien no es convocado de forma recurrente, no deja de estar seducido por las ingeniosas letras de canciones, y por los intentos de críticas a varias de las instituciones sociales supuestamente más prestigiadas. Y digo intentos, y hablo de cierta corrección política al encarar temáticas que parecería “deben” encararse (corrupción, discriminación, falta de ética), pero que son tratadas de forma matizada, casi estetizadas. En concordancia, se percibe una cierta moral utilitarista, en el sentido de que aquellos temas indeseados para una sociedad “de bien” se ven fácilmente empañados por el estrellato, las luminarias, el reconocimiento social. Algo así como, “hay corrupción, hay esposos buenos a los que se puede engañar vilmente, pero el deseo por figurar en la efímera marquesina, todo lo puede”.

Cinco. Histriónica, impetuosa, regocijante, Chicago apuesta a los sentidos y acierta. El mito queda a salvo, y enardecido. Ganará, no ganará, a quién le importa.

Sebastian Russo
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Estrenada el 6 de marzo del 2003