La parte del temblor

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De su vasta biblioteca y en una apuesta por afianzar su respetado esteticismo, Alberto Félix Alberto ahonda en el conflicto humano de la edad y de las expectativas de felicidad, recortando su mirada en la sucesión de noches y días de un oscuro añoso cliente de una singular casa de citas. La parte del temblor fue su obra 2003.Alberto Félix Alberto, Entre Fantasmas y Temblores

Por Armando Capalbo

Aunque desconocemos el relato de Yasunari Kawabata, de la vasta biblioteca de Alberto Félix Alberto surge una recuperación esencialista no sólo del material literario sino también de su propia estética teatral, que hemos disfrutado a lo largo de los últimos años.

En una apuesta por afianzar su respetado esteticismo, el director ahonda ahora en el conflicto humano de la edad y de las expectativas de felicidad, recortando su mirada en la sucesión de noches y días de un oscuro añoso cliente de una singular casa de citas. Los caballeros que visitan el lugar se contentan con compartir el lecho junto a jóvenes y bellas durmientes, es decir, reducen toda pulsión erótica a la contemplación y al compañerismo ocasional de las sábanas.

Esta sucesión se estructura a partir de fragmentos muy semejantes entre sí, a la manera típica de avance en una obra de Alberto, pero también va proponiendo un crescendo que se nutre del contraste entre la pasividad del anciano y la voracidad erótica de “la mujer inolvidable”, el “hombre joven”, y la “dueña”. Si bien el personaje de María Alejandra Figueroa lleva a cabo un figurativo coito con el “hombre viejo” -un momento memorable de la actriz-, este incidente no hace sino subrayar la pasiva y fláccida melancolía del anciano quien percibe, al cruzarse con la mirada de las jóvenes cuyas camas visita, como en un espejo, su propia e insoslayable proximidad con la muerte.

Más esencial que En los Zaguanes Angeles Muertos, o que en La Pasajera, dos relatos del tránsito vital hacia la muerte, La Parte del Temblor se inmiscuye en sensibilidades y territorios inhóspitos en los que la atracción erotanática se cruza con la impasible abulia de lo cotidiano, en una añoranza por el perdido vitalismo, por el ajado y olvidado esplendor de la juventud. Alberto aprovecha esta hebra temática para estilizar una imagen entre irónica y poética que apuesta a recrear una pintura de lo pesadillesco, lo abismal, como si la imagen del espejo fuera la verdadera realidad, tan a la vez bella y desagradable. Esta visita a la cultura japonesa, descubre en realidad la intención de Alberto de posicionarse una vez más en los márgenes de la explosión realista contemporánea, para invitar al lector a un viaje dantesco por el interior de sí mismo, por la poesía de los momentos íntimos y por la conciencia vigorosa de la finitud. En el instante final, cuando los dos hombres desnudos comparte una misma cama, se unen el fantasma del pasado y el temblor del presente.

Nota gentileza de El Menú de Buenos Aires

Publicado el 12-7-2003