La hora 25

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“La película cuenta el último día en libertad de un narcotraficante que ha sido condenado a prisión y que decide
antes despedirse de sus viejos amigos y descubrir quien lo ha traicionado”


El último café

“La película cuenta el último día en libertad de un narcotraficante que ha sido condenado a prisión y que decide
antes despedirse de sus viejos amigos y descubrir quien lo ha traicionado”

Uno. En un relato aparentemente lineal (una especie de cuenta regresiva), en el que siempre se sabe lo que va a pasar, y que finalmente pasa, el atractivo de La hora 25 (última película de Spike Lee -Haz lo correcto, Malcom X-) está en los obstáculos que el protagonista (Edward Norton) debe trasvasar hasta llegar al previsible final de la historia.

Dos. El director engendra una película con un halo de sutil extrañeza, que deja puertas abiertas a significaciones variadas. Norton es el actor ideal para este film. Tiene una peculiar característica de ser un tipo común que actúa de forma escueta, sobria pero que deja un algo ininteligible, indescifrable, que lo aparta de la intrascendencia. Personifica a un narcotraficante, poco creíble como jefe de banda, ingenuo, aniñado, demasiado reflexivo. Su conservadurismo, atado a conceptos como familia, raza y patria, lo acercan al estereotipo del yanqui bushiano. Desligado de la conflictividad social, sabedor (creedor) de que hay alguien que se ocupa de ello, individualista. Spike Lee pareciera querer encarar algún tipo de caracterización del neoyorquino prototípico, otorgando una desconcertante mezcla de crítica y loas al estilo de vida norteamericano, a través de una tensa convivencia entre grupos diversos, siempre al borde del estallido.

Tres. Hay una escena clave, al menos shockeante (al menos eso es lo que pareciera Lee buscó que fuera): el monólogo del protagonista frente al espejo en el baño de un bar. Momento de desmadre (del personaje, de la película). Comienza con un esperable discurso fascista, insultando a aquellos que “invaden” y “ensucian” la patria, los negros, los homosexuales, los árabes, los vagos, pero sigue, y el improperio se desparrama hacia los políticos, hacia Bush, hacia las empresas millonarias, hacia el doble discurso yanqui, su moralina, hacia los norteamericanos en general, llegando a insultarse él mismo, y así, a la humanidad toda. Curiosa, desmedida, inconexa escena, que se liga a esa borrosa inteligibilidad a la que Lee apela.

Cuatro. Las escenas se repiten, recurso que es utilizado contadas veces, y que le otorga un plus significativo particularmente a los encuentros entre personas: los abrazos se dan dos veces, se repite el mismo abrazo. El director juega, hace notar su mano, moldea el habitual transcurrir cinematográfico con efectos que denotan su impronta, sin sutilezas. Falta de matices que se evidencia también en su particular forma de evocar el fatal 11 de septiembre (mundialmente fatídico, vía libre al imperialismo mediante). De repente, de la ficción salta a imágenes pseudo documentalistas de las ruinas de las torres gemelas, incluso sin demasiada relación con la historia que se viene contando. Intransigencia, rudeza, pocas concesiones a supuestas lógicas argumentativas en mostrar lo que quiere mostrar: Spike Lee es el director, es su película, y se preocupa por destacarlo. Su sentimentalismo patriótico no da lugar a ironías,

complejizando sugestivamente una postura poco habitual en épocas de correcciones políticas.

Sebastián Russo
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Estrenada el 1 de Mayo del 2003