Ararat

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Ararat intenta un relato dramático, de denuncia, que pugna por mantener memoria sobre hechos atroces, y de desentrañar el odio humano, pero no logra despegarse de formas estereotipadasGenocidio a la hora de la siesta

Uno. Esta película produce una sensación de un algo distorsionado en lo que se refiere al entendimiento pleno de la misma. Relata las peripecias de una filmación que trata de dar cuenta del genocidio armenio perpetrado por los turcos a
comienzos del siglo XX. Pero ese contar una historia (parámetro elemental de toda ficción) desde otra construcción ficcional (película de película, representación de representación), deja deslizar cierta mirada simplista, prefabricada, con licencia de rigor histórico, del virtual contexto fidedigno del que intenta dar cuenta. Como si este mecanismo (ficción de ficción) fuera utilizado como una estrategia para pronunciar sutilmente un determinado discurso. Haciendo hablar a los personajes como se hubiera deseado hablar, pero que hubiera sido demasiado explícito, demasiado obvio, fácilmente reprochable, refutable, hacerlo desde la simple representación (aquí se juega a la doble representación). De hecho, por momentos, se narra la historia del exterminio armenio como un cuento: lineal, causalista, emotivamente. Se narra desde los armenios, desde el dolor, el odio armenio, y eso, dificulta la comprensión, la ligazón profunda, estrecha con la historia, más allá de compartir dramáticos pesares, y estremecerse con atrocidades relatadas. La demonización no es una buena caracterización para comprender sucesos, es más bien todo lo contrario, ayuda a ocultar las relaciones humanas, la conflictividad social. Dar cuenta de un otro deshumanizado, impide el propio reconocimiento. Facilita la mirada superficial, intuitiva, instantánea, y por tanto fácilmente errónea, falaz, estrecha.

Dos. Existe un momento en el que, de manera explicita, se traslada el conflicto de los armenios con los turcos, a su forma más universalista, menos histórica: como resulta la pregunta por el odio. El protagonista (uno de ellos) se interroga a sí mismo en búsqueda de una respuesta que desentrañe el por qué de tanto odio de los turcos a los armenios para llevarlos a cometer, no solo el exterminio, sino las torturas, violaciones y vejaciones a las que los sometieron. Pregunta, que también subyace al exterminio judío, al genocidio argentino, y a las guerras de hoy y ayer. Y que no tiene sino una respuesta política, ideológica, ligada al poder, que da cuenta de formas estratégicas de conquista y perpetuación del poder. Una respuesta, que si no se la contextualiza históricamente, si no se la interpreta desde la condición humana (de poder, de dominación, y odio, pero como un elemento más, estratégico), se corre el riesgo de no escapar a la misma lógica que se intenta criticar. El demonizar, en este sentido, no hace más que deshumanizar, despolitizar, naturalizar una situación, claramente no natural, política, y propia de la condición humana.

Tres. Esta distorsión en el entendimiento acerca de la moralidad que subyace dicha mirada del genocidio armenio, está acompañada por otra complejización, pero gratificante, productiva, y tiene que ver con formas argumentativas, maneras de mostrar las cosas (cine, bah). Por ejemplo la pluralidad de voces que narran la historia es un rasgo sumamente interesante. Diferencias sincrónicas y en cuanto al sentido de realidad, hacen que esta diversidad de voces conforme un relato denso, enriquecido. Hay un eje principal, fácil de describir, pero hay una multiplicidad de miradas que lo atraviesan de diversas maneras, las cuáles intentan otorgarle una sugestiva complejidad significativa. Dicho enriquecimiento, de todas formas, no queda reflejado decisivamente, solo se percibe, se atisba. Ya que la mirada propuesta, si bien se intenta diversificarla, permanece estanca, única, preponderante, ya que tal fragmentación solo logra ser formal, decorativa. Charles Aznavour es el director de la supuesta película que se filma, y su figura resalta, aunque no más allá de la curiosidad de ver al veterano cantante francés en pantalla. Y la banda de sonido acompaña pegajosamente el dramatismo escénico, característica heredada del peor Hollywood.

Cuatro. Ararat intenta un relato dramático, de denuncia, que pugna por mantener memoria sobre hechos atroces, y de desentrañar el odio humano, pero no logra despegarse de formas estereotipadas, y por tanto poco constructivas para tales importantes y necesarias tareas.

Sebastián Russo
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