Dulce y melancólico

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Lejos del virtuosismo de Zelig o de la visión nostálgica de Días de radio o de las situaciones desmedidas de Disparos sobre Broadway, para elegir las películas que se acercan en recreación de época, Dulce y melancólico está en una escala otoñal de un director que todavía necesita seguir hablando de sí mismo.
Por Alejandra Portela

¿Hace cuántos años que hablamos de las obsesiones de Woody Allen?. Enumerarlas sería repetir lo de siempre: un mundo creativo introspectivo poblado de referencias personales, gustos, disgustos, filosofías propias. Con una película por año, sabemos más de Woody Allen que de nuestra madre. Estamos en terreno conocido.
Se insiste con que Dulce y melancólico tiene un formato documental; se podría decir mejor que lo que tiene es un espíritu de documentar una vida. La biografía parcial y apócrifa de un tal Emmet Ray, un virtuoso de la guitarra de los años ´30 es narrada por los testimonios a cámara de gente calificada: el propio Allen, Ben Duncan, autor del libro The jazz life o el director de cine Douglas McGrath van recreando algunos episodios “fundantes” de la vida artística del tal Ray, un egocéntrico y pedante jazzista cuyo único modelo es el gitano Dyango Reinhardt, presente durante toda la película como un dios omnipotente y poderoso.

Emmet Ray no es un modelo de hombre, aunque sí “un genio de la guitarra” (una cosa excluye tajantemente a la otra), pero cuando conoce a Hattie la triste lavandera, pequeñita e inofensiva, que además es muda, qué otra cosa mejor le podría pasar, sin compromisos y sobre todo sin los consabidos reproches femeninos, Hattie no pide nada, sólo da. Y su dulzura, a la que alude el título, contrasta con la grosería y egomanía del “segundo gran guitarrista del mundo”.

Una segunda mujer, con manía de escritora termina casándose con Ray probablemente con el único fin de saber “qué siente cuándo toca la guitarra” o “qué es lo que piensa en el momento de tocar”. El episodio de la gasolinería con el marido engañado que descubre a los amantes yuxtapone distintas opiniones de los testimonios pero no se pone de acuerdo en la verdad. ¿Será que a medida que avanzamos en la vida de nuestro apócrifo personaje las cosas se van poniendo más oscuras?. Probablemente, es la única secuencia que tiene este tratamiento de repetición y trabajo del punto de vista, lo cual descoloca un poco por el tono con el que la historia venía siendo narrada.

En realidad, la película no se aleja del tipo de films sobre músicos que recorren los bares y hoteles sin un céntimo buscando la copa de whisky o la chica fácil. Gana eso sí, en salteados momentos hilarantes como la escena de la luna de cartón dorado o el making off de la película sobre Egipto. Y gana fundamentalmente en algo que a Allen nunca le salió mal: una exacta elección de sus actores para el diseño de los personajes que, aunque grotescos y al límite, son tan creíbles como un escarbadiente en las manos.

Lejos del virtuosismo de Zelig o de la visión nostálgica de Días de radio o de las situaciones desmedidas de Disparos sobre Broadway, para elegir las películas que se acercan en recreación de época, Dulce y melancólico está en una escala otoñal de un director que todavía necesita seguir hablando de sí mismo. El ego de Allen es el ego de Ray, la mudez de Hattie es la del público que acepta y asiente, y no se cansa de dar, una especie de capricho hecho de taquito, esta vez para hablar de esa música tan personal.