Miel para Oshun

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los mismos términos de estereotipación provengan de la misma cultura la cual los sufre, es un hecho triste, preocupante. melodrama risible, triste

Uno. Que se quieran simplificar las idiosincrasias de las sociedades latinoamericanas, bajo el estereotipo del “latino”, efusivo, sentimental, desordenado, no muy afecto al trabajo, musical, de sangre caliente, desde otras culturas, puede ser visto como un procedimiento conceptual habitual de distinción entre diferentes formas de entender la realidad. Habitual, sin dejar de ser reprochable. Pero que los mismos términos de estereotipación provengan de la misma cultura la cual los sufre, es un hecho triste, preocupante. Conviniendo que toda acción homogeinizadora, de volver uniformes a través de unos pocos atributos a todos los miembros de una misma sociedad, está relacionada con una actitud simplificadora que poco tiene que ver con un avistaje de una realidad, que se presenta siempre compleja, rica, llena de matices, el estereotipo es un elemento poco feliz para entender algo sobre la esencia del hombre, de la humanidad. Y que en muchas ocasiones, forma parte de turbios entramados por los cuales el poder controla, dirige, encasillando, moldeando. Miel para Oshun, en este sentido, no es más que la reproducción de esa moldura por la cual el “latino” es prefabricado, y lo triste, lo preocupante, es que está realizada por un latino, un cubano (la curiosidad, el pesimismo, aumentan) No solo así creen -dicen- que los latinos son, sino que los mismos latinos creen -y dicen- que así son.

Dos. Y no es que esté mal ser efusivo, ni sentimental, ni melodramático, ni mucho menos ser adepto a la música y los placeres mundanos, el conflicto aparece cuando esta mirada se hace repetitiva, agobiante, encarnada, única. Roberto (Jorge Perrugoría, uno de los fieles exponentes de lo que -se dice, se cree- es el “latino”; una deformación sin alma de Antonio Banderas -y no es que este tuviera tanta de aquella, digo, de alma-) vuelve a Cuba en busca de su madre, luego que su padre, treinta y dos años antes, lo había intentado “salvar” de la Cuba comunista llevándoselo a los EEUU, y haciéndole creer que ella lo había abandonando quedándose en la isla. Y lo que Roberto encuentra a su regreso es, además de una prima (que lo acompañará hasta el cansancio en la obsesiva búsqueda de su madre) y un chofer de taxi (que se encarga de darle una desfasada cuota de humor a la película), una Cuba esencialmente pintoresca. Sus habitantes son -transformados en- pintorescos (malos extras, exagerados, obvios), los paisajes están encarados desde su perspectiva pintoresca (con mirada de turista, asombrada, inquieta, fotográfica, ajena), las escenas son pintorescas (un montón de gente por las calles detrás de un ladrón de bicicletas, un niño bajando cocos de cocoteros y ofreciéndolos a quien pase por el medio de la selva ¿?, y más) El resultado: una mirada pintoreiquista, irreal, estereotipada, en suma, apolítica, de Cuba y los cubanos, de Latinoamérica y los “latinos”.

Tres. El relato, la historia tampoco logra salvarse en esta especie de road-movie melodramático y telenovelero (género, la telenovela, donde los estereotipos reverberan insistentes) Lineal, de una sencillez desquiciada, superficial, liviana, políticamente apacible (explícito rasgo de su apoliticidad) El director ni siquiera escapa al redundante recurso
de acompañar con música excesivamente adecuada (disciplinada, esperada) cada una de las escenas. Momento dramático, música dramática… y así. Y esta característica podría ser tomada como una metáfora general que muestra lo prescindible que esta película resulta.

Cuatro. Miel para Oshun es la primera película cubana filmada con tecnología digital. Y fue dirigida por uno de los más destacados y prolíficos directores cubanos, incluso autor de un clásico en la filmografía latinoamericana, Lucía (1968), Humberto Solás, pero que en ésta oportunidad ha quedado lejos de lo que alguna vez supo ser, y parecería quiso ser: un director latinoamericano, contando historias latinoamericanas, con mirada latinoamericana.

Sebastian Russo
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Estrenada el 27 de febrero del 2003