Cazador de Sueños

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Desconcertante film de Kasdan.Indefendible

Cazador de Sueños es una película desconcertante. Y toda una desilusión. Y esto va más allá de la promesa de gran espectáculo tácita de todo tanque que se precie facturado en el mismísimo seno del mainstream; aunque a decir verdad esto último sea una constante en el setenta por ciento aproximadamente de este tipo de productos que nunca están a la altura de las expectativas que generan en el espectador, sea este pochoclero o cinéfilo a ultranza. Particularmente, para quién escribe estas líneas, el desencanto hacia esta cinta parte específicamente por el trabajo realizado detrás de cámaras por el realizador Lawrence Kasdan, de sobrados pergaminos de idoneidad en Silverado (1985), Quiero Decirte que te Amo (French Kiss, 1995) y Mumford (1999); y de laureles ganados en Reencuentro (1983), Un tropiezo llamado amor (The accidental tourist, 1988) y El Corazón de la Ciudad (Grand Canyon, 1992). El director que supo tomar sus riesgos en Te amaré hasta matarte (1993) y en Wyatt Earp (1994) -cayendo parado en la primera y de jeta en la segunda- eligió adaptar una de las últimas novelas de esa usina literaria que es el best seller Stephen King, precisamente un material no muy celebrado por la crítica y el público. Fans incluidos.

En Dreamcatcher, el autor de La Zona Muerta realiza un mix de personajes y situaciones ya abordados en publicaciones anteriores suyas transpuestas al cine y a la televisión. Una vez más aparece una pandilla de amigos pre adolescentes de camaradería incondicional como en Cuenta Conmigo (Rob Reiner, 1987), que de adultos vuelven a juntarse para combatir con algo sobrenatural de lo que ya se habían anoticiado durante su infancia -recordar It, la miniserie que convirtió en estrella a Tim Curry gracias a su interpretación de Pennywise- que no es ni más ni menos que el viejo y conocido plan alienígena de invadir el planeta usurpando cuerpo y voluntad de seres humanos -por favor, que alguien me escriba a mi mail y confiese que también se clavó viendo el video con Jimmy Smits de Tommyknockers-. El kilométrico original de King podrá resolver todo lo planteado en sus páginas; algo en lo que Kasdan con William Goldman fallan al adaptar el guión para el celuloide, dejando numerosos cabos sueltos y sumando hipótesis tan ridículas como disparatadas que conspiraban contra todo atisbo de verosimilitud. Lo fantástico, de un tono excesivamente naif, es difícil de digerir; mientras que todo lo referido al conflicto militar es inadmisible. Más allá del pretencioso homenaje al Alien de Ridley Scott.

Mucho termina siendo menos en este caso y es una lástima que el Cazador de Sueños como resumen concluya siendo solo una buena idea, un puñado de escenas bien jugadas y cuatro interpretaciones para recordar. Porque el vuelco de la pick up en la nieve, los archivos de la memoria del cerebro de Jonesy y el electrizante final, sumados solo arañan diez minutos dentro de las más de dos horas de proyección donde la truculencia y la rutina reinan mientras que el coqueteo con el gore no alcanza. El psicólogo de Thomas Jane -con los años, más parecido a Christopher Lambert, eso sí, mucho mejor actor que el Highlander- el anteojudo del siempre notable Jason Lee, un Donnie Wahlberg que vuelve a sorprender en esta oportunidad como el Duddits adulto y la revelación del actor inglés Damian Lewis jugando con su esquizofrenia sui generis logran el segundo logo de la calificación para que esta crítica solo dictamine a Dreamcatcher como regular y no como mala. Menos suerte corren los experimentados Tom Sizemore y Morgan Freeman con sus militares estereotipados: el primero jugando a ser el mismo G.I. Joe de Rescatando al Soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998) y La Caída del Halcón Negro (2001); el segundo haciendo del milico antagonista de su personaje – cuando el pertenecía al bando de los buenos – que realizara Donald Sutherland en Epidemia (Wolfgang Petersen, 1995). Ni siquiera la nostalgia en el guiño hacia Scooby Doo alcanza y eso hace que este film de Lawrence Kasdan sea francamente indefendible.

Leo A. Oyola
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