La gran película de Piglet

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Uno. Piglet es un chanchito, chiquitito, chiquitito. Sus amiguitos, entre ellos los afamados Winnie Pooh y Tigger, lo quieren pero no lo consideran demasiado. Por su escaso tamaño lo creen prescindible al menos para las tareas de recolección de la preciada miel. Tan mal se siente el pequeñín que decide alejarse de sus amigos.
Chancho acomplejado

Uno. Piglet es un chanchito, chiquitito, chiquitito. Sus amiguitos, entre ellos los afamados Winnie Pooh y Tigger, lo quieren pero no lo consideran demasiado. Por su escaso tamaño lo creen prescindible al menos para las tareas de recolección de la preciada miel. Tan mal se siente el pequeñín que decide alejarse de sus amigos. Estos al
percatarse de su ausencia, deciden ir a buscarlo, y para ello usan una especie de diario personal de aquel creyendo poder encontrar allí alguna pista que los guié hasta el acomplejado chanchito. Además de encaminarlos por diferentes lugares, el diario les hace ver lo mucho que habían despreciado a su amiguito, y lo heroico que este fue en contadas ocasiones. Al final lo encuentran, viven un par de peripecias más, y la película termina (todos abrazados y bailando, claro).

Dos. Esto que acabo de relatar es lo que más o menos pasa en esta película. Al menos es lo que rápidamente uno puede contar de la historia que se narra. Pero sucede que no todo lo que se explicita, lo que puede verse abiertamente, es todo lo que realmente pasa, en cine, y digamos, en la vida. Y es justamente allí donde se encuentra la riqueza del séptimo arte, o del arte en general. En lo connotado, lo sugerido, lo implícito. Y en la múltiples interpretaciones que esto genera. Por ejemplo, a mí se me ocurre hacer un paralelismo entre Winnie Pooh y el mito del Buen Cristiano. Su vida parece estar exclusivamente en función de la ayuda al prójimo (más allá de una gula que lo ciega -no es jesucristo tampoco, peca-) También se me ocurre comparar el terror que le genera a Pooh, Tigger y compañía la presencia de Cangu (una cangura que decide habitar pacíficamente las tierras donde viven aquellos), con el diseminado temor al otro cultural imperante en el mundo hoy. De hecho lo que primero piensan ante la llegada de la extranjera es que viene a quitarles su tierra, y manifiestan temblorosos que seguramente sea un feroz ser, sin siquiera intentar acercársele y conocerla. Incluso deciden arrebatarle a su hijo cangurito, y exigirle que abandone esas tierras a cambio de la vida de aquel, un secuestro extorsivo que le dicen. Curiosa forma de entablar relación con una nueva vecina. No es menos sugestiva la obsesión de todos los personajes por erigirse en héroes. Se lucha encarnizadamente por el reconocimiento, por mostrarse el más útil, el más bondadoso, el más valiente. Existe en todos una necesidad exacerbada por ser reconocido por el otro. Llamativamente hay
ausencia de figuras paternas en la historia, lo que podría dar cuenta, haciendo psicología de bar, de tal necesidad de contar con un padre que reconozca y libere. Lo que sí hay es madres, al menos una, Cangu, y canta: “La intuición materna es cocinar, cuidar a los hijos y organizar la casa” (si Simone de Beauvoir viviera, en ésta parte lloraría).

Tres. Y la película se centra en Piglet, y en su complejo de inferioridad. Él cree que nadie lo quiere porque es chiquito de tamaño, porque no es grande. Y es verdad, a priori lo discriminan por sus dimensiones corporales, aunque a posteriori (con esfuerzo, después de tragarse todo el diario personal de Piglet) se dan cuanta que su amiguito es requetebueno, y que el tamaño no tiene mayor importancia. Ese es el preciso instante en que comienzan a abrazarse y bailar.

Sebastián Russo
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Estrenada el 10 de Abril del 2003