El alquimista impaciente

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La delicadeza y artesanía conque Ferreira va construyendo la intriga, en algunos pasajes termina jugando en contra de la consistencia narrativa, aunque termina por constituirse como la característica, la marca personal, que imprime la directora. Paciencia

Uno. Uno de los objetivos de los alquimistas era encontrar la pócima de la eterna juventud. En términos materiales, las doctrinas y experimentos de las que se
aferraban estaban ligadas a las transmutaciones de la materia, pretendiendo convertir los metales en oro. En términos espirituales, la búsqueda de la piedra filosofal, de la sublimación. Estos procesos, el tangible y el filosófico, evidentemente llevaban su tiempo, por tanto, la paciencia era una de las virtudes con la que debía contar un alquimista, de no ser así, se convertiría en un alquimista impaciente, y a lo sumo se escribiría algún libro, o filmaría una película con su historia, pero de la eterna juventud, ni noticias.

Dos. El alquimista impaciente, la última película de Patricia Ferreira, se basa en el libro homónimo de Lorenzo Silva, ganador de algunos premios. Y sinceramente cuesta encontrar aquella figura del impaciente alquimista, si no fuera por la acotación final de uno de los personajes que finalmente da cuenta de a quién se lo identifica con dicha curiosa caracterización. Y resulta algo forzado. Lo poco que hay de impaciencia se le puede atribuir al posible espectador, que ansioso esperará que por fin pase algo. La delicadeza y artesanía conque Ferreira va construyendo la intriga, en algunos pasajes termina jugando en contra de la consistencia narrativa, aunque termina por constituirse como la característica, la marca personal, que imprime la directora. Pareciese encarada desde el tópico de película de género: policial, con sus particularidades clásicas, intriga, suspenso, incluso música que connota misterio. A la vez esa misma construcción del relato, lenta, detallada, como un rompecabezas, se inscribe en esa impronta genérica. Los elementos parecen estar, pero algo falla, y el suspenso no llega.

Tres. Quizás sea por su estética indefinida, que complejiza la recepción, y dificulta el engranaje de aquel pretendido policial de suspenso al que aparentemente se apela. Aunque la clave de tal confusión creo se debe buscar en su protagonista. Roberto Enríquez interpreta a Bevilaqcua, un frustrado psicólogo que trabaja de investigador policial, a su pesar, y que arrastra una pesada carga de resentimiento y represiones. Desapasionado, mediocre, aunque engreído y jactancioso, Bevilacqua le imprime al film su cadenciosa y abúlica forma de ser. Su escasa pulsión vital (en contraposición al personaje que interpreta Ingrid Rubio, vibrante, enérgico) hace que la película se empaste, se vuelva poco fluida, poco vigorosa. Existe, pues, una incongruencia entre la

historia que se trata de relatar, y el protagonista elegido para dicha historia. Inconveniencia que otorga un particular atractivo al relato, pero que no basta para hacerlo interesante (más allá de la siempre notable -aunque siempre afectada- interpretación de Miguel Angel Solá, como un perverso y seductor millonario, con un llamativo look Foucault).

Cuatro. El alquimista impaciente resulta un espectáculo no demasiado atrayente para ver en cine, aunque quizás sí propicio para una noche de sábado, en la camita, palomitas de maíz en mano, y agradable compañía cerca, digo, por si la paciencia se agota.

Sebastián Russo
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Estrenada el 10 de abril del 2003