Leopoldo Brizuela

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Elena Bisso nos devela lo poético en la obra del platense Leopoldo Brizuela.Una luna de fuego en el fondo del tiempo. Historia y poesía en los relatos de Leopoldo Brizuela.

Por Elena Bisso

A medida que avanzaba en la lectura de “Los que llegamos más lejos” de Leopoldo Brizuela, encontré lo poético, esa sorpresa que nos depara la palabra y la imagen en su efecto enigmático.

Aristóteles decía que “lo imposible verosímil es preferible a lo posible increíble”, y rescató el valor de los poetas del destierro platónico. La intención del poeta, en relación a las palabras, es lo estético, pero también un poeta sabe muy bien que puede merodear cierta verdad.

Aristóteles equipara al poeta con el historiador. Y en este libro, se tejen esos dos campos, precisamente. También podemos universalizar que
cada poeta se encuentra con lo poético de un modo impensado. Leopoldo Brizuela cuenta en un reportaje que Ceferino Namuncurá no llamaba su atención hasta que comprara por cincuenta centavos para ocupar su viaje con una lectura, un extenso poema a causa del que terminó resultando su último libro. Se trataba de “El santito Ceferino Namuncurá“, de José Luis Castiñeira de Dios, hallado en una librería de viejo de la Avenida de Mayo, a fines de 1995.

Brizuela cuenta esta anécdota, la hace pública, coherente con su trabajo “Cómo se escribe un cuento“. Y quienes coordinamos talleres de lectura, bien podemos reconocer que ese libro que ya tiene más de diez años, es una magnífica herramienta de difusión para el difícil arte de narrar y nos orienta para leer críticamente.

Cuando menciono lo poético de su último libro, aludo, por ejemplo, a:

“En el último momento de sus vidas, cuando ya legaron el fuego y cierran los ojos, los foguistas vuelven a ver esa luna de fuego, tatuada en la noche de sus párpados. Reina en el cielo de su muerte y alza, desde el fondo del tiempo, la marea final.”
“El viento, el viento, el viento. Si vinieras hasta aquí, sólo tendrías ojos para la tempestad de polvo y retemblor en que convierte la noche”
“Ah, que nadie me mire, ni ellos, los únicos que podrían comprender. No lloro por ella, ni por todo lo que odio. Lloro por mí. Lloro ahora que sé lo que he perdido”

También se deslizan los avatares del proceso de escritura en la misma narración:
“Y en efecto, ese renguear ansioso de la india, su andar sin rumbo en la espera de que una nueva comitiva venga a castigar lo que no pudo reprimir el centinela, son las palabras que prosiguen contándome esta historia”
El autor tiene a sus personajes que lo llevan por la historia, o se deja llevar por lo que le dictan las imágenes en la historia, le cuentan aquello que puede verse del iceberg, al modo en que Hemingway refería al cálculo en la composición de “El viejo y el mar”, el resto de la montaña de hielo silencia lo que fundamenta la obra total. Hay un silencio estructurante para el autor, que el lector advertido tal vez pueda ponderar, cuando experimenta la coherencia interna en el edificio de la obra.

Brizuela es un escritor joven, nacido en “La ciudad geométrica”, La Plata, en 1963. En este libro también está la sorpresa de una narrativa dinámica y actual, un modo de hacer con la literatura que resulta, también, de su práctica integrada de poesía, docencia formal y informal, cuento, novela, traducciones y artículos en Clarín y La Nación. Uno de ellos, “Cuando hemos perdido todo” publicado en nuestro país el 06.06.2002 en Clarin, en días invernales e infernales, me recuerda acerca de esas ciertas verdades de contundente actualidad:
“En verdad, escribo estas vivencias y me doy cuenta de que en medio de la tragedia aprendimos a aprender de todo y de todos: y que el cuidado de una planta o un animal, de pronto tanto menos frágiles que nosotros, o la escritura de una novela, tanto más espaciosa y acogedora que nuestra propia vida, me han enseñado mucho sobre el tiempo, en estos meses que he vivido con la intensidad de los muy viejos, incapaz de concebir la idea del futuro.

Por eso, contra esa obligación “políticamente correcta” de estar tristes, me parece urgente contraponer esta evidencia, obvia desde siempre en todas las militancias, aun -y acaso especialmente- en las que surgen como respuesta a una las tragedias más horrendas; esa evidencia obvia, digo, en el increíble fenómeno de las asambleas populares o del movimiento piquetero: el dolor, en lo que tiene de verdad, abre camino siempre a la belleza, “porque la belleza es verdad, la verdad es belleza y nada más importa saber sobre la tierra”. Más aún: el dolor exige convivir con la alegría, nunca con la tristeza, que es negación y muerte. La alegría de crear, la alegría de servir, la alegría de saberse útiles.”

Publicado el 22-03-2003

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