Amor a Segunda Vista

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Resulta una pérdida de tiempo mayúscula ponerse a escribir una crítica sobre un film tan rutinario, previsible y tan apegado a la receta más utilizada en la comedia romántica desde que se incursionó en ella. Resulta una pérdida de tiempo mayúscula ponerse a escribir una crítica sobre un film tan rutinario, previsible y tan apegado a la receta más utilizada en la comedia romántica desde que se incursionó en ella. Se sabe que es una cuestión de física por la que los opuestos se atraen, sin embargo pasa por la química que las parejas sean creíbles en la pantalla grande o no; contagiando la vivencia del eco propia de su historia, la que estamos presenciando -o sufriendo- como testigos pasivos en condición de espectadores. Juntar a la heroína del género con el galán por antonomasia es una apuesta sobre seguro por parte del mainstream. Claro que Marc Lawrence detrás de cámaras no es el Roger Michell de Notting Hill, una comedia chiquita, efectiva y placentera. Amor a Segunda Vista no la pega al incurrir al cada vez más aceptado humor escastológico que no es para nada bienvenido en sus imágenes: ¿era necesario ver a nuestra damisela -y perdón por el exabrupto pero no hay otra forma de graficarlo- cagándose encima y tirándose sonoros pedos? Por eso pasada la mitad también juegan con el eficaz slapstick para arrancar alguna carcajada como la de la escena del partido de tennis donde la tercera en discordia, de otro tipo de belleza que se eclipsa por sus pérfidas intensiones para no opacar a la cenicienta protagonista.

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Aquí es donde entran los principales intérpretes de la muy floja Two Weeks Notice. Tanto Hugh Grant como Sandra Bullock lo peor que pueden hacer es repetirse sistemáticamente una y otra vez en estereotipos en los que se dejan encasillar solo para asegurarse el vil metal traducido en un cachet que los ejecutivos
deben de pagar para jugarse recuperar una ganancia mayor después en las boleterías. Ya sea Grant como el inglés mujeriego, soltero eterno, de refinado humor y de lengua viperina -con la variante que puede agregar torpeza- como Bullock haciendo de idealista que descuida su aspecto exterior -el físico- para sacar partido a su cisne dejando de lado el pato cuando ya está finalizando la proyección -con la variante que puede agregar rasgos de… torpeza – ya han pasado casi una década robando con más de lo mismo desde su irrupción a las ligas mayores en Cuatro Bodas & un Funeral (Mike Newell, 1994) y Mientras Dormías (Jon Tutertaub, 1995), respectivamente. Exactamente nueve años desde la inglesa y ocho desde el estreno de la norteamericana. De ahí a esta parte, don Hugh se pegó a su fórmula en seis de los nueve films que le sucedieron a su carrera cinematográfica. ¿Y Sandra? Ídem. Lo mismo en siete de diez de sus películas.

Es paupérrimo utilizar ese falso gancho de ignorar la belleza omnipresente de la Bullock por parte del resto del elenco masculino -desde el ladrón de Dennis Leary en Me Robaste el Corazón hasta los salames de los policías de Miss Simpatía- siendo que ella es del tipo de mujeres por las que otras de su mismo género se dan vuelta para ver. Sus personajes pueden chocar y hasta resultar insoportables para el público masculino -que puede ser una idea explotada adrede- por su excesiva militancia feminista o por su carácter -coloquialmente tipeando- de machona. ¡Basta ya de todo esto! Este tipo de films se asemejan a ese recurso que se utiliza en los talleres literarios buscando motivación para largarse a escribir; donde la consigna es ver un castigo que se va a dar en el más allá y que va a ser eterno. Uno puede elegir pero la repetición sistemática tarde o temprano, ya sea en horas o en años, abruma. Y eso es lo que pasa con el Charles de Hugh Grant, que acá se llama George, y con la Lucy de Sandra Bullock, que acá es… otra vez Lucy.

El punto a favor de Amor a Segunda Vista es que Grant es mucho más creíble que el Richar Gere de Mujer Bonita como tiburón inescrupuloso al que no le tiembla el pulso en perder millones de dólares con tal de ganar en el amor. Los secundarios son intrascendentes y de una única dimensión como los padres de ella o el hermano de él, jugados por profesionales obligados a realizar una actuación caricaturesca para marcar escasos como definitorios rasgos. Y encima aparece la multipremiada Norah Jones animando una fiesta en la que demuestra el irascible clishé de que quien tiene los benjamines puede contratar lo que quiera en un recurso tan trillado como viejo a la altura del que le toca al bombóm santiagueño de Pamela David en La Peluquería de los Mateos, una creación de Gerardo sofovich tan anacrónica como Two Weeks Notice.

Leo A. Oyola
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Estreno: 13 de marzo de 2003.