El lector advertido

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Muchas personas se escudan en un argumento traidor: “¿para qué voy a escribir si ya escribió Shakespeare (u otra celebridad casi indiscutible)?”. Es traidor porque delata una ruidosa ansia de gloria. Yo preguntaría qué problema hay en escribir siendo un millonésimo sujeto en el universo. Escribe Elena Bisso.Del lector advertido o en la lógica del no-todo.

Por Elena Bisso

Muchas personas se escudan en un argumento traidor: “¿para qué voy a escribir si ya escribió Shakespeare (u otra celebridad casi indiscutible)?”. Es traidor, entre otros maleficios que trae consigo, porque delata una ruidosa ansia de gloria. Yo preguntaría qué problema hay en escribir siendo un millonésimo sujeto en el universo. ¿O acaso para escribir se requiere la garantía de “triunfar” en esta vida incluyendo en el contrato una gloria póstuma? Es cierto que para aventurarse a escribir, luego publicar, y que alguien lea lo que uno escribió, hay otra experiencia paralela e inevitable: leer.

Una buena estrategia es enfocar el entusiasmo, sobre todo, en leer. Escribir aparecerá por añadidura, o por defecto, o por impulso. O como sea.

Surge, entonces, y de la mano del argumento traidor, un problema más insoportable, a veces: lo mucho que hay para leer en la historia de la literatura. ¿Por dónde comenzar, por dónde seguir?

Un lector y poeta eximio decía en unas conferencias que dio en Harvard en 1967-1968:

“Alguna vez, cuando miro los muchos libros que tengo en casa, siento que moriré antes de terminarlos, pero no puedo resistir la tentación de comprar nuevos libros. Siempre que voy a una librería y encuentro un libro sobre una de mis aficiones – por ejemplo, la antigua poesía inglesa o escandinava-, me digo: “Qué lástima que no pueda comprarme este libro, pues tengo ya un ejemplar en casa”. [1]”

Sabiendo que se trata de una confesión de Jorge Luis Borges, uno puede pensar que tal vez sea frecuente que le ocurra algo semejante a muchas personas, no sólo la sensación de desorientación sino la conciencia de finitud ante la gran biblioteca del mundo.

Aparece en las librerías una obra muy interesante, y que también puede hacernos sonreír más de una vez, por su agudeza y por su simpatía: “La cultura, todo lo que hay que saber” de Dietrich Schwanitz, Ed Taurus, del que rescato su capítulo “La reflexividad del saber”:

“Sólo es culto quien es capaz de estructurar su propio saber, pero esto no significa establecer una rígida oposición entre saber e ignorancia. Entre estos dos extremos existe una gradación y uno de sus grados es lo que denominamos problema”.

Esto de estructurar el propio saber es otro modo de nombrar aquello que también decía Tomas Abraham acerca de la vida de lector. ¿Se tratará de planificar rigurosamente, entonces, o bien de trazar ciertos mapas dinámicos en nuestras preguntas mientras, nos vamos encontrando con aquellos autores que nos interesan en relación a nuestras aficiones?

Un lector advertido es quien no se paraliza ante lo imposible del todo, puede ser aquél que ha experimentado la inquietud de “querer leerlo todo” , para luego resignarlo. Porque puede pensarse esto de ser lector advertido en contraposición a lo que se llama lector inocente (¿pero lo habrá?). Suponer un lector inocente es suponer un lector inactivo, cuando lo que ocurre es que la tarea de leer pone a trabajar nuestro mundo simbólico a pleno.

Un lector creativo sería, según la definición de persona creativa de Dietrich Schwanitz, “quien no teme a la ambivalencia, la contradicción y la complejidad, porque éstas le sirven de estímulo. Son lo contrario de los fanáticos, a quienes los horroriza la complejidad y son propensos a las simplificaciones, o, como dice Lichtenberg, son individuos capaces de todo, pero de nada.” [2] Para que esto ocurra se requiere una operación de sustracción, de resta. El fanatismo podría inscribirse en una lógica del todo.

Nuestra experiencia de lectores, inevitable y felizmente, podrá seguir los carriles del deseo en la medida en que podamos soportar algo de nuestra condición humana, soportar en la aliviadora conciencia de que mucho quedará sin ser leído e ignorado. Podremos recorrer un camino único, irrepetible en su crónica, esto dejará por fuera ese inmenso resto del todo que no habremos de leer. Y es en este momento en que aparece lo posible.

En la vasta biblioteca del mundo, habremos recorrido sólo una cantidad muy menor de anaqueles, pero serán aquellos elegidos también por encontrados. En este lineamiento nos quedaría pensar qué uso hacer del canon.

Publicado el 7-02-2003