Calle de las Ilusiones

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Digna película de Curtis Hanson con el protagónico de la estrella del hip hop EminemThe Eminem Show in Detroit Rap City

Por Leo Oyola

Después de la secuencia de títulos de Crossroads, una Britney Spears totalmente desinhibida salta sobre su cama en pijamita sexy utilizando el cepillo de pelo para cantar un tema de Madonna. En el comienzo de 8 Mile, Eminem frente a un sucio espejo de un baño público en igual condiciones rapea para él mismo las palabras que no va a poder pronunciar ante la masa enardecida que le espera allá afuera. La Spears se reencuentra con sus amigas para hacer un viaje en el que volverán a estrechar lazos que habían perdidos; mientras que el ahijado de Dr. Dre y sus drugos deambulan sistemáticamente por las calles de Detroit disparando con un arma de pinturas a peatones y policías por igual.

En Amigas Para Siempre las protagonistas se ganan a un público hostil cuando Britney toma la posta en una competencia de karaoke; en Calle de las Ilusiones los muchachos logran imponer a su grupo gracias a la habilidad de Marshall Mathers para hacerse respetar en un club de hip hop donde se acunan las mejores reputaciones. Rabbit se enamora de una chica que uno intuye que es mala en un principio y que después se devela… bueno Uds. ya verán. Ídem para Lucy con su coprotagonista. Ambos personajes principales comparten el rasgo -además de su faceta musical, obvio- de tener madres que para nada son modelos plausibles de dicho término, interpretadas por actrices de más de cuatro décadas de edad que además tienen en común nombre -Kim- y carreras a años luz de lo que fue su mejor momento: la Catrall se las arregla en Sex & The City, la Basinger después del Oscar por Los Angeles al Desnudo no realizó ninguna película buena. En los dos films existen escenas donde estos ídolos vigentes desmitifican posturas que en el comienzo de su imperio supieron adoptar: ella hace todo lo posible hasta que por cauces naturales da a entender que perdió su virginidad; él defiende a un compañero gay abandonando de repente una homofobia que bien supo enarbolar.

Entonces, después de ese extenso primer párrafo que Ud. acaba de leer en el que se deduce una estructura tan similar como equidistante cuyas diferencias solo son marcadas por escenario y entorno social; donde la sensación de deja vú imperante no solo se debe a la comparación entre los dos artistas del momento y sus respectivos ritmos musicales sino también a una mayoría de cantantes que han transitado por este mismo modelo desde Elvis Presley a esta etapa, tendencia adoptada en cualquier latitud (recordar a Palito Ortega y su Yo Tengo Fe) con un arco argumental que funciona también para la danza -ya sea Flashdance (Adrian Lyne, 1983) como Strictly Ballroom (Baz Lurhmann, 1992) o la japonesa Shall We Dance? (Masayuki Suo, 1998)- ¿por qué Crossroads es pésima y 8 Mile buena? Ante esta carencia de originalidad la respuesta no pasa por las intenciones. Detrás de ambas la sombra del mainstream precisamente se torna presencia en un blanco seguro de la taquilla traducido en los anticipados espectadores que poblarán butacas porque antes compraron discos; y si bien ambas son digeribles para todo público, cada una encuentra mejor eco en los fanáticos de sus respectivos intérpretes (musicales) en su gran debut (actoral); del que han tenido un training previo en videos autorreferenciales como los excelentes Lucky con la chica rica que posee tristeza o el Cleaning Out My Closet de nuestro muchacho y su santísima trinidad de mujeres. Sin embargo ya se ha señalado que los resultados cinematográficos no han sido los mismos para ambas realizaciones y esto se debe principalmente al equipo que rodeó a cada uno de los artistas en lo que sería su vehículo de exhibición para una nueva llegada mediática. Algo para lo que Eminem no se anduvo con chiquitas.

Necesitado de un gran hit en el box office después del fracaso comercial de su imprescindible Wonder Boys (2000), el director Curtis Hanson sabe muy bien que sus laureles ganados por la citada más L.A. Confidential (1997) no le dan de comer ni la posición en el mercado que sucesos taquilleros brindan como su etapa de thrillers previsibles en las que se nos atormentó con Falso Testigo (1987), Malas Compañías (1990), La mano que Mece la Cuna (1992) o Río Salvaje (1994). Por algo acepta este reto, llevando a buen puerto un barco que en otras manos hubiera naufragado. Mérito e idoneidad que comparte con el director de fotografía, Rodrigo Prieto, que después de haber ingresado en el mercado norteamericano en proyectos ambientados en el pasado tales como Pecado Original (Michael Cristofer, 2001) o Frida (Julie Taymor, 2002) le imprime a la película de Hanson su estilo vislumbrado en la mexicana Amores Perros (Alejandro Gonzalez Iñarritu, 2000); toda una firma de urbanidad que destila la ciudad retratada en un límite que la cámara al hombro le imprime un sesgo propio del documental. El incendio adrede de una casa abandonada y las palabras de uno de los personajes -“casi se ve hermoso”- subrayan un espíritu de marginalidad que campea en off toda una realización donde la música toma el rol de auténtica expresión de una ciudad cuya clase obrera es nada más y nada menos que su motor.

Y así y todo Camino de las Ilusiones tampoco es para entusiasmarse. Y eso en gran parte se debe al borrador que ha presentado el guionista Scott Silver, casi un apunte de un gran film que podría ser la biografía no autorizada de Marshall Mathers. Por algo temporalmente se la ubica en 1995, seguramente un año decisivo para el astro; donde se muestra la discriminación que
sufre éste dentro de un ámbito propio de los afroamericanos y se hace hincapié en cómo gradualmente se logra vencer la adversidad en una escena antológica donde Eminem marca su excelente momento actual -dejando un testimonio del fuego que es capaz de generar- y su ingreso por la puerta grande a los grandes compositores de la música contemporánea, contagiando en la audiencia ganas de saltar, mover los brazos y brindar toda la buena onda que necesita su querido 313. Estas especies de payadas del país del norte -como las bautizara un colega y amigo, Pablo Manzotti- son los puntos más altos de una película que por momentos juega a ser la Boyz N’ the Hood (John Singleton, 1991) de principios del Siglo XXI apelando en sus peores tramos a golpes bajos como las reiteradas peleas a puño limpio y la violencia familiar o el estereotipo de amigos que hasta Marcelo Piñeiro utilizó en Tango Feroz (1993).

Todo es más efectivo cuando pasa por el arte de Santa Cecilia. Por algo se celebra la improvisación sobre Sweet Home Alabama y no que el camarada de menos luces casi se vuele el aparato reproductor de un tiro. Y el Rabbit de Mr. Marshall. Un personaje que crece -y mucho- no así los femeninos jugados por la ya mencionada Kim Basinger y la siempre digna de atención Brittany Murphy, aquí jugando a ser una de las ya creciditas ladies del controvertido Kids de Larry Clark. Eminem aprueba porque hace de él mismo y trasmite a su rol lo que mejor domina. Todo bien. De ahí a ser el nuevo encapotado de ciudad Gótica en el Batman: Year One de Frank Miller que Darren Aronofky piensa adaptar… bueno, esa es otra historia. Quien escribe estas líneas lo prefiere como el Robin sui generis que supo ser en el alucinante clip de Without Me.

Publicada en Leedor el 24-1-2003