Herencia de Sangre

0
12

Michael Caton-Jones se dio a conocer en el ambiente cinematográfico con dos buenas películas en las que supo destacarse en la dirección de actores. Tanto en Escándalo (1989) como en Mi Vida como Hijo (1993) -si bien, dos filmes
justicia a todo precio… ¿o papá corazón?

Michael Caton-Jones se dio a conocer en el ambiente cinematográfico con dos buenas películas en las que supo destacarse en la dirección de actores. Tanto en Escándalo (1989) como en Mi Vida como Hijo (1993) -si bien, dos filmes menores- el realizador escocés demostró además de poseer pulso narrativo, cierta coherencia e idoneidad para sentarse en la silla del director; algo que ya había perdido en su primera obra para un estudio importante, Memphis Belle (1990), para desbarrancarse absolutamente una vez fagocitado por el mainstream para el que supo ponerse a sus servicios ante bodrios tales como Rob Roy (1995) y El Chacal (1997): el primero una aventura sosa que aprovechaba la impronta a lo héroe escocés del tipo Mel Gibson y su William Wallace de Corazón Valiente (1995) para una historia intrascendente; el segundo, remake innecesaria (como la mayoría de las películas que se realizan con la excusa de aggiornar una buena historia o americanizar un film de otra procedencia cuando en verdad estamos ante una falta absoluta de creatividad por parte de más del 75% de los guionistas norteamericanos) de uno de los thriller políticos más logrados de todos los tiempos, en donde este director establece el récord absoluto de hacer actual mal a todo el elenco, desde los protagonistas y mega estrellas Bruce Willis y Richard Gere -que no les costó demasiado, vale la pena aclarar y librar de esta responsabilidad al vapuleado Michael de estas líneas- pasando por el veterano Sidney Poitier y los aparentemente siempre efectivos Diane Venora y Jack Black.

En Herencia de Sangre, Caton-Jones jamás termina de definir el género por el que ha elegido narrar una historia que coquetea con elementos del thriller y con situaciones propias de un drama que derivan en un melodrama -utilizando esta última palabra como un adjetivo despectivo- que motiva a risas y carcajadas involuntarias en un viraje que Ud. como lector desprevenido especulará si está ante una nueva comedia protagonizada por el gran Bobby -teniendo en cuenta su última incursión en la pantalla grande junto a Eddie Murphy en Showtime (2002)- o si todavía quien abajo firma arrastra secuelas de tantos brindis y buenos augurios para este 2003 (que de paso se aprovecha esta oración para trasmitírselo también a quién nos lee). Porque revisando nuevamente lo que uno ha escrito, nobleza obliga afirmar que ninguno de los involucrados en la realización de City by the Sea se tomó en cuenta ponerse a evaluar por segunda vez 1ro.) un guión tan paupérrimo y elemental, poblado de lugares comunes y frases hechas, con una catarata de golpes bajos que exceden lo verosímil y una resolución obvia que cualquier espectador -hasta el primerizo- dilucidará mucho antes de que concluya la proyección; y 2do.) un casting donde los papeles secundarios han sido desempeñados por actores encasillados en roles que se conocen de memoria y que son una copia en carbónico de personajes que hicieron y volverán a repetir una y otra vez, como el villano que interpreta William Forsythe -un gran actor cuyo karma es intentar sobreponerse al estereotipo que le han adosado- o el malogrado compañero policía jugado por George Dzundza, que desde Sin Salida (Roger Donaldson, 1987) y pasando por Bajos Instintos (Paul Verhoeven, 1992) siempre corre la misma suerte cuando está a punto de descubrir algo de vital importancia para trasmitirlo a la estrella cabeza del elenco. Además, ¿no existe en todo Hollywood otro actor latino que dé en el rol de policía latino que no sea Nestor Serrano?

Siguiendo con el tema del elenco, tanto De Niro como Frances McDormand, además de estar ampliamente desaprovechados en lo que es el verdadero crimen de esta película teniendo en cuenta sus respectivos talentos, poco pueden hacer con los caracteres que le tocaron en suerte, ante lo mal escrito y delineados que se encuentran estos y ante las situaciones a las que han sido expuestos. Imán permanente de desgracias de grueso calibre, pésimo padre pero buen tipo (lo dice el guionista, no uno que se niega a hacerse responsable de esta incoherencia); el policía que le ha tocado en saga al gran Robert podrá ser un gran elemento de la fuerza como también un cariñoso amante de la independiente Frances pero como detective las
cosas le pasan por delante de las narices y el tipo ni se aviva. Y en lo referido a la relación con su primogénito, basta decir que antes de calificarlo como el papá del año el término exacto pasa por el de reconocerlo como un reverendo hijo de puta. Porque así pintado el panorama, ud. ya se imaginará que ambos se reencuentran cuando el vástago -correctamente interpretado por James Franco, el Harry Osborn de Spiderman- aparezca como un prófugo de la ley. El dilema queda entonces planteado: justicia a todo precio… ¿o papá corazón? Se sienten náuseas, pero no son por los excesos propios de finales de diciembre.

Herencia de Sangre con menos -mucho menos- clisés y un poco más de coherencia, otro director y otras intenciones quizás hubiera funcionado. Por lo menos como la tan mentada película de la semana. Ese evento tan norteamericano que solo se conoce por estas pampas a través del cable en el que muchas veces uno concluyó que se puede vivir tranquilamente sin tanto telefilm. Razonamiento que se extiende a City by the Sea, una película de la que se podría haber prescindido tranquilamente en este año que comienza, cuya mayor inquietud pasa por trasmitir la certeza de que en las más de cincuenta semanas restantes para nuestro próximo balance existe la posibilidad de encontrarse con algo mucho peor, lo que apresura el punto final de este escrito para que uno corra hasta el baño y ya frente al trono vomite de una buena vez.

Leo A. Oyola
©Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción.

Estreno del: 09 de Enero de 2003