Sepúlveda

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Aunque Luis Sepúlveda no ostenta ningún cargo oficial en España, funciona hoy como un auténtico embajador. O como un activo agente cultural. Entrevista a Luis Sepúlveda

Por Alejandra Costamagna

Aunque Sepúlveda no ostenta ningún cargo oficial en España, funciona hoy como un auténtico embajador. O como un activo agente cultural. O, mejor, como el vehemente anfitrión que hace unos días inauguró en Casa América de Madrid el Primer Congreso de Nuevos Escritores Hispanoamericanos; que más tarde movilizó a medio centenar de autores y a 72 casas editoriales en el Segundo Salón del Libro Hispanoamericano en Gijón; que luego siguió encabezando las mesas redondas sobre literatura iberoamericana en Madrid junto a otros escritores como Alfredo Bryce Echeñique, Mempo Giardinelli o Marcela Serrano y que ya prepara la Semana Negra de Gijón. Esta agitada agenda no ha restado, sin embargo, energías al autor de “El viejo que leía novelas de amor” para continuar con otra funciones, como su reciente labor de editor literario en Italia o sus proyectos cinematográficos y narrativos.”Siento que me esperan otras cosas”, justifica su retiro Sepúlveda, concediéndose un instante de pausa en su abultada agenda española. “Una de ellas es hacer cine. Estoy muy entusiasmado con la dirección de mi película”.

¿De qué se trata?

Es un gran canto a la libertad, la dignidad y la vida. Es una comedia política profundamente antimilitarista que transcurre en el desierto. Yo quería que fuera en el de Atacama porque me parecía el escenario natural, pero los milicos en Chile joden tanto que decidí no complicarme la vida y hacerla en Argentina. Es una coproducción ítalo-franco-española.

¿No te produce una sensación de vacío ese retiro de la escritura?

No, porque para mí la literatura no es una terapia para llenarme de cosas que la vida no me da. A mí la vida me llena lo suficiente y quiero darle espacio también a otros proyectos, además de los de cine.

¿Como cuáles?

Le estoy tomando gran cariño a la labor de editor. Realmente me gustaría dedicarme al trabajo editorial. De hecho, está la experiencia en Italia dirigiendo la colección “La frontera extraviada”, que se repite en Grecia y empieza ahora en Portugal, donde la idea es acercar la literatura escrita en el contexto iberoamericano. Me refiero a América Latina, El Caribe, España, Portugal y los países africanos de habla portuguesa. En esta colección he publicado a Coloane y a Hernán Rivera Letelier. Y también pretendo crear una colección que se llamaría Nuevas Voces para dar a conocer a autores menores de 35 años que escriban en lengua española. La única limitación acá sería la calidad. Indudablemente el boom tuvo una expresión, la generación que siguió tuvo otra y los que vienen tienen una forma muy distinta, que hay que dar a conocer.

Da la sensación que tu apoyo a la novela negra, considerada como subgénero durante mucho tiempo; a la literatura infantil, donde te involucraste directamente con “La historia de la gaviota y el gato que le enseño a volar” y ahora este incentivo a las nuevas voces responde a una preferencia por lo marginal.

Algo de eso hay. El aspecto exitoso, triunfador no me interesa. Siempre me ha interesado lo marginal porque yo mismo me considero un tipo muy marginal. Mi literatura se vende, pero todos mis personajes son seres marginales. Y me he atrevido a convocarlos para demostrar que la literatura es un espacio muy democrático donde tienen cabida los que realmente pueden y saben escribir.
Aquí no valen los pedigrí ni los títulos académicos ni las veces que hayas sido agregado cultural en algún país para darte carnet de escritor. Lo que vale es la capacidad de contar y razonar respecto de lo que se cuenta. Y los mejores exponentes los he encontrado en gente marginal. Cuando pienso en Chile creo que la marginalidad es la que ha dado los mejores escritores.

¿A quíenes te refieres?

Desde Pabo de Rokha a Hernán Rivera Letelier, pasando por muchos otros igual de valiosos.

¿Incluyes a autores como Pedro Lemebel también en esa categoría?

Leí una antología suya que publicó LOM y me pareció un esfuerzo muy serio, muy respetable. Primero desde el punto de vista del vigor de la escritura -son narraciones impecables- y luego por la opción sexual, que es algo que ya debiera ser asumido con normalidad por la sociedad. Para mí es tan respetable ser gay como no serlo. Entonces me parece que la actitud de Lemebel, de decir aquí estamos y existimos y nos importa un carajo si les molestamos a los demás, es realmente meritoria.

Hace poco tiempo Bolaño decía en la revista “Ajo Blanco” que Lemebel era el mejor escritor chileno y hacía un contrapunto con la oficialidad literaria local. Decía él que “la mayoría de los escritores chilenos hoy buscan una respetabilidad ciega y están dispuestos a perder el culo por esa respetabilidad”. ¿Qué opinión tienes tú respecto de tus pares locales?

La opinión de Bolaño es acertda pero muy radical. Yo no me atrevería a hablar de todos los escritores chilenos. Pero de los que conozco rescato a aquellos que escriben bien y que les importa un carajo el hecho de ser escritores. Respecto a los que no tienen la obsesión de ser escritores, que sienten la necesidad de escribir y entienden que es importante hacerlo y lo asumen con alegría y no como un tormento. Conozco a muchos pavos reales de la literatura chilena que andan con el cartel pegado y con la matrícula de escritores, pero que se preocupan muy poco de ser rigurosos a la hora de escribir.

¿A quienes te refieres?

Es que el problema es muy generalizado. Y están también los que viven del exitismo de hablar mal de los que no se pueden defender. En definitiva, los más respetables son los más silenciosos y su obra será la que trascienda. La profesión de escritor no hay que asumirla con modestia, pero sí con la seriedad de saberse ejecutante de un oficio tan importante como cualquiera. Ni más ni menos. Ahora, el literario siempre va a ser un oficio de soledad. Escribes tú y solamente tú, estás solo con tus mundos y tus fantasmas. Pero al mismo tiempo no escribes para ti. La escritura te proporciona una voz que a lo mejor es mucho más poderosa, bella y fuerte que la tuya. Sólo los coquetos y los mentirosos pueden afirmar que escriben para sí mismos. A menos que uno esté convencido de que es tan malo que nadie lo va a leer. No nos engañemos: todos escribimos pensando en que estamos estableciendo un puente con el mundo.

¿Eso justifica para ti un rol social de la literatura?

Por supuesto. Eso nos obliga a tener una actitud de responsabilidad. Obliga a quemarte, a jugarte. Porque cuando has sido capaz de entrar en los ánimos de las personas con una opinión estás obligado a responder las preguntas urgentes que la vida plantea. La literatura siempre ha sido una constante reflexión sobre la condición humana. Y esa reflexión se hace con un solo norte: socializarla. Para mí no existe el escritor de por sí y para sí. El escritor está condenado a ser una voz pública. Robin Hood tenía dos opciones: o se ponía del lado de los ricos o de los pobres. Y si hoy lo conocemos es porque se puso del lado de los más débiles y desposeídos. Yo creo que el escritor necesariamente debe ponerse del lado de los sin voz.

¿Que ocurre ahí con el tratamiento del lenguaje? ¿Te parece un aspecto secundario?

No es que me parezca secundario, pero a mí me gustan los libros que cuentan una historia y que lo hacen desde la primera línea. No sé si será un vicio de lector, pero yo tengo una manera de leer muy cruel: le doy a un libro hasta la página quince. Si entonces no me engancha, se va al canasto.

¿Descartas de plano la escritura experimental?

La verdad es que no he tenido buenas experiencias con ese tipo de registro. La mayoría de las narraciones de corte experimental que he leído me han parecido una simpática exhibición de erudición y culturalismo, pero creo que alejan a los lectores de los libros. Los aterran.

¿Pero los lees por curiosidad, al menos?

Los leo con atención, pero sé que nunca van a ser mis textos de cabecera ni voy a regalarlos a mis amigos. Esos libros no los recuerdo, los olvido. En cambio las historias bien contadas me dejan un registro, se me graban en la cabeza. Lo que voy a decir a lo mejor suena un poco arrogante, pero creo que quienes se dedican a experimentar lo hacen por un asunto de incapacidad narrativa tradicional.

Eso suena muy drástico.

Es que yo respeto al pintor abstracto siempre y cuando conozca en él un dominio de lo clásico. Cuando sea una evolución. Cuando su dominio de lo clásico sea tan grande que pueda abrir un nuevo camino para expresar ese manejo de luz y sombra, del color, de la perspectiva. Pero no acepto a aquel que siendo incapaz de dibujar una manzana se declare neofigurativo. Lo mismo en la literatura: es una prueba de fuego. Primero hay que saber contar bien una historia y luego acepto lo que venga con el lenguaje.

En ese sentido, ¿qué piensas de los lenguajes de autoras como María Luisa Bombal o Diamela Eltit, por ejemplo?

Para mí son intentos. Y me parecen legítimos como tales. Pero si hablamos de mujeres y de lenguaje, yo tengo una inmensa admiración por Guadalupe Santa Cruz, porque sabe contar muy bien y es capaz de romper con esa sabiduría para ver nuevas posibilidades del discurso narrativo. Ése es un buen ejemplo de evolución.

¿Qué opinión tienes de la literatura de género?

Yo no creo en la literatura femenina o masculina. Para mí la literatura es una sola y se mide por un solo parámetro: si la historia está bien o mal contada. Hay buena o mala literatura y punto. O sea, las mujeres escriben desde la óptica de las mujeres porque son mujeres y los hombres también. Eso tiene que ser así, pero el reto de la expresión es uno solo. Me parece que los encasillamientos ponen unos frenos tremendos. Además, hay que saber escribir con registros distintos al tuyo porque la literatura es la forma más dulce de mentir. En realidad es la única forma de mentir aceptable.

Entonces, ¿los escritores son unos mentirosos?

Los escritores somos inventores de mentiras, pero no de engaños.

Gentileza http://www.letras.s5.com y de www.rafaelalcantara.com

Publicado el 3-01-2003

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